APUNTES DE HISTORIA (DCXX)

Articulos, Cultura, Manuel Jesús Parodi

La reina Isabel I y el castillo de Santiago (I) 

El sanluqueño castillo de Santiago, ejemplar obra poliorcética de finales de la Edad Media, fue obra de don Enrique de Guzmán, segundo duque de Medina Sidonia, quien lo construyó para la guarda de su villa de Sanlúcar de Barrameda a finales del Cuatrocientos. Conocida es igualmente la historia de la visita de la reina Isabel I de Castilla a Sanlúcar: la reina Católica bajó surcando el río desde Sevilla hasta nuestra ciudad movida, de acuerdo con la versión tradicional (y acaso un tanto idealizada) de la historia, por su curiosidad y su anhelo de conocer el mar.

Pero otros motivos había ciertamente de más peso y entidad que la mera curiosidad de una soberana medieval, para su viaje hasta estas costas de sus reinos. Isabel I había conseguido restituir la paz y el orden en Castilla tras el turbulento reinado de su atribulado hermano y antecesor, Enrique IV, “el Doliente”. Su matrimonio con su primo Fernando de Aragón había proporcionado estabilidad a la Península Ibérica: tras esta alianza familiar y dinástica entre las dos ramas de la Casa de Trastamara (la castellana y la aragonesa, pues ambas Coronas se encontraban en manos de la misma Casa reinante -desde mediados del siglo XIV en el caso de Castilla, desde muy principios del XV en el caso de Aragón), sólo permanecían como estados peninsulares ajenos a la misma y reinos independientes Portugal, Granada y Navarra (y no habría de ser por mucho tiempo en los dos últimos casos, conquistados por Castilla en 1492 y 1512, respectivamente).

Al mismo tiempo, Isabel la Católica había restablecido progresivamente la paz interior en su reino, consumido por las rencillas entre la nobleza y la Corona así como por las querellas internas entre los nobles. Sin ir más lejos, en el meridión de la Corona de Castilla, en el seno del viejo reino de Sevilla, el abierto enfrentamiento entre las Casas nobiliarias de Arcos y de Medinasidonia amenazaba con convertirse en una pequeña guerra civil; la hostilidad entre ambas casas señoriales, como sabemos, provocaría incluso la muerte de algunos miembros destacados de ambas familias, un derramamiento de sangre “de calidad” que llevaba a la situación a un extremo y hacía aún más difícil para los jefes de ambas Casas nobiliarias, Don Enrique de Guzmán y Don Rodrigo Ponce de león, “el Viejo” respectivamente, el encontrar una salida de compromiso a la situación, una salida lo suficientemente satisfactoria para unos y otros.

Mientras los Guzmanes y los Ponces se enfrentaban y fortificaban sus posesiones, sus ciudades y villas, en el ámbito de las actuales provincias de Cádiz, Huelva y Sevilla, la reina, lo que es decir, el estado, trataba de reconstruir su poder y su presencia en estos mismos territorios. 

Si los Ponce habían usurpado el marquesado de Cádiz, apropiándose de dicha ciudad realenga, los Guzmán habían puesto sus miras no sólo en el Estrecho de Gibraltar, las costas gaditanas y las almadrabas: la Casa de Guzmán tenía sus miras puestas en la ciudad de Sevilla, corazón del reino homónimo, y a ello obedecía el control que los Medinasidonia buscaron y lograron tener sobre dos lugares extremos desde los cuales podía controlarse si no Sevilla sí el río Guadalquivir y su navegación: las localidades de Sanlúcar de Barrameda y Santiponce (junto a la antigua ciudad romana de Itálica), al Sur y Norte de la antigua Hispalia,  llaves del control sobre la capital del reino de Sevilla.

La Casa de Guzmán tenía, como señalamos, sus miras y ambiciones puestas en la ciudad de Sevilla, corazón del reino homónimo, y a ello obedecía el control que los Medinasidonia buscaron y al cabo lograron tener sobre dos lugares alejados entre sí pero desde los cuales podía controlarse no solamente la ciudad de Sevilla sino el río Guadalquivir y su navegación (y con ello se hacían con la llave del reino): las localidades de Sanlúcar de Barrameda y Santiponce (junto a la antigua ciudad romana de Itálica), respectivamente al Sur y Norte de la antigua Hispalis, ciudades ambas que funcionaban como verdaderas llaves del control sobre la capital del reino de Sevilla, un control que se encontraba en dichos momentos y como vemos en manos de los Guzmán.

El monasterio-fortaleza de San Isidoro del Campo, en la sevillana localidad de Santiponce, podía ejercer una función de control de las rutas terrestres septentrionales de (y hacia) Sevilla, al tiempo que contaría (por su emplazamiento y su propia naturaleza como baluarte defensivo) con un neto y destacado papel de cara a la vigilancia y control del viejo Guadalquivir, un río que, en el siglo XIV, aún podría ser navegable por embarcaciones sutiles (botes, barcas, pateras, almadías…) aguas arriba de Sevilla, siendo además que por el entorno de dicha población de Santiponce se encontraba el hilo de caminos terrestres que conectaban Sevilla con las rutas del Norte.

Muestra y prueba de la profunda consideración que el monasterio de San Isidoro tenía para la Casa de Guzmán es la función funeraria que éste desempeñó para dicha familia noble a lo largo de los siglos; baste en este sentido mencionar que el mismo fundador de la Casa, Don Alonso Pérez de Guzmán El Bueno, se hizo sepultar en San Isidoro, y con él y tras él no pocos de sus descendientes harían lo propio. Ni Sanlúcar, ni Medina Sidonia, ni sus otros lugares del Golfo de Cádiz fueron elegidos para el descanso eterno de “El Bueno”: San Isidoro, que se cimenta sobre la romana Itálica, fuente de prestigio para la Casa, sería el Panteón primero de los Guzmanes, y ello no casualmente, como hemos contemplado en otros trabajos, sino como una elección deliberada que acercaba a los Guzmanes hasta Trajano y la antigua Roma.

Sanlúcar en la desembocadura, San Isidoro aguas arriba de Sevilla… Y Sevilla: si Don Enrique, el II duque, no había podido hacer con Sevilla lo que Ponce de León, el conde, sí consiguiera con Cádiz, esto es, apropiársela, el estado de cosas que encuentra Isabel de Castilla cuando llega a la vieja capital hispalense, y cuando se acerca a Sanlúcar, dista mucho de ser ideal para la Corona.