Volviendo a la isla

Gallardoski

Juan Antonio Gallardo «Galardoski».- Rosa

Para R. V in memoriam 

Rosa tenía una sonrisa lenta. Se le dibujaba en la cara pausadamente, hasta establecer una hospitalaria complicidad con el otro. 

Yo creo que la sonrisa lenta de Rosa era muy importante, porque con ella te hablaba desde la altura de su alegría y de su búsqueda de la belleza. Ahora mismo la estoy viendo, esa sonrisa, ahora que sé que ya jamás se cruzará con la mía. 

Rosa tuvo una liberación, como su sonrisa, lenta. Lenta, pero firme. 

A mí me emocionaba especialmente encontrármela durante aquellos días de mayo del 2011, rodeada de jóvenes más o menos indignados en las performances del movimiento del 15 M. 

Rosa era un dibujo de esperanza micrófono en mano, pancarta en ristre, poniéndose – no como tantos otros paniaguados de la cultura del pueblo- del lado correcto de la historia.

Rosa era como una lámpara de ingenios y digo lámpara porque daba luz a quien se acercase a ella. Proyectos, fabulaciones, discos que podríamos grabar, canciones que querríamos cantar juntos. Rosa era un verso con un bombo legüero rescatado en Mendoza, la Argentina, tocando el mazo y riendo.  

Rosa era una suerte de Mari Poppins retirada de las cautelas de la edad que quiso cuidarnos a muchos cuando hacíamos nuestras poesías y nuestras canciones y nuestros cuadros y nuestros teatros. Rosa era una deliciosa extravagancia descansando en un banco de la plaza. 

También una resistente ilustrada y contumaz a la barbarie de la juventud narcotizada que le amargaba cada fin de semana un poco la noche. Mientras que la policía miraba hacia otro lado, porque es más sencillo irrumpir en una velada poética para dar por el culo, o en un delicado concierto de unos músicos venidos de ultramar, que defender el derecho al descanso de la única persona que le daba dignidad a esa calle infernal en la que vivió sus últimos años. 

Rosa era la viajera que entendió el viaje como aventura, lejos de la abulia del turista, y por eso el viaje era también en ella una manera de establecer lazos con los nuevos amigos, con los lugares visitados. De algunos viajes se traía cariños que serían para siempre. Y como siempre hacía, al menos con nosotros, esos amigos eran para compartirlos y eran regalos que se mantienen hoy, cuando la que propició nuestro abrazo, no está. Se ha ido.

Rosa era una artista, cuya mejor obra, a mi juicio, fue ella misma. 

Su capacidad tan bella de inventarse en cada etapa, su generosidad y su entusiasmo, su decidida apuesta por el amor en todas sus manifestaciones; maternal, carnal, sensual, social…

Rosa era la anfitriona del poeta. La mirada que uno buscaba entre el público sabiendo que habría en ella atención, interés, cariño y curiosidad. 

Rosa, en fin, se nos ha ido. Y tiene uno en la boca un sabor amargo, un reproche a la impiedad de los hechos. Los hechos, decía Juan Carlos Onetti, son siempre vacíos, dependerán del recipiente que los contenga. Hoy están contenidos en el dolor por la pérdida de una mujer libre que tuvimos el privilegio de conocer y de poder llamar amiga. 

Juan Ramón Jiménez me ayuda a despedirla así: ¿Igual es una rosa que otra rosa?/ ¿Todas las rosas son la misma rosa?/ Sí. Pero aquella rosa…

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