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25 de Marzo de 2018
El hierro (I)
Manuel Jesús Parodi Álvarez.-Una de las manifestaciones artísticas ciertamente con mayor arraigo, más populares, en la arquitectura tradicional sanluqueña (aunque no sólo en la sanluqueña) es sin lugar a dudas el “arte del hierro”, los “trabajos del hierro”.
La estrecha y profunda relación que existe entre un edificio y sus trabajos de hierro guarda una íntima relación con la naturaleza y características de los diferentes elementos constructivos que integran el perfil de la vivienda tradicional de este nuestro rincón de la desembocadura del viejo río Baetis, así como con la propia naturaleza de la casa en cuestión en cada caso.

Buena parte de los edificios de nuestro casco histórico son de traza sencilla y de mediana altura, lo que confiere a la imagen de nuestras calles una característica horizontalidad, muy peculiar, así como una elegante pulcritud en sus formas.

En las fachadas de las casas de nuestro casco histórico suelen abrirse grandes vanos que tienen como finalidad servir para ayudar a introducir luz en abundancia en el interior de los edificios, así como para ofrecer visión hacia la calle a los moradores de las casas, incluso de forma oblicua cuando no incluso lateral respecto al frente de la casa, y ello ya que no pocos de dichos vanos, de dichos ventanales, vienen a sobresalir respecto a la fachada que los alberga y a la que sirven, también, de ornato.

Dadas estas características (el tamaño de los ventanales especialmente -pero no sólo- en las plantas bajas de las casonas históricas, y el hecho de sobresalir a veces los mismos con relación a la línea de la fachada de los edificios), el trabajo del hierro, con las rejerías como expresión singular y sustancial de dicha labor, viene a convertirse en un elemento imprescindible de cara a la seguridad de las casas, así como consustancial para su embellecimiento, deviniendo un punto esencial, del mismo modo, para nuestras tipologías arquitectónicas y, por ende y como consecuencia de ello, para nuestros tipos patrimoniales.

De este modo es posible señalar que nos manejamos al mismo tiempo en dos planos que van de la mano, esto es, el funcional y el de la estética: la reja, en función de su mayor dimensión sea a lo largo o a lo ancho, o en función de su mayor proyección hacia el exterior del lienzo de la fachada del edificio en el que se integra, así como de la mano de su propia estética, de su diseño y posible calidad artística (sin pasar por alto su época, su antigüedad, que viene a ser un valor añadido conforme pasan los siglos), se presenta como un elemento más a considerar, a tener en cuenta, en lo relativo al embellecimiento y, a qué negarlo, al ennoblecimiento formal (y el predicamento social) de la casa (y de sus moradores, que pueden buscar en la estética el reflejo de su estatus y a la vez la muestra del mismo).

Muchos de estos herrajes son de cuadradillo o de redondillo (de acuerdo con la forma que presentan, de sección cuadrangular o circular), mostrando a veces adornos clásicos como las eses entrelazadas, unas formas ornamentales de claro aire barroco que pueden ser lisas o torneadas, presentándose a veces enriquecidas con pequeñas rosetas o flores colocadas en su parte central.

Estos elementos decorativos pueden ubicarse generalmente -tanto en cierros como en balcones- en el contexto central así como en los espacios angulares de los herrajes, indistintamente, o en el conjunto de los mismos.

Algunos de ellos, como los de cuadradillo, podemos encontrarlos, con independencia de su cronología concreta, en edificios del casco histórico con una antigüedad que puede oscilar (siendo optimistas) desde época Moderna hasta el siglo XIX, perteneciendo la mayoría los cierros y herrajes históricos de nuestra ciudad a estas variedades de forja.

Con posterioridad surgiría (y se generalizaría a lo largo del Ochocientos) también en Sanlúcar de Barrameda el modelo de tipo redondeado, el cual comenzaría a sustituir al anterior a partir de ese siglo enriqueciéndose con matices decorativos como perillas y elementos vegetales a medida que fuera corriendo el tiempo.

Este siglo, el XIX, habría de ser prolijo en otros modelos de cierros, románticos, en los cuales las barras (en su pulcra linealidad) serían reemplazadas por (o complementadas con) otros elementos decorativos como motivos florales, geométricos o mixtilíneos, dando forma a auténticas obras de arte.

Otra variedad, junto a los cierros (que sobresalen de la fachada) es la reja sencilla a ras de ventana, que en buena parte de los casos se presenta desprovista de elementos decorativos, aunque algunas se presentan adornadas del mismo modo que algunos cierros, presentando a veces una más que notable profusión de elementos ornamentales vegetales.

Estas labores de hierro se extenderían, amén de los cierros, a balcones, ventanas grandes y pequeñas, óculos, guardapolvos, remates y veletas, además de a determinados adornos propios de la decoración de fachadas y balcones, elementos en los que encontraría una mayor riqueza y peso el aspecto decorativo que en los cierros en sí, entre los siglos XVIII y XIX.

En este sentido podemos traer a colación ejemplos del Setecientos, o el gran muestrario de pequeños óculos y pequeñas ventanas que se asoman a la calle desde las fachadas de nuestros edificios históricos, en los que la decoración es profusa sin perder la elegancia. En época barroca aparecen (o se hacen comunes) igualmente algunos elementos decorativos como los tornapuntas y los jabalcones -la función de estos últimos, al par que la decorativa, es la de ayudar a  la estructura del balcón a repartir su peso, soportándolo y distribuyéndolo en fachada, siendo que junto a esta función portante resultan asimismo útiles como marco para la introducción de algún que otro elemento estético. Con la llegada de los aires románticos, ya en el siglo XIX, se produciría asimismo un notable enriquecimiento de las labores de hierro con la introducción de más motivos vegetales ornamentales.

Otro elemento del exterior de los edificios, de singular prestancia para el desarrollo del arte de las labores de hierro, es la veleta, muchas de las cuales servían como remates decorativos de determinados edificios singulares de los cascos históricos de nuestras ciudades.

En todas estas ocasiones, en todos estos casos, el hierro se convierte en una verdadera labor de filigrana, en un elemento de belleza y de prestigio indisolublemente ligado a nuestras casas históricas.

 

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