Volviendo a la isla

Articulos, Cultura, Gallardoski

Juan Antonio Gallardo «Gallardoski».- Los unos y los otros.

Tenía que hacer una compra. Una cajita de clips labiados (qué bonita manera de nombrar esos sujeta papeles; labiados…) y un bolígrafo de punta fina para mis endechas que me gusta a mí manuscribirlas. Poca cosa como ven, pero qué amabilidad la del joven que tras el mostrador se afanaba porque se fuera de allí cada cliente con su mercancía y con  una sonrisa, también labiada, pese a  las máscaras.

 La señora que iba por delante de mí, era una de esas mujeres a las que se les puso una mañana del pasado siglo XX cara de vinagre y ahí siguen, con esa cara. Ni por esas se desanimó el muchacho y mira que la señora dejó bastante claro que le parecían carísimos los dos paquetes de folios que había adquirido. Pues nada, el chiquillo  tendero le ofrecía una bolsa para cargar con los dos paquetes de folios, le daba las gracias por su compra, le deseaba buenos días. Hizo el muchacho incluso un amago de teorizar sobre el precio del papel, pero viendo que la mujer ya estaba mirando hacia la frutería de enfrente para decirle a la frutera que las ciruelas no tenían la redondez exacta que buscaba y que los melones parecían muy pasados, desistió de su noble empeño y dijo ¿quién va ahora? Iba yo, para lo de los clips (labiados) y el boli. 

A mí, lo confieso, es que me hablan con educación y agrado y soy capaz de llevarme a mi casa a un chiquillo. 

-Hola, cariño, es que este chaval es un primor y se viene con nosotros, a vivir. 

Por la tarde tenía que ir a ponerme la vacuna. La cita era a las seis y veinte de la tarde. Podría haberla cogido a las nueve y veinte de la mañana, pero eso hubiese supuesto tener que perder un rato de trabajo y -quién sabe- si me dieran los temidos efectos secundarios, irme a casa a lamentarme de la febrícula y la neuralgia en el sofá, como los aristócratas tras una insolación en el jardín. 

Otros se aprovechan. Piensan: hoy vacuna, hoy me escaqueo del curro, porque hasta mi jefe está informado de todo el lío fisiológico que puede formarse después del pinchazo y aunque me quede tan pancho, aprovecho para hacer novillos, como los estudiantes y me quedo mirando programas de televisión todo el día. Pero yo no. Me da vergüenza. 

Sé que esto lo lee un funcionario y piensa que vaya majadero que estoy hecho. Ya, qué vamos a hacerle, el otro virus; el de la responsabilidad se me ha insertado muy adentro y ya no puede uno hacer gran cosa contra sus atavismos. 

Las chicas de la Casa de la Juventud donde nos han vacunado a los cincuentones del pueblo, eran, como el muchacho de la tienda, simpatiquísimas. Yo creo que nos miraban a nosotros, los cincuentones del pueblo, y veían a sus padres y seguramente sería por eso el cariño y la consideración con que fuimos tratados todos y todas. 

Y mira que había paisanos que iban en camisa y se las abrían completamente para la vacuna. Y se parecían todos ellos  un poco a Jesús Gil en la piscina, con la barriga y los pelos diciendo sandeces. 

Otros, como yo, nos habíamos preocupado por ir en camiseta de manga corta para poder subírnosla hasta el hombro, como los macarras de los años ochenta, y no poner el mingo. Las mujeres eran bastante más comedidas y llevaban vestidos de tirantes con los hombros a la intemperie. 

Tras la leve estocada, nos dijeron en el mismo tono de amabilidad que estoy constatando que guardásemos un pequeño descanso de quince minutos por si nos daba la alferecía a alguno. 

Había un hombre , pariente con toda seguridad de la señora del rictus amargo de la papelería donde compré mis clips labiados (los clips labiados, qué bonito nombre para un grupo pop de la movida) que no paraba de quejarse por todo, cuando en realidad no había nada de lo que quejarse, porque todo funcionaba allí de puta madre.

 Las chicas enfermeras o lo que fueran, sabe dios, le decían que no podía elegir, que la vacuna para todos nosotros era una determinada. Pero el hombre, que seguro que nada más vacunarse se fue a un chiringuito a chasquear los dedos y a decirle al camarero que las patatas bravas estaban muy saladas, quería elegir por cojones, porque hay gente así, que va por la vida mirando sólo el lado amargo de las cosas.

Gente que te cuenta cada una de sus tristezas , pero que es incapaz de compartir contigo ni una mísera alegría. Gente que da grima. Gente que da pena. Tristísimos del mundo, uníos y no seguid dándole la vara a la población estupefacta.

Yo aguardé los quince minutos exactos que me prescribieron. Mi hija y su novio me esperaban fuera, se habían ofrecido a acompañarme, yo creo que por temor a que fuese a liarla al centro de vacunación debido a  mi consabida fobia a las agujas. 

En esta ocasión erraban; yo estaba bastante tranquilo, porque a mí lo que me destruye como ser humano es que me saquen cosas; sangre, líquido, el corazón…pero que me inoculen algo y sin que tenga en ese procedimiento nada que ver el asunto intravenoso, eso no me preocupa. Se ve que a mis seres queridos sí, y yo me alegro. 

Mi hija me preguntó si estaba bien, porque algunos de los que ella había visto entrar después de mí, habían salido ya al aire fresco de la tarde, con el brazo dolorido, pero sonrientes ante la esperanza.

 Le dije que sí, que estaba perfecto, con el brazo dolorido pero sonriente ante la esperanza, yo también,  pero avisé a mi hija de que la muchacha me había dicho que tenía que esperar quince minutos y yo no iba a saltarme ese protocolo ( Con lo que ha sido una en los caminos de la rebelión y la desobediencia) 

Pues nada, de los pocos que cumplió el tiempo exacto de observación y reposo, un servidor.

 Miraba a un lado y a otro y veía a mi generación y vi que algunos parecían apacibles y otros parecían clientes de un frenopático. 

Mire a la generación de los chicos y chicas que laboraban en ese centro de vacunación y pude darme cuenta de que hay esperanza. Aparte de la inmunidad y todo eso. Esperanza de la de siempre, de la pata negra, de la buena; Trabajan, luchan por su futuro, procuran ser educados, buscan divertirse, hacen el amor sin tanta mierda católico apostólica como nosotros, saben idiomas, han viajado. Han estudiado.

Que nosotros queramos que les guste García Márquez más que, no sé, alguno de moda que haya por ahí, es cosa nuestra. Problema nuestro. 

El futuro es suyo. Menos mal.

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