Apuntes de Historia LXXXVII)

Historia
El Baetis, sal de la tierra II
Manuel Jesús Parodi.-En otros trabajos precedentes hemos señalado el concepto de “commoditas” (mezcla de lo útil, lo práctico y lo necesario) que parece regir tantas veces las directrices de los tan reputadamente prácticos romanos, especialmente en lo relativo a la adecuación del entorno natural a las necesidades de la administración estatal pero también viceversa, de la adaptación de los sistemas de comunicaciones romanos -tanto terrestres como, y fundamentalmente por lo que concierne a uno de los autores del presente texto, fluviales.
En este sentido adelantábamos igualmente en otros textos lo que denominábamos no sin cierta osadía el “patrón de asentamiento fluvial” que parecería interesar al establecimiento de las redes de la administración provincial romana cuando menos en el ámbito peninsular ibérico. Dicho “patrón” se vería respaldado por las circunstancias materiales de los establecimientos administrativos de las capitales provinciales y conventuales en la Hispania romana (Corduba-Córdoba, Hispalis-Sevilla, Astigi-Écija y Gades-Cádiz), ubicados en su absoluta mayoría junto a vías fluviales navegables.


No abundaremos aquí en la importancia de la existencia de vías acuáticas navegables de cara al asentamiento de la administración provincial romana en Hispania; baste insistir en que existe un patrón de asentamiento fluvial, que se cumple en la absoluta mayor parte de los núcleos administrativos romanos de Hispania, y no sólo en los de la Bética.

 
Que la navegabilidad del referido eje Betis-Genil habría de resultar capital para comprender la dinámica no sólo de la creación de los asentamientos coloniales y municipales (de distintas épocas) en la provincia Bética sino (y también) del establecimiento de la red de capitales administrativas de dicha provincia, unas sedes administrativas afectadas en su conjunto de forma directa o indirecta por tal circunstancia: a saber, la capital provincial, Corduba como Hispalis, capital de conventus (una subdivisión de las provincias) se encontraban directamente en las riberas del Guadalquivir antiguo, mientras Astigi -capital conventual igualmente- lo estaba (entonces como hoy) en las del Genil, mientras la capital conventual restante de la Bética, la insula de Gades, se encontraba en la costa, pero inmersa en el gigantesco marco del no menos gran estuario del padre Baetis, afectada además por la acción directa del Guadalete, el antiguo Lacca y de los caños, esteros, canales y demás vías acuáticas interiores de la Bahía gaditana.
 
Tal y como el eje BaetisSingilis puede considerarse un medio “commodus” de cara a la navegación y el transporte, igualmente es un medio al que cabe tildar de “amoenus” y así lo especifica Plinio Vetus, cuando menos al referirse explícitamente como tal al primero de los dos miembros del referido eje, cuyo curso -álveo- tilda de “amoeno”. El curso y entorno del antiguo Baetis puede ser considerado, pues, como un espacio “amoenus” (como consideramos que debían serlo en su caso igualmente el Genil o el más cercano Guadalete), y ello es así porque cumple con los principios básicos de la “amoenitas”, esto es, se trata de una naturaleza “amena”, agradable a la vista, “amistosa”, “vivible” para el hombre, pero también productiva y beneficiosa desde el punto de vista económico.
 
Está al servicio de este último, del hombre, y le rinde frutos, esto es, beneficios, que son consecuencia no sólo ya de la generación “espontánea” de productos aprovechables por el ser humano (básica, pero no solamente, alimento, sustento material, mejor dicho, de diversa especie) por parte de dicho medio natural, sino también, y lo que es casi más importante (desde la esfera humana de lo mental, de lo ideológico), como consecuencia de la intervención en el medio por parte de los seres humanos.
 
Así, desde esta óptica, la naturaleza “amoena” viene a serlo -también- precisamente porque está al servicio del hombre, porque resulta extraordinariamente productiva e interesante (sujeta a interés, en el amplio sentido del término) como entorno natural ya antropizado (en mayor o menor medida) y, por así decirlo (permitiéndonos la licencia) “domesticado” por los mismos habitantes de la ribera que se benefician de dichas condiciones y que al mismo tiempo tratan de estimularlas para incrementar los referidos beneficios.    
Continuando con este hilo conductor, que trata de aprehender el sentido de “amoenitas” en la referencia pliniana al álveo del Guadalquivir antiguo, podremos admitir sin mayores dificultades que uno de los elementos (ideológico-mentales tanto como materiales) de mayor peso a considerar es precisamente el de la consecución de recursos, unos recursos obtenidos bien a través de actividades pura y simplemente extractivas, o fruto de la intervención transformadora (y aceleradora de procesos) del hombre sobre el medio natural. En el caso que nos ocupa, el que centra el interés de estas líneas sobre la “amoenitas” del Guadalquivir antiguo, estamos hablando del cloruro sódico, de la sal.
 
 No es hacer una digresión (ni desviarnos del tema) aclarar que no queremos tratar del Guadalquivir romano como vía navegable, que no queremos aproximarnos al río desde un punto de vista “fluvial”, considerando sola o principalmente la cuestión de la navegación y navegabilidad del río, un tema que otros investigadores han tenido ocasión de tratar en otras ocasiones y que nosotros mismos hemos abordado ya en párrafos igualmente precedentes de esta serie.
 
Y no lo es porque en estos párrafos (y los que les seguirán) queremos abordar otros aspectos económicos del río en la Antigüedad, otras funciones que, en este caso el Baetis, pudiera desempeñar en su interacción con las sociedades humanas florecidas a su amparo, y más en concreto, con un horizonte cultural y cronológico específico, el romano.
 
Que un curso fluvial es -por lo general- una fuente de beneficios para los ribereños (excepto hoy, cuando tantos ríos se han convertido en cañerías a cielo abierto) es, esta sí, una afirmación de perogrullo, pero no es tal fuente sólo por su capacidad para sustentar la comunicación (una capacidad que no afecta a todos los cauces, con mucho, y más especialmente en el caso de la Península Ibérica), ni por los recursos alimenticios (fuentes de calorías y proteínas) que puede poner a disposición de los habitantes o visitantes de sus orillas, sino por un todo integrado, en el que se recogen los elementos citados supra y otros recursos igualmente recogidos en el ser del río y su entorno inmediato pero que no tienen por qué mostrarse en todos los casos y ocasiones (como sucediera con la navegabilidad). En el caso del Guadalquivir uno de estos recursos es, precisamente, el del cloruro sódico, la sal.
 
La sal, su existencia y/o la posibilidad de su obtención, es un factor que hace más “amoenus” el entorno físico en el que aparece, a la par que más “commoda” la vida en dicho entorno (en el caso que nos ocupa, el entorno fluvial y costero del Guadalquivir antiguo).
La sal, en sí misma, es un elemento que participa de la “commoditas”, porque es necesaria, útil y conveniente para la vida de los mamíferos superiores, entre los cuales nos contamos como especie, y su presencia contribuye a incrementar el atractivo del entorno del Baetis de cara al asentamiento, desarrollo y expansión de comunidades humanas.
 
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