Cartas de una sombra. Cruce de sueños

Articulos, Cultura, José Antonio Córdoba

José Antonio Córdoba.-El reloj de la madrugada acaricia casi  las cuatro de la madrugada, y la necesidad humana de aliviar líquidos me devuelve al mundo de los mortales.

Hoy ha sido de esas veces (creo que la segunda) en que me arrebatan a las fuerzas de otro mundo.

Uno es viajero desde mucho antes de ser este humano que hoy sostiene la pluma.

En definitiva somos sombras que están de paso en un lugar cualquiera de los multiuniversos. Como la ventanilla de un tren que va desacelerando, se presentan ante mí imágenes sueltas, cuando se detiene el carrusel de imágenes me encuentro paseando por una calle de casas bajas, algunas de dos plantas. Aunque caminas, no eres dueño de esos pasos, de repente el ruido de máquinas, voces imperativas, las unas otras de sorna, me lleva a observar a unos albañiles en su trabajo, cubos para mezcla, vacíos y en caída libre, mientras una carrucha subía otros rebosando mortero. Más adelante una grúa luchando por arrebatar de la planta alta una hormigonera. En uno de los pisos en obra, alboroto, gritos y risas, hasta que los peatones supimos en propias carnes el motivo, que no fue otro que, la rotura de una tubería de agua, que entre el alboroto y la sorna, el salpicar violento del agua alcanzó a los curiosos que en la calle observábamos.

Alejándome del lugar, junto a un vehículo grande, una mujer de avanzada edad  me llama, pide con voz dulce, familiar y tajante me acerque. Al hacerlo, como si me conociera de siempre, me pide que me quedara con el niño que está en el interior. Al asomarme al interior del coche, la sorpresa del infante y la mía. La sonrisa del niño, que extendía sus pequeños brazos hacia mí. Por mí parte, aquel rostro ya me era familiar, pero no sabía de dónde. La mujer regresó, se sentó junto al niño, y solo me dijo, está arriba. Yo seguí caminando sin entender.

Ahora me encontraba llamando a una puerta, sin saber cómo llegué hasta ella. Mi mano, a su libre albedrío, se posa sobre el pulsador del timbre y mis dedos lo accionan un par de veces. Tiempo, el de los sueños, pasa y la puerta se va abriendo. Al otro lado una joven a medio vestir, ¡ella! ¿Qué hacía ella en mi sueño? o ¿estaba yo en su sueño? Envuelta en toallas, “me estoy terminando de peinar”. Se giró, yo la seguí hasta el cuarto de baño, y me senté en la taza del inodoro. Mientras observaba su brillo especial, ella se retiraba la toalla que ocultaba su melena, ¡el niño!, incluso en el pelo, era un calco a su madre. Pero ella ahora había decidido cambiar de look, y aquí que le dije: “Que manía habéis cogido las mujeres jóvenes con poneros el pelo blanco” mientras mi mano se colaba por los bajos de la toalla que cubría la desnudez de su cuerpo y acariciaba el raso de la tela que ocultaba su sexo. Con sus manos agitando sus pelos blancos, se giró levemente sin quitar mi mano de su entrepierna, y sonriente me dijo: “me encanta tu sentido humorístico con las cosas”

En ese instante algo me arrebataba de aquel lugar, muestras ella seguía mirándome sonriente, con aquel hermoso resplandor. Al despertar, acaricié la mano con la cual la estaba acariciando. Hasta que sentí el vendaje de mis dedos convalecientes…

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