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06 de Agosto de 2017
Sobre las Puertas de Sanlúcar (III)
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-La ciudad histórica de Sanlúcar de Barrameda tiene dos corazones bien identificados, dos núcleos esenciales que, juntos, vienen a conformar las dos realidades especulares de ese espacio urbano central en torno al cual se articula la realidad de la ciudad de Sanlúcar en la Historia.
Estas dos almas de la Sanlúcar histórica son sus Barrios Alto y Bajo, la Acrópolis y la Ribera, dos espacios que encuentran en la Barranca el hilo conector que les une y marca en buena medida la linde entre uno y otro, y en las calles, antiguos caminos, que desde las alturas barranqueñas llegan hasta la orilla (y viceversa) las vías de transgresión de dicha separación en altura, los hilvanes que unen ese tejido histórico que se llama Sanlúcar de Barrameda.

La ciudad medieval, como sabemos, conoce dos momentos fundamentales a lo largo de un dilatado período de tiempo que abarca varios siglos: la época islámica (cuyos perfiles cronológicos están por completar aún) y la etapa cristiana, que se inicia con la restitución de estos territorios de la desembocadura del Guadalquivir, pertenecientes a la agotada taifa xericiense, a los horizontes culturales herederos de la Latinidad, de la mano de la conquista castellana en la década de los sesenta del siglo XIII, reinando en Castilla Alfonso X, llamado “El Sabio”, y más especialmente debido a la concesión de la merced del Señorío de la entonces villa de Sanlúcar a don Alonso Pérez de Guzmán, dicho “El Bueno”, en 1297, lo que como sabemos daría principio a una larga historia: la de la interacción entre la villa (y luego ciudad) de Sanlúcar de Medina Sidonia y la Casa de Guzmán, cuyos serían los títulos de Señores de Sanlúcar, condes de Niebla y duques de Medina Sidonia, entre otros de nobleza acumulados por la referida Casa a lo largo de los siglos de su dilatadísimo periplo por la Historia (y no sólo la de España).

La Sanlúcar de Barrameda islámica, la Sanlúcar que aparece mencionada como tal en las amonedaciones de Yusuf Ben Tasufin que hemos tenido ocasión de estudiar y publicar (como señalábamos en el artículo precedente), unas monedas de la transición entre los siglos XII y XIII, mostraría al mundo una ciudadela envuelta en su muralla de tapial, coronando la Barranca sanluqueña (una muralla de tapial a cuyos avatares en años recientes nos hemos acercado y sobre los que volveremos, pues algo conocemos de su supervivencia y de los intereses que trataron de eliminarla hace muy pocos años…), un “hisn” o recinto amurallado que como hemos señalado en no pocas ocasiones encontraría su marco nodal en el contexto de la actual Plaza de la Paz, con los espacios aledaños de la Plaza de los Condes de Niebla, el Palacio Ducal de Medina Sidonia (donde duerme el “ribat” islámico –quizá uno de los espacios más antiguos de la ciudad histórica, pues puede remontarse a época emiral, incluso al siglo IX, como hemos argumentado en varias ocasiones) y las calles anexas, como la calle Escuelas, por ejemplo.

La llegada a este territorio de los Guzmanes, las necesidades geoestratégicas de la Corona de Castilla en relación con el control del ámbito de la desembocadura del río Guadalquivir, un espacio de frontera atlántico sujeto a la directa presión de norteafricanos, granadinos y portugueses, la oportunidad y conveniencia de reforzar esta Barranca (la necesidad de lo cual quedaría aún más patente como consecuencia de los ataques norteafricanos producidos a lo largo de las décadas de los 70 y los 80 del siglo XIII, que serían determinantes para la concesión del Señorío de la villa a Alonso Pérez de Guzmán), todo ello llevaría a la ampliación y el refuerzo del recinto amurallado de la vieja villa sanluqueña.

De este modo, los nuevos señores de Sanlúcar, los Guzmán, emprenderían una nada desdeñable labor de fortificación de la Corona de la Barranca, ampliando los límites del recinto murado de la misma de manera que el antiguo “hisn” islámico quedaría subsumido en el corazón del nuevo recinto amurallado de la villa, un recinto murario que, “grosso modo”, discurriría por la calle San Agustín desde el entorno de San Borondón, subiendo hasta la calle Gitanos, donde de uno u otro modo buscaría el entronque con el castillo de Santiago (mucho más reciente en su construcción que el recinto amurallado, pues el castillo data de la segunda mitad del siglo XV mientras la construcción del citado recinto murado se habría desarrollado esencialmente en el siglo XIV) para desde allí bordear la Barranca hasta el contexto donde hoy día se erigen La Merced y el Palacio Orléans-Borbón, buscando finalmente la zona de las calles Muro Alto y Muro Bajo, que de suyo delatan la presencia de la muralla, entroncando con la esquina de San Agustín y la zona de San Borondón, que citábamos al principio de este párrafo, completándose de este modo -en líneas generales- el circuito murario de la Sanlúcar medieval cristiana.      

Esta cinta de muralla que enmarcaba la ampliada Acrópolis medieval sanluqueña aún hoy asoma al viario sanluqueño su añosa presencia, y muestra trazas del que debió un día ser su señero empaque en entornos del casco histórico barrialteño como el del colegio Albaicín y la calle Gitanos, por citar uno de los más señalados, visibles y por ende, conocidos.

Y esta cinta de muralla contaba con puertas, con espacios de transición mayores (y menores, pues no son de desdeñar los portillos que en número creciente fueron abriendo mechas en la misma), con puertas que permitían la interacción entre el recinto de la amplia ciudadela y el espacio en el que la misma se insertaba, unas puertas en cuyos entornos llegaban a generarse espacios de convivencia entre la referida ciudadela (la villa fortificada) y el exterior a la misma, unos espacios de interacción y convivencia que en algunos casos han quedado fosilizados en forma de zonas de transición, de espacio de cruce de la caminería, o incluso de plazas (espacios abiertos que han terminado por ser englobados, como es natural, en el viario de la población) públicas.

Cuatro son, como es sabido, las puertas principales que se abrían en el cuerpo de este recinto amurallado, cuatro espacios de transición mayores que han contribuido grandemente a la conformación de la trama urbana del casco histórico local, pues su presencia ha servido en buena medida como catalizador de la organización de los entornos inmediatos (e incluso no tan inmediatos) en los que estos accesos a la antigua ciudadela se localizan.

Las Puertas de Sevilla, de Jerez de Rota y de la Mar (mencionadas en el sentido de las agujas del reloj) van marcando el tempo y los ritmos de la comunicación intra y extra muros de la villa sanluqueña, de Norte a Oeste, y a su papel y su reflejo en la toponimia y la trama urbana local nos seguiremos acercando la semana que viene.

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"Estos políticos son el grado mayor de descomposición, que la clase política en su degeneración ha llegado, sin atisbo de vergüenza o arrepentimiento. Son bandoleros."
La clase, sin clase, política, se ha apuntado desde hace tiempo, al “vamos a contar mentiras”. Sea de una forma o de otra, por activa o por pasiva. Permanentemente mintiendo y engañando a una ciudadanía, excepto los pingüinos, trotes cochineros, vividores etc., decía a una ciudadanía pobre y necesitada, a la que se les trata de hacer olvidar sus penurias, con cabalgatas pseudoculturales y estéticamente horrorosas; con una televisión hemeroteca de capillismo, a todas horas, días y lugares;
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