PATRIOTISMO DE PACOTILLA vs SOLIDARIDAD CON CEUTA

Cultura, Fernando Cabral Hidalgo, Tribunas y colaboraciones

Fernando Cabral.-Las distintas manifestaciones celebradas ayer en apoyo de Ceuta deberían haber sido, por encima de cualquier otra consideración, una expresión colectiva de solidaridad con una ciudad y con unos ciudadanos que atraviesan una situación especialmente difícil. Una solidaridad que, por su propia naturaleza, debería haber constituido un espacio de encuentro capaz de reunir a personas con distintas ideas políticas y diferentes maneras de entender España, pero unidas por algo tan elemental como la necesidad de acompañar a Ceuta en unas circunstancias que exigen atención y responsabilidad.

Sin embargo, esa legítima expresión de solidaridad quedó deliberadamente, por acción u omisión, empañada por determinados grupos que decidieron convertir el patriotismo y la defensa de la unidad de España en un arma política arrojadiza, en lugar de entenderlos como elementos aglutinadores que pertenecen al conjunto de la sociedad. El problema, por tanto, no está en el patriotismo ni en la defensa de la unidad nacional, sino en la utilización oportunista que se hace de ambos conceptos cuando se pretende convertirlos en patrimonio de una determinada opción política.

Cuando la patria y la unidad de España se invocan para señalar al adversario, para establecer quién representa mejor a la nación o para deslegitimar al que no comparte una determinada posición política, el patriotismo deja de cumplir la función integradora que se le atribuye. Convertir el concepto de patria en una ideología supone, en definitiva, pervertir la propia idea de patria que supuestamente se quiere defender, porque aquello que debería ser un espacio común termina transformándose en una herramienta de diferenciación y confrontación.

De ahí que pueda hablarse de un patriotismo oportunista y, por tanto, de pacotilla: un patriotismo que aparece con especial intensidad cuando los símbolos nacionales pueden ser utilizados como instrumento político y que pretende apropiarse de aquello que, por definición, pertenece a todos. No se trata de cuestionar el derecho del PP, de Vox o de cualquier otra formación a convocar, respaldar o participar en movilizaciones. Ese derecho forma parte de la normalidad democrática. Lo cuestionable es que una causa que debería poder ser compartida por el conjunto de la sociedad termine convertida en otro escenario de confrontación partidista.

Porque la solidaridad con Ceuta no pertenece a ninguna sigla, del mismo modo que tampoco la bandera española ni la defensa de la unidad de España pueden ser patrimonio exclusivo de una determinada sensibilidad política. Los ceutíes no necesitan que nadie les otorgue un certificado de españolidad, ni necesitan que su pertenencia a España sea utilizada como argumento para alimentar una determinada batalla política. Ceuta es España, y precisamente por eso debería poder recibir la solidaridad del conjunto del país sin que esa solidaridad tenga que pasar previamente por un filtro ideológico.

Lo ocurrido ayer resulta especialmente significativo porque aquello que debería haber ocupado el centro de las movilizaciones terminó desplazado por la utilización política de los símbolos y sentimientos vinculados a España. La legítima expresión de apoyo a Ceuta quedó, de este modo, oscurecida por una escenificación patriótica que, lejos de contribuir a ampliar el espacio de solidaridad, introdujo una lógica de confrontación que no debería haber sido necesaria.

Se podía defender a Ceuta sin convertirla en un instrumento contra el Gobierno, del mismo modo que se podía reivindicar la unidad de España sin utilizarla como una consigna destinada a señalar al adversario político. También se podía exhibir la bandera española y reivindicar la españolidad de Ceuta sin pretender que quienes no lo hacen de la misma manera sean menos españoles o tengan una legitimidad menor para expresar su solidaridad.

La patria debería ser, precisamente, aquello que permite reconocernos como miembros de una comunidad política y social a pesar de nuestras diferencias. Cuando se convierte en una ideología cerrada, comienza a perder esa capacidad integradora y termina estableciendo fronteras entre quienes supuestamente representan los valores nacionales y quienes quedan fuera de ellos. Es una paradoja difícil de ignorar: quienes dicen defender la unidad pueden terminar contribuyendo a la división cuando convierten el sentimiento de pertenencia a España en una herramienta de confrontación política.

Por eso resulta tan importante distinguir entre la defensa de España y la utilización partidista de España. Lo primero puede y debe formar parte de un espacio democrático compartido; lo segundo reduce un sentimiento colectivo a una herramienta electoral y convierte los símbolos comunes en instrumentos de confrontación.

La unidad de España no debería consistir únicamente en proclamar que España es una, sino también en asumir que dentro de esa unidad caben distintas sensibilidades, diferentes posiciones políticas y diversas formas de expresar el sentimiento de pertenencia. Nadie debería tener que demostrar su españolidad para poder solidarizarse con Ceuta, porque precisamente la solidaridad debería ser uno de los elementos que hacen visible esa comunidad compartida.

Lo que ayer debería haber quedado en primer plano era algo mucho más sencillo: el apoyo a Ceuta y a los ceutíes, el reconocimiento de sus dificultades y la voluntad de que el conjunto de España responda ante ellas. Todo lo demás, especialmente cuando se convierte en una disputa partidista sobre quién encarna mejor el patriotismo, termina apartando la atención de aquello que verdaderamente debería unirnos.

Y ahí está la contradicción fundamental. Cuando el patriotismo se utiliza de manera oportunista para atacar al adversario, deja de funcionar como elemento aglutinador y se convierte en una herramienta más de la lucha política. Cuando la patria se transforma en ideología, se pervierte el propio concepto de patria que se afirma defender.

Por eso el problema no es la bandera, ni España, ni el patriotismo. El problema es utilizarlos como propiedad de unos contra otros.

Ceuta merece algo bastante más importante que una disputa por la bandera. Merece solidaridad, responsabilidad y una respuesta que esté a la altura de lo que significa formar parte de España.

Y esa solidaridad debería ser de todos.

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