EL DISPUTADO VOTO CAPILLITA
Fernando Cabral.-En muchas ciudades de tradición religiosa arraigada, especialmente en Andalucía, la Semana Santa no es solo una manifestación de fe, sino también un espacio de convivencia, identidad, oportunidad de negocio y, cómo no, un inesperado laboratorio político. En este escenario aparece el ya célebre —y disputadísimo— “voto capillita”, esa joya electoral que todos dicen no existir… mientras se pelean tan discreta como descaradamente por ella.
Las cofradías llevan siglos a lo suyo: procesionar, conservar tradiciones y sostener una vida comunitaria que vertebra barrios enteros. Sin embargo, en cuanto se vislumbra una cita con las urnas, ese mundo adquiere un brillo especial. De pronto, las hermandades dejan de ser solo custodias de devoción para convertirse en codiciados espacios de influencia. No hay formación política que no mire de reojo —o de frente— a ese universo, calculadora en mano.
Porque si algo caracteriza al voto capillita es precisamente la disputa encarnizada que genera. No se trata de un voto organizado ni uniforme, pero eso no impide que se le atribuya una capacidad de arrastre casi mística. Y ahí comienza la romería política: visitas, guiños, presencia institucional en actos, promesas más o menos veladas… todo vale con tal de no quedar fuera de la foto.
En este contexto, resulta especialmente llamativo el papel de ciertos partidos de izquierdas que, fieles en teoría a la separación entre Iglesia y Estado, descubren en la práctica una notable capacidad de adaptación. Donde antes había distancia, ahora hay cercanía; donde había discurso laicista, ahora hay matices cuidadosamente afinados. No es una renuncia —faltaría más—, sino una suerte de milagro táctico: el principio se mantiene, pero se administra según convenga.
Y mientras tanto, las hermandades, lejos de ser actores pasivos, tampoco son ajenas a este juego. Porque si la política corteja, el mundo capillita, en no pocas ocasiones, se deja querer. Con elegancia, eso sí. Saben bien del valor que tienen en este tablero y no dudan en aprovecharlo: mayor atención institucional, subvenciones, mejoras en infraestructuras o respaldo a sus actividades. Nada explícito, todo perfectamente envuelto en el lenguaje de la tradición y la cultura.
La escena, vista con cierta distancia, tiene algo de intercambio tácito. La política busca proximidad y legitimidad social; las hermandades, reconocimiento y apoyo. Y en medio, ese voto difuso que nadie controla del todo, pero que todos quieren interpretar a su favor.
Por supuesto, siempre queda el discurso oficial: que las cofradías no son instrumentos políticos, que los hermanos votan en libertad y que todo responde al respeto por las tradiciones. Y probablemente sea cierto. Pero también lo es que, en la trastienda, la competencia por ese supuesto voto capillita se vive con una intensidad que poco tiene de espiritual.
Al final, la paradoja es evidente. Mientras se insiste en que el voto capillita no existe como tal, la realidad muestra una pugna constante por seducirlo. Y mientras algunos partidos ajustan sus principios al compás de una marcha procesional, ciertas hermandades afinan su capacidad de influencia con una habilidad que ya quisieran muchos asesores políticos.
Porque, en este peculiar cruce de intereses, quizá la verdadera estación de penitencia no esté en las calles, sino en el equilibrio —a veces imposible— entre convicciones, tradiciones y, cómo no, oportunidades.
En Sanlúcar, ciudad amable donde las haya, la separación Iglesia-Estado y la aconfesionalidad de la administración pública recogida en la Constitución lleva años que ha saltado por los aires y de forma más intensa de la mano de una formación política que defendía lo anterior como principios ideológicos irrenunciables. Ahora, plegándose a las exigencias del mundo capillita, dando presencia institucional a los supuestos actos de fe, pretenden disputar el voto capillita a la derecha y a los que hacen política de derecha y no precisamente para cambiar el orden de las cosas, sino por una cuestión mucho más prosaica y terrenal como es el cálculo electoral.




