En recuerdo de Fray José de Sanlúcar
Enrique Romero Vilaseco.-Hace un año que te fuiste a la casa del Padre y nos dejaste huérfanos de tantas cosas. Seguir los pasos de san Francisco lo fue todo en tu vida, desde que a temprana edad entraste en la Orden Capuchina. Toda una existencia dedicada a proclamar la grandeza de Cristo y de la Virgen María, y también a servir al prójimo.
Tu vocación franciscana moldeó en ti un carácter sencillo, servicial y humilde. Tenías un imán especial para empatizar con las personas. Nadie que te conoció se sintió indiferente, porque poseías un don de atracción tan grande que era muy fácil mantener una amistad contigo. Jóvenes y mayores, gente de cualquier condición social e incluso política, porque veías en los demás simplemente a un ser humano; de ahí tu éxito con las personas.
Abrazaste la pobreza. No sentías ningún interés por poseer bienes materiales; solo alimentar el alma a través de la lectura y de la oración. Por eso tu celda capuchina estaba repleta de libros y revistas religiosas. Escuchabas cada día Radio María, y ello te ayudó a perfeccionar un verdadero espíritu seráfico, enamorado del Santo de Asís.
De tu faceta cofrade podría decir tantas cosas… Amabas a tus hermandades sevillanas: Jesús de las Penas, tu gran devoción de Cristo sevillano, y la Esperanza Macarena, a la que tenías tan cerca del convento durante los muchos años que viviste en la ciudad de la Giralda. Pero nunca dejaste de querer a la Semana Santa de Sanlúcar. Tú me dijiste muchas veces que era como la madre de la que nacemos. Por supuesto, si miramos el plano material, estético o la grandiosidad de los pasos sevillanos de aquellos años, Sevilla era lo máximo; pero nadie puede renegar de una madre por muy mayor o arrugada que la veamos. Valga el símil. No puedo expresarlo de mejor manera; creo que se entiende el sentido.
Los que tenemos fe en otra vida y creemos en la resurrección, a pesar de nuestros miedos y dudas, sabemos que ahora estarás con tus seres queridos, tus familiares de sangre y la extensa familia capuchina. Con tu partida quedaron tantas cosas por hacer. El convento de Capuchinos de Sanlúcar sigue abierto; no sabemos hasta cuándo. En abril se celebró el Capítulo y tan solo tengo información de la reelección del Ministro General y de sus definidores. En cuanto a la comunidad de Sanlúcar, ignoro qué futuro tendrá, si al final los pocos capuchinos que quedan continuarán o marcharán a otras comunidades.
Este mes de julio también nos ha dejado el padre Fabián, que contaba con más de noventa años. Por otro lado, partió también fray Antonio, una gran pérdida, un cofrade sin igual. Tenía fray Antonio una extraordinaria capacidad de comunicación; era como un relaciones públicas. Poseía un arte y una imaginación al alcance de muy pocos en todo aquello que emprendía. Convirtió un edificio frío y poco acogedor, como era el convento jerezano, en un auténtico museo, haciendo que de sus desnudas paredes colgaran verdaderas obras de arte. En fin, tú mejor que nadie lo conocías y eras consciente de la facilidad que tenía para conseguir auténticas joyas: cuadros, imágenes, fotografías antiguas, litografías, enseres de orfebrería o majestuosos bordados.
Este año 2026 vivimos una espléndida Semana Santa en lo que se refiere a la climatología y a la belleza de los pasos; las cofradías se superan cada vez más. El Viernes Santo salió por primera vez, para hacer estación de penitencia, la Hermandad de la Tercera Caída, la que en años anteriores llegaba hasta las puertas del convento. La Cofradía de la Humildad y Paciencia, por la que entregaste los mejores años de tu vida, paseó la belleza blanca del paso de nuestra querida Virgen de las Lágrimas. Un lazo negro recordaba que te habías ido a su encuentro en el cielo. Seguro que te recibió con los brazos abiertos y sin lágrimas en sus ojos. Pero sé que también contemplarías a tus otras grandes devociones marianas: tu Virgen de Regla; nuestra Patrona, la Virgen de la Caridad; la Divina Pastora, que, por cierto, este año se quedó sin salir, y tantas otras imágenes de la Virgen a las que tanto amor profesaste en vida.
Después de un año somos muchos los que seguimos echándote de menos, porque dejaste huella en tantas personas. Espero no irme de este mundo sin recoger en un libro o en una serie de escritos muchos asuntos y muchas vivencias de más de cuarenta años de amistad que siguen esperando ahí, en un rincón de mi memoria. Porque, tal como dijo san Mateo: «Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa». Y el pueblo de Sanlúcar tiene que ser alumbrado con la luz de la verdad.
También en este año he tenido la suerte de colaborar en dos libros de dos jóvenes escritores e investigadores. Te hubiese gustado saber que en Córdoba se ha publicado un libro en homenaje a fray Ricardo de Córdoba, nuestro amigo capuchino y gran cofrade. Por otro lado, en Málaga se ha editado un libro de arte. En él se da por segura la autoría de la Divina Pastora de Sanlúcar y la de Jerez, así como la del misterio que siempre creímos de la Roldana. Ese magnífico misterio al que tu buen hacer dedicó un altar en tu época de guardián del convento. Creo que tu vida y tu obra merecen también un libro. Para ello ya he podido hacerme con una fotografía de 1955 de un grupo de alumnos del Colegio de La Salle; en ella estás tú. Debe de ser el último año en que estuviste escolarizado, pues al poco tiempo ya te fuiste al seminario.
Volviendo un poco al año 2025, el 22 de agosto la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Cautivo te otorgó la insignia de oro de la cofradía. Lástima que ya no estabas entre nosotros. No fue un reconocimiento motivado por tu fallecimiento; la Junta de Gobierno de dicha Hermandad lo había aprobado cuando aún vivías, pero quiso entregarte la insignia durante la celebración de los cultos a la Virgen de la Estrella, y no llegaste a tiempo.
No quiero que se me pase por alto el recordatorio que hizo sobre ti Antonio Martín, publicando una semblanza tuya en la revista de Semana Santa de la Hermandad del Huerto.
Bueno, termino por hoy este artículo en memoria de Fray José de Sanlúcar, o como todos lo llamábamos, «Pepe». Espero que haya estado a la altura de lo que te mereces. Que sepas que los que aquí seguimos, en este valle de lágrimas, no te olvidamos.
Y para despedirme haré mías esas dos palabras que tantas veces utilizaste en tus escritos:
Paz y Bien.



