Aquellos inviernos de mi niñez

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Enrique Rommero Vilaseco.-Me gusta el invierno. Recuerdo aquellos inviernos de mi niñez y adolescencia, cuando, de camino a la escuela, sentía el contacto con la naturaleza: la tierra mojada, los charcos con renacuajos, la verde hierba alfombrando los campos. Apenas tengo recuerdos del verano, más allá de algunos baños en la playa y de la visión de mi madre en la orilla, siempre alerta para que no me metiera mar adentro. Ella le tenía pánico al agua y yo heredé ese miedo. Así nunca aprendí a nadar y jamás tuve la osadía de adentrarme en las profundidades.

Cuando llovía por mi barrio, en los vardos de lodo buscaba las aludas, aunque en Sanlúcar siempre se les llamó «alúas». Con una pequeña zoleta escarbaba la tierra en busca de ese manjar para los pájaros. Lo hacía simplemente por entretenimiento, porque nunca tuve mucho interés en ir a cazar pájaros con aquellas pequeñas hormigas con alas que servían de reclamo.

Todo ha cambiado. Ahora los inviernos no son como aquellos en los que salía camino del colegio y sentía el olor a tierra mojada, cuando veía los caracoles y las cabrillas sobre las plantas o la hierba recién mojada. Ya no huele a las copas de cisco con su olorcillo a alhucema que, al caer la tarde, se preparaban en las casas como si de un ritual se tratara. Con los braseros eléctricos, todo pasó a mejor o peor vida, quién sabe.

En el barrio donde crecí ya no hay descampados para jugar al fútbol hasta que la oscuridad de la noche nos impedía ver la pelota; todo es asfalto y ladrillos. ¡Cuántos partidos de fútbol jugamos aquellos sábados en los que no tenía colegio, y cuántas veces me mojé bajo la lluvia corriendo tras un balón!

¡Qué ilusión nos hacía que, alguna vez —las menos—, pudiéramos disfrutar de dos palos verticales a modo de portería de fútbol! O aquella vez que rifamos una triste paletilla de jamón para comprarnos unas humildes camisetas. Y conseguimos nuestro objetivo: las compramos en una tienda que aún existe, El Barato, junto a la plaza de abastos.

Aquellas primeras camisetas anunciaban al Club Náutico de Sanlúcar, pero no eran sufragadas por dicho club; simplemente, nuestra impaciencia de niños nos llevó a adquirirlas, ante la sorpresa de los tenderos.

Hoy todo ha cambiado. Los niños muestran un vestuario completo: camisetas, calzonas, medias y hasta botas de fútbol, y van anunciando empresas y negocios de toda índole que son verdaderos espónsores. En definitiva, los niños de hoy en día van equipados con todo un vestuario, como si ya jugaran en la Liga española o en la Champions League.

Jamás tuve unas botas de tacos. Jugaba con zapatillas de deporte, y de las baratas.

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