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Verano de niño pobre
 
 
 
 
   
 
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28 de Agosto de 2008

Imagen activaEl niño pobre envidiaba a los niños que daban clases particulares y no se acercaba a ninguna chiquilla veraneante porque le parecían aristócratas inalcanzables.

Gallardoski.-El verano del niño pobre comenzaba el día en que la madre sacaba de un armario los harapos veraniegos del año anterior, la ropa de verano, como pomposamente llamábamos a los pantalones vaqueros cortados a tijera y unos vergonzantes bañadores de cuadritos, o con un delfín amarillo dibujado justo a la altura de la picha con los que íbamos haciendo colosalmente el ridículo por las playas y las piscinas públicas de la ciudad

Los veranos de la infancia, eso lo ha dicho casi todo el mundo, eran largos y en nuestro caso; tediosos y miserables. La mayor parte del día andábamos buscando una casapuerta fresquita desde la que veíamos pasar el tiempo con un existencialismo ágrafo que hubiera hecho las delicias del Jean Paul Sartre, lo nuestro no era náusea, claro, lo nuestro era fatiga, fatiga de vivir y de la vida.

Hasta los momentos felices como la playa dominguera con los papás, se iban estropeando a medida que la unidad familiar se derrotaba durante el tortuoso camino que llevaba hasta la orilla, cargados de sombrillas, toallas, fiambreras y neveras de plástico. La colocación de la sombrilla en la arena iniciaba el desastre y ponía en peligro la vuelta a aquella verbena playera. El padre echaba el día poniéndose ciego en el chiringuito, la madre se aburría y dedicaba la jornada a joderle el baño a los niños y por fin, cuando empezaban a pasar los ambulantes con sus sultanas y sus carritos de helados, el niño pobre se comía la penuria de su condición.

El niño pobre envidiaba los churretes de helado de chocolate del vecino de sombrilla, por eso hacía con los dientes un agujerito en el envase del plástico del polo de a peseta, para beberse el caldito y esperaba a que se derritiese la nieve para que durase más aquel placer miserable.

El niño pobre envidiaba a los niños que daban clases particulares y no se acercaba a ninguna chiquilla veraneante porque le parecían aristócratas inalcanzables.
Por eso el niño pobre se mataba a pajas y sentía mucha consternación y mucho arrepentimiento la mayor parte del día, como si tuviera él la culpa de no tener de nada.

 
 
   
 
     
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