Vasos, gorriones o castoras
Recuerdo el rojo de las bodegas cuando llegué a Sanlúcar. El olor a vino de la calle de la Mar, aquel letrero enorme que rotulaba al pueblo como en una maqueta de cine japonés de los 70.
Y si el consejo regulador y la D.O. de Xerez, no se doblegan a los gustos de esta tierra, tanto peor para ellos. En todo el Cantábrico -desde A Coruña hasta Biarritz-, no he visto vino de Jerez en las marisquerías, en cambio en ningún lugar falta un Castillo de San Diego -excesivamente ligero- o algún caldo del Barrio Alto. No tengo nada en contra de nuestros vinos vecinos -qué decir de El Castillito de Chipiona y su moscatel blanco, pardo, rojo o pasa-, la Tintilla de Rota que ahora prodiga Barbadillo en el Pago de Gibalbín. Pero al igual que por su vino, siento devoción por este pueblo con sus mototaxis y sus bodegas rojo sangre. Espero que nos duren y que no las tumben o, como dijo mi colega David Pielfort, se las lleven los extraterrestres. Fdo.: Josegura.
