Cartas de una sombra. El espejo

José Antonio Córdoba

Los recuerdos de ella comienzan a convertirse en la niebla que al transitar del día, se van disipando.

El tiempo y los avatares en la vida del escritor, hicieron que en su mente los recuerdos tengan una fecha de caducidad muy temprana, quizás para proteger la sensibilidad del poeta, que en él se oculta.

Pero aquella noche, fue tan especial para él, que su mente decidió abrir un compartimento para que el escritor pudiera permitir al poeta conservar la esencia de aquel instante, de forma que aunque el recuerdo se disipara, este podría inmortalizar entre versos y rimas su pasión por ella.

Ella fue la dinamita que explosionó su rutina diaria, el manantial en el cual podía bañar su alma, totalmente desnuda.

La noche transcurrió con charlas, cena y copas. Las brujas ya deambulaban por entre las nubes, cuando ambos llegaron a la habitación. Risas y una temperatura que invitaba a la desnudez de aquellos cuerpos.

Uno puede engañarse de cómo es este mortal y consumible cuerpo, pero ante un espejo se muestra la realidad, mejor dicho, bien mirado con los ojos del alma, vemos más allá del simple reflejo.

Comenzaban a ponerse cómodos, cuando él la tomó,  abrazándola frente al gran espejo. Dos adultos se abrazaban, ella frente a su reflejo y él contra su espalda. Entre besos él dejó que ella se fundiera con su reflejo, mientras esperaba que sus almas abrieran el portal.

De reojo, él contempló el instante en que el portal se abría. Frente a aquél espejo, dos almas se desnudaban abrazadas al Infinito. Mientras en el plano de los mortales, él desabrochaba, uno a uno, los botones de aquel vestido vaquero, que conociéndola, seguramente, era la primera vez que aquellos ojales se veían liberados de la presión metálica de los botones.

Si ya es hermosa ella entre telas, en su desnudez, no lo es menos. No es la proporción de líneas rectas de ellas, lo que le cautivaron. Son sus curvas, pasión de sus dedos. Curvas donde sus labios son practicantes de deportes extremos. La escalada vertical por su cuello, se convierte minutos más tarde, en un descenso extremo sobre sus pezones, donde corren el riesgo de precipitarse a las llanuras de su vientre. Es éste, un desierto que explorar, teniendo como guía, a un beduino particular, su lengua, que guiará los labios de él hasta el pozo de su ombligo. Pero allí, la sequía se extendía, entonces la lengua contó a los sedientos labios, una leyenda. Se decía que viajando más al sur, se encuentra el valle de Allat, rico y fértil lugar protegido por dos grandes columnas. Pero, la leyenda advierte que, si consigue cruzar el paso de las columnas y beber de su fuente, podría no volver a ser el mismo; podría consumirse su vida en aquel lugar. Labios y lengua emprendieron aquel místico viaje hasta el valle de Allat.

Tiempo después, siguiendo la ruta de los labios, un ejército de dedos llegó al valle, para sucumbir aquellos como antes lo hicieran la lengua y los labios del poeta.

Mientras en el reflejo del espejo, dos cuerpos yacen desnudos y abrazados sobre la cama de aquella habitación…

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