LA MANCHA DE MORA CON OTRA VERDE NO SE QUITA

Fernando Cabral Hidalgo, Opinión

Fernando Cabral.-En política, uno de los fenómenos más persistentes y, a la vez, menos reconocidos abiertamente es el clientelismo. Este sistema de relaciones informales, basado en el intercambio de favores, recursos o privilegios a cambio de apoyo político, no suele desaparecer con los cambios de gobierno. Más bien, en muchos casos, se transforma. Cuando se produce un relevo en el poder —especialmente si implica un cambio de signo político— lo que a menudo ocurre no es la erradicación del clientelismo, sino su sustitución por otro entramado similar, adaptado al interés de los nuevos actores políticos.

Existe una expresión popular que ilustra con crudeza esta dinámica: “la mancha de una mora con otra verde se quita”. Aplicada al contexto político, sugiere que el problema no se limpia realmente, sino que se tapa o se sustituye por otro de distinto color. Así, el cambio de gobierno no elimina las prácticas cuestionables, sino que las reemplaza por otras equivalentes, protagonizadas por actores diferentes pero con lógicas muy similares.

El clientelismo se arraiga con facilidad en el nivel local debido a la proximidad entre gobernantes y ciudadanía. La gestión de recursos públicos, la concesión de contratos, subvenciones, licencias o incluso empleos temporales, ofrece múltiples oportunidades para establecer redes de dependencia. Estas redes no siempre son explícitas ni ilegales, pero sí pueden distorsionar los principios de igualdad, mérito y transparencia en la administración pública.

Cuando un partido político accede al gobierno tras años en la oposición, suele hacerlo con un discurso de regeneración democrática. Se denuncian prácticas clientelares del anterior equipo y se promete una gestión más justa y transparente. Sin embargo, una vez en el poder, surgen incentivos similares a los que impulsaron a sus predecesores: consolidar una base de apoyo, recompensar nuevas lealtades, asegurar estabilidad política y, más que nada, continuidad futura en el gobierno. Es en este punto donde puede producirse la sustitución de un clientelismo por otro, como si, siguiendo la metáfora, se intentara limpiar una mancha con otra.

Este proceso no siempre es consciente ni planificado. A menudo se justifica bajo argumentos como la “confianza política” en determinados cargos, la necesidad de rodearse de personas afines o la urgencia de ejecutar políticas con equipos leales. Sin embargo, el resultado puede ser la reproducción de dinámicas excluyentes: asociaciones que antes recibían apoyo dejan de recibirlo o incluso reciben más que antes, empresas vinculadas a antiguos gobiernos pierden contratos frente a otras cercanas al nuevo poder, y determinados sectores sociales perciben que deben reconfigurar sus alianzas para mantener o mejorar sus prerrogativas con acceso a recursos.

El problema de fondo no reside únicamente en las personas o partidos concretos, sino en la debilidad de las instituciones y los mecanismos de control. Allí donde los procedimientos administrativos son opacos, donde la fiscalización es limitada o donde la participación ciudadana es débil o los canales de participación institucionales se sustituyen por las mesas camillas, el clientelismo encuentra terreno fértil. Por ello, el cambio de gobierno, por sí solo, no garantiza una transformación real en la cultura política.

Para evitar la sustitución de un clientelismo por otro, es necesario fortalecer la transparencia en la toma de decisiones, profesionalizar la administración pública y establecer criterios claros y objetivos en la asignación de recursos. Asimismo, el papel de la sociedad civil, los medios de comunicación y los órganos de control resultan clave para vigilar posibles desviaciones y exigir rendición de cuentas.

En definitiva, el relevo político en un gobierno local debería ser una oportunidad para mejorar la calidad democrática. Sin embargo, si no se acompaña de reformas estructurales y de una voluntad real de cambio, puede limitarse a un simple reemplazo de redes de influencia, perpetuando así un problema que socava la confianza ciudadana en las instituciones.

A pesar de lo que puedan pensar algunos y algunas de forma interesada, la mancha de mora no se quita con otra verde, al contrario, empeora la situación.

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