Cartas de una sombra

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José Antonio Córdoba.- ¿Por qué las pirámides?

La tendencia humana a esconder, ridiculizar o destruir todo aquello que desconoce, que le provoca pánico al no poder controlar, sigue muy presente en el siglo XXI.

Hoy donde la era de internet debiera de ser la herramienta de la evolución y el  conocimiento para la especie humana, nos vamos dando cuenta que la desinformación a través del volcado mal intencionado de información se ha convertido en el clic más pulsado.

Alguien me llamó la atención hace unos años sobre la perfección del Universo, refiriendo que: “La perfección del mismo reside en su imperfección” Con esta reflexión en la mente miro a mi alrededor, sin comprender la obsesión enfermiza de la especie humana por buscar la perfección absoluta, cuando ni el propio Universo la conoce.

Nos obsesionamos en un trabajo impoluto, en una línea limpia, perfecta, clara. Alabamos el espacio en blanco con un texto recto, sin tachones. En las cada vez más perfectas simetrías de las construcciones, de las máquinas. Si nosotros en nuestro siglo XXI, aún andamos a tientas en esto de la perfección, con nuestras impolutas máquinas, más complejo se hace entender que una cultura sin traje de chaqueta, ni corbata bien planchada y a conjunto con el traje, sin móvil, ni GPS, ni ordenadores erigiera en medio de la nada, entre la arenas del desierto, en los bosques más tupidos o en una isla tan majestuoso elemento arquitectónico como  es la pirámide.

La pirámide, elemento tan perfecto como la imperfección en su construcción. Un elemento que sigue dejándonos en ridículo a los humanos de esta era, del láser, de nivel, del medidor digital. La pirámide, una construcción que pese a los últimos noticiarios que afirman haber resuelto su técnica de construcción, más se me asemeja, que por salvar el culo del ridículo mediático nos presentan teorías que avaladas por tal o cual investigador con el sello en la espalda de “oficial”, nos venden la milonga resolutiva.

El mundo de las aristas casi perfectas ahora resulta ser culpa de una Naturaleza caprichosa, sin otra cosa mejor que hacer que plagiarnos modelos constructivos, como ha sido el caso de la olvidada, oficialmente, ruinas de la ciudad sumergida de Cuba, como ante se culpó a la Naturaleza en el caso de las ruinas graníticas de Nan Madol. Curiosamente, lugares, ambos, que parecen no precisar de la investigación y estudios de los expertos, más centrados en desmentir que en investigar.

El capricho de la Naturaleza es tan increíble como la incapacidad humana por mostrar interés en muchos aspectos de nuestro  pasado, al cual se le ha puesto inicio y fin en el mismo instante.

El capricho de la Naturaleza es también el sello que imprimen estos de lo oficial, a la labor de investigadores amateur, que con recursos limitados ponen su tiempo, esfuerzo y conocimiento a una labor que deja entre dicho la de los “investigadores oficiales”.

Las pirámides, una construcción ancestral, que tuvo una finalidad concreta, que obedeció a unos intereses de los cuales hoy apenas llegamos a imaginar por más suposiciones “oficiales” que nos pretendan vender, cuál fue su finalidad concreta.

Quisimos ser como los constructores aquellos y trasladamos las pirámides a nuestro entorno y entendimiento, y construimos las catedrales.

Hoy, ese conocimiento, ha quedado relegado a burdas copias modernistas de pirámides, a las cuales llamamos, rascacielos.

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