APUNTES DE HISTORIA (DCXXI)
Manuel Jesús Parodi.-La reina Isabel I y el castillo de Santiago (II)
Como señalábamos en el precedente artículo, el sanluqueño castillo de Santiago sería levantado por el segundo duque de Medina Sidonia, don Enrique de Guzmán, quien lo construyó para la guarda y defensa de su villa de Sanlúcar de Barrameda a finales del Cuatrocientos.
En estos párrafos estamos acercándonos a la conocida historia de la visita de la reina Isabel I de Castilla a Sanlúcar, cuando la reina castellana bajó, en 1478, surcando el río desde Sevilla hasta nuestra ciudad movida (siempre de acuerdo con la versión tradicional, y acaso edulcorada, de la referida historia) por su curiosidad y su voluntad de conocer el mar, de verlo por vez primera.
Veíamos en los párrafos precedentes cómo dos de las entonces principales Casas nobiliarias del reino de Sevilla se encontraban en un estado de abierta hostilidad entre sí, y su enfrentamiento mediatizaba la realidad del reino a finales del siglo XV. Los Ponce de León, condes de Arcos de la Frontera, habían usurpado el marquesado de Cádiz, apropiándose de dicha ciudad realenga al calor de los disturbios y la inestabilidad del reinado del hermano mayor y predecesor en el Trono castellano de la reina Isabel I, Enrique IV, mientras los Guzmán (señores de Sanlúcar de Barrameda) habían puesto sus miras no sólo en el Estrecho de Gibraltar, las costas gaditanas y las almadrabas, sino tierra adentro, en el seno de la capital del propio reino de Sevilla.
De este modo, la Casa de Guzmán tenía sus miras puestas en la ciudad de Sevilla, corazón del reino homónimo, y a ello obedecía el control que los Medinasidonia buscaron y al cabo lograron tener sobre dos lugares alejados entre sí desde los cuales podía controlarse no solamente la ciudad de Sevilla sino el río Guadalquivir y su navegación (y por ende, las comunicaciones con y desde Sevilla): las localidades de Sanlúcar de Barrameda y Santiponce (junto a la antigua ciudad romana de Itálica), al Sur y Norte de la antigua Hispalis, verdaderas llaves del control sobre la capital del reino de Sevilla.
El monasterio-fortaleza de San Isidoro del Campo podía ejercer una función de control de las rutas terrestres septentrionales de (y hacia) Sevilla, al tiempo que contaría con un neto papel de cara a la vigilancia del Guadalquivir, un río que, en el siglo XIV, aún podría ser navegable por embarcaciones sutiles (botes, barcas, pateras, almadías…) aguas arriba de Sevilla.
Ya apuntamos en los párrafos precedentes que una muestra y prueba de la profunda consideración que el monasterio de San Isidoro tenía para la Casa de Guzmán habría de ser la función funeraria que dicho espacio sacro desempeñaría históricamente para dicha Casa; baste en este sentido mencionar que el fundador del linaje guzmano, Don Alonso Pérez de Guzmán “El Bueno” se hizo sepultar en San Isidoro, y con él no pocos de sus descendientes. Ni Sanlúcar, ni Medina Sidonia, ni sus otros lugares dentro y fuera del Golfo de Cádiz fueron elegidos para el descanso eterno de “El Bueno”: San Isidoro, que se cimenta sobre la romana Itálica, fuente de prestigio para la Casa, sería el Panteón primero de los Guzmanes.
Sanlúcar en la desembocadura, San Isidoro aguas arriba de Sevilla… Y Sevilla: si Don Enrique, el II duque, no había podido hacer con Sevilla lo que Ponce de León sí consiguiera con Cádiz, esto es, apropiársela, el estado de cosas que encuentra Isabel de Castilla cuando llega a la vieja capital hispalense dista mucho de ser ideal.
Finales del siglo XV. Sanlúcar de Barrameda en la desembocadura del río Guadalquivir, San Isidoro aguas arriba de Sevilla… Y Sevilla: si Don Enrique, el II duque de Medinasidonia, no había podido hacer con Sevilla lo que Ponce de León sí consiguiera con Cádiz, esto es, apropiársela, el estado de cosas que encuentra Isabel I de Castilla cuando llega a la vieja capital hispalense dista mucho de ser ideal.
Los partidarios de una y otra Casa nobiliaria se enfrentan abiertamente por las calles, se suceden los encontronazos con violentos resultados, y en líneas generales el Guzmán prevalece, mientras los Ponce se van viendo paulatinamente mermados en esta lucha.
Sevilla, ciudad real, no es del todo segura para la reina: el II duque de Medinasidonia hinca su rodilla ante la soberana y hace entrega de las llaves de la ciudad y su alcázar a la monarca (medida claramente profiláctica y oportunista en lo político), con lo cual si bien manifiesta su lealtad y afirma haber guardado la ciudad para la reina (dejando en evidencia a un Rodrigo Ponce que no hace lo propio con la ínsula gaditana: no la entrega y la conserva para sí), pone de manifiesto que realmente es él, Enrique de Guzmán, quien controla la situación en Sevilla.
Tras unas semanas en la ciudad, en su Palacio Real del Alcázar sevillano, tiempo en el que Isabel I pudo conocer los pareceres de todos los agraviados y optó de seguro por correr -siquiera momentáneamente- un tupido velo (de poder regio) sobre las cuentas pendientes (no habría modo de obrar mejor que el “amnistiar” a unos y a otros, de cara a ganar lealtades y evitar la multiplicación de los castigos y, con ello, de los agravios regios sobre los nobles, al tiempo que ello le permitiría ganar tiempo de cara a medidas por venir), la reina quiso “conocer el mar”…
Posiblemente la reina (que entre tanto había ya recibido el juramento de lealtad de Rodrigo Ponce, a quien había concedido su perdón) quería conocer de primera mano cómo era ese castillo de Santiago, tan recio y afamado, que el duque estaba construyendo en su villa de Sanlúcar de Barrameda. Posiblemente la reina quería asimismo hacerse una idea de primera mano sobre las posesiones del duque, sobre la desembocadura del Guadalquivir, sobre la propia Sanlúcar, de la que sin duda habría oído hablar en su corte sevillana y aun allende la misma.
Y así fue: la reina bajó por el río, embarazada, visitó Sanlúcar, se alojó (al parecer) en el castillo de Santiago (aún inconcluso), hizo paces con el duque, volvió a Sevilla y una vez allí, al cabo de no mucho tiempo, ordenó al II duque de Medinasidonia y VII señor de Sanlúcar que abandonase la capital hispalense, un agravio para el Guzmán pero una manera (quizá la única) de torcer, de desbaratar, los planes que de cara a conseguir el control sobre la ciudad sevillana venía poco a poco elaborando la Casa de Medinasidonia desde el siglo precedente. La reina no vino a Sanlúcar sólo “a ver el mar”. Vino a hacerse una idea de la situación. Y tras ello, obraría en consecuencia. Para pesar del Guzmán.




