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El acorazado Potemkin
 
 
 
 
   
 
El acorazado Potemkin PDF Imprimir E-mail
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24 de Agosto de 2008

La barba era de muchos días, la melena de muchos meses y el sueño en los ojos de muchas noches. Inevitablemente todos habíamos visto unas quinientas veces “El acorazado Potemkin”.

Jota Siroco.-Pero hoy Cortázar ya no está para contarlo, ni aparecerá ninguna Maga por el Pont D´Orly. En París vuelven a amanecer buenos tiempos para la lírica.
Los adoquines se levantaban entonces en los Campos Elíseos y las barricadas cerraban las imaginarias puertas del Barrio Latino.

Dani el Rojo, no se había convertido todavía en un burgués barrigón, como todos, y dirigía la revuelta desde su buhardilla de la calle Saint Paul.

Ardía el centro de París, porque en el 68 aún no había barriadas. El fuego quemaba las ideas caducas y las viejas damas esperaban en su casa de campo que acabara la revuelta.

Los africanos, los rumanos, los chinos rompen cada día las fronteras de Europa. Los gitanos “okupan” las casas de Jun, los árabes los arrabales de París, los adolescentes sin trabajo forman sus pandillas en la Cruz de Mayo.

En el sopor de la siesta vemos como los negros dejan su piel en las alambradas de Melilla, como los árabes queman los coches en los alrededores de París, cómo los pandilleros se enfrentan a botellazos cada sábado en el Patio de la Victoria.

Pero nuestros miserables políticos, como las viejas damas de entonces, esperan en sus mansiones de Marbella, en sus casonas de la Moraleja o en sus chalets horteras de La Jara, que acabe la revuelta y que pase -¡Por Dios!- sin muertos la noche del sábado.

 
 
   
 
     
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