Volviendo a la isla. Muchas dudas

Gallardoski

Juan Antonio Gallardo «Gallardoski» .- Pues aparte de esta costumbre de acercarme a la gente los domingos, uno escribe otros días de la semana. Las poesías, las coplas, qué sé yo, también muchas reflexiones. Esta que viene ahora la puse en el Facebook, porque pensaba que ya vendrían a sentarse las musas como un coro griego a mi lado para el artículo del sábado. 

Yo sé que si me pongo a juntar palabras sale algo, es pura magia. Así que no administro el caudal literario (la verborrea, ya, ya) Pero, para mi sorpresa, este artículo que van ustedes a leer seguro que con gran aprovechamiento, desapareció de esa red social que por lo que veo ya sólo venimos usando los más mayores del lugar. Me ha dado coraje, y más sin saber a ciencia cierta, si la desaparición ha sido causa de la impericia, la censura o los  hados misteriosos de Bill Gates que están por todas partes, como Dios Padre. 

De manera que he recuperado el archivo y aquí lo vierto, con una insistencia de pelmazo. 

Hakima Abdoul, cuenta que se quitó el velo a los catorce años siguiendo las indicaciones del director de su colegio en España – lo llevaba desde los ocho-. Sin embargo, cuando cumplió diecinueve, su familia la conminaba a que se lo pusiera de nuevo. Ella dijo que no. 

Esa sí es una decisión libre y personal sobre una misma. Lo pudo hacer, lo de renunciar al pañuelo ese, porque vivía aquí, en España. En un país musulmán y hasta en uno de esos barrios musulmanes de la triste Europa, ya veríamos si hubiera podido. 

Hablo de esta mujer, porque afirma, creo yo que con más razón que una santa, que “mientras haya mujeres asesinadas o encausadas por no llevarlo, no puede ser feminista ni liberador” o repudiadas por sus vecinos, que es una forma de represión más suave, más de andar por casa todos los días de la vida. 

Y esto ocurre, se pongan como se pongan las defensoras de taparse la cabeza, bastante más a menudo que el desaire social a una mujer musulmana que quiera llevarlo. No veo yo a las señoras del mercado echándole la bronca a nadie por llevar la cabeza tapada en el puesto de frutas. Siempre hay cafres que andan metiéndose con la gente, claro. Pero no forman parte de la estructuración social, de momento. 

Son eso; bárbaros que insultarán lo mismo a la del pañuelo que a la de la minifalda atrevida y las medias de rejilla o el pelo de color. No votad a Vox si no queréis que la anécdota marginal, se transforme en categoría social. 

Hakima Abdoul tiene ideas muy interesantes sobre la mansedumbre de la izquierda ante los agravios que se comenten contra las mujeres musulmanas. Del complejo etnocentrista de chicos ricos del barrio que es el mundo, al complejo de culpa por un pasado occidental plagado de matanzas, saqueos y racismo. 

La beligerancia de la izquierda en contra de cualquier atavismo religioso de nuestros paisanos; bautizarse, hacer la primera comunión, casarse por la iglesia, sacramentos que la laicidad ha ido transformando en acontecimientos sociales, casa mal con la tibieza con la que se aceptan los rigores islámicos y hasta las danzas zulúes por ser hospitalarios con los que llegan hasta aquí, quién sabe si huyendo de esas mismas cadenas culturales y religiosas. 

Porque lo del multiculturalismo estará bastante bien – si lo dejamos en bailes y canciones de Manu Chao- hasta que profundicemos y nos encontremos con una curandera que practica la mutilación genital femenina en la intimidad de su alcoba a las niñas de su familia. Práctica esta, por cierto, no exclusiva de algunos islamistas poco informados, porque de eso el Corán no dice nada. O nada muy distinto de lo que dice el antiguo testamento, con ese constante miedo a las mujeres y a lo que puedan hacer o sentir con la libertad de sus coños.  

De hecho, hasta 1950 en los EEUU de América era practicada habitualmente entre sectas protestantes como forma de controlar la sexualidad femenina. 

Cuánta locura, cuánta fábula de vírgenes disponibles en el paraíso terrenal. Cuánta testosterona y cuánto onanismo reprimido en aquellos escribas pajilleros de antaño y en sus seminales intérpretes de hogaño. 

Contra los argumentos de Hakima Abdoul , otras mujeres musulmanas arguyen que el velo, el hiyab, tiene el significado que cada una le quiera dar. Algo así como el Jesucristo a la carta que muchos creyentes, no especialmente comprometidos con la tradición cristiana, utilizan como excusa para lo suyo. Yo tengo un amigo que me ama y me relaciono con él a mi manera, como en la copla. 

Al final, para justificar una prenda cuyo origen responde, como uno piensa, al miedo a la mujer, una tentación bíblica desde el Génesis que no lleva más que al destierro de los supuestos paraísos creados por y para el hombre. Y digo miedo a la mujer, porque sólo se reprime a lo bestia aquello que se teme mucho, al final decíamos que como argumento las mujeres que deciden libremente usar el velo, echan mano de esa cosa tan socorrida que es la identidad. Una manera de resistirse a la uniformidad de occidente y al triunfal imperio de su cultura. 

Lo de la identidad vale lo mismo para un roto que para un descosido. Para poner una bomba identitaria en un colegio y para bombardear con drones un casamiento en Bagdad en defensa del “American way of life” 

Si le añadimos al cuento identitario unos granitos de sal religiosa, ya tenemos montada la marimorena.  Nunca mejor dicho. 

A mí, lo de el hiyab en las mujeres musulmanas progresistas, me resulta tan chocante como que un esclavo haitiano recién liberto, se pusiera en las muñecas las cadenas con las que lo amarraba el amo en el establo para pasearse por la isla. Para una performance o un ratito de reivindicación metafórica, vale, pero para ir por la vida…no sé. 

Sobre estas- y otras- contradicciones, la izquierda desde hace décadas viene corriendo…un tupido velo. 

Nota marginal: Y esto era el artículo. Me he tenido que amarrar las manos para no escribir otro, lo prometo. Uno que iba a ir de este nublado de noviembre tan sugerente y de cómo nos va a cambiar la vida el maravilloso reconocimiento a la capitalidad gastronómica de nuestra bella ciudad. Y de una gaviota que he visto dando vueltas como loca alrededor de una barca. Pero eso otro día, otro día.

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