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El otoño de mi vida
 
 
 
 
   
 
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10 de Octubre de 2015
"Ya no oigo el croar de esos simpáticos anfibios en los tollos sanluqueños, ni contemplo el suave volar de los pitijopos por los aires de Sanlúcar"
Enrique Romero Vilaseco .-Aún resuena el último grito alegre del niño sobre la arena fina de la playa; el alborozo, torbellino multicolor de sombrillas, toallas y tumbonas, que recortan la arena, la mar y el verdor de Doñana. Todavía oigo en mi interior el eco pregonero del heladero convocando a pequeños y mayores: ¡Al rico helado! Las últimas pisadas de los caballos marcan un sendero de huellas hacia las Piletas. Aún perdura en mi memoria las risas adolescentes de niñas bañadas de sol y sal. Y miradas enamoradas de chicos que intentan robar un beso de amor entre la espumas de las olas. El verano, estación vacacional por antonomasia del calendario, se nos fue como el agua entre las manos. Sutilmente, como sin querer molestar, nos llegó el otoño con sus tardes aletargadas y sus noches silenciosas. Para muchos el otoño es sinónimo de tristeza y melancolía. Es esa época del año donde anida en nuestro interior cierta nostalgia, envuelta en recuerdos de momentos felices que se nos fueron. Para mí el otoño no es odioso, sino más bien es el paso de la niñez y adolescencia a la madurez de la vida. Es como ese puente que une las dos orillas de un mismo río. A un lado hallamos la fortaleza y el vigor de la juventud, es decir, el verano de nuestras vidas; y por otro es la plenitud de los años vividos, la experiencia sentida, la serenidad de quién ya se acerca al invierno de su existencia.

Pero el otoño también nos trae la fragancia de la hierba recién mojada tras una larga temporada de aridez. El otoño nos acoge en su seno como una madre a su bebe sobre su pecho. El otoño hace que el sentido de la vista recobre imágenes de una belleza sublime, dorados paisajes que hace detener el tiempo en tu mirada. El otoño es un bálsamo de paz que me traslada a mi más tierna infancia y hace renacer en mi memoria lejanas añoranzas. Sí, añoranzas de días de lluvias por la vieja vía del tren de Sanlúcar a Bonanza, cuando contemplaba en lagunas y charcas nacer la vida en cientos de renacuajos que, tras el milagro de la metamorfosis, dará lugar a saltarinas ranas. Ya no oigo el croar de esos simpáticos anfibios en los tollos sanluqueños, ni contemplo el suave volar de los pitijopos por los aires de Sanlúcar. Qué lejos quedaron aquellos primeros días de lluvias cuando en los “baldos” contemplaban las “aluas” en los hormigueros y los chiquillos llevaban en botes de cristal escarabajos y lagartijas. Cosas de críos que en su candidez ignoraban que no estaba bien jugar con esos indefensos animales. Desde la atalaya de los años vividos, desde la azotea de la vida madura, oteo el horizonte y no veo más que frío asfalto, cemento y ladrillos.
 
El progreso o más bien la especulación y el negocio, ha transformado nuestros campos y caminos, haciendo desaparecer estampas tan pintorescas que ya sólo viven en viejas fotos amarillentas por la pátina del tiempo. Por el pago de Miradamas pastaban las vacas libres de ataduras, mientras los chiquillos jugábamos al fútbol en el campo de Fermín, así lo llamábamos. A caballo entre el final del verano y el inicio del otoño, Sanlúcar se transformaba en un pueblo bullicioso, debido al trasiego de la actividad que producía la vendimia. Por caminos y campos una ingente cantidad de sanluqueños madrugaban para dirigirse a la recogida de la uva. Alegría y satisfacción porque el trabajo no faltaba y el movimiento era una constante que nos anunciaban a todos la llegada de mañanas septembrinas entre viñas de albarizas y racimos de dorada uva. Viaja mi memoria a mis años de niños, cuando oía, desde la soledad de mi cuarto y en las madrugadas, el tintineo de las campanillas de la recua. Aquel sonido que anunciaba que por el Camino de Sevilla pasaba un reata de mulos y burros en fila indiao cargados con cerones repletos de uva. La voz nerviosa del arriero se fundía y confundía con el sonido de las herraduras sobre los guijarros. Ya se perdieron en el tiempo aquellas estampas costumbrista; los remolques colmados de uvas y los chiquillos reenganchados para birlar uno de aquellos racimos sólo por el puro placer de hacer una travesura de chiquillo, pues rara vez, el botín conseguido acababa en el estómago de ninguno de los zagalillos, que con satisfacción para ellos, salían disparados bajo un chaparrón de insultos del pobre arriero. En la actualidad la vendimia pasa sin pena ni gloria, ya casi nada nos indica que Sanlúcar vive lo que otrora era fragancia de mosto por callejuelas, plazas y bodegas. Con el paso del tiempo ha desaparecido esos lagares que antes podía ver en lugares del Barrio Alto, como el que existía en la Plaza de Arriba o en la bodega de Gaspar Florido, frente a la bodega de la Arboledilla. Sanlúcar no tiene aromas manzanilleros por cualquier rincón o al doblar cualquier esquina. Otoño y vendimia, recuerdos de mi niñez cuando juagaba desde el amanecer a la noche en las calles, donde la diversión era volar una pandorga, bailar un trompo, jugar a los bolindres, a “angúa, angúa” siete mil millones de “pelúa” o saltar a piola. Por tantas cosas que dejo en las alforjas de mi memoria, me gusta el otoño, porque es como ese puente que une el verano de nuestra adolescencia y juventud, con el invierno o madurez de nuestras vidas. Enrique Romero Vilaseco
 
 
   
 
     
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