Volviendo a la isla. Fechorías y payasadas

Gallardoski

Juan Antonio Gallardo «Gallardoski».- Yo me quería comprar una máquina de escribir electrónica. Fíjate tú qué anhelos. Eso de no tener que llenar el folio de tachones y de manchas de típex era la última hora tecnológica. 

Teníamos apenas dieciocho años. Mi amigo se quería ir a pasar unos días a París, probablemente ni siquiera al París real, sino al París soñado de Horacio Oliveira y de Cesar Vallejo donde uno se moría con aguacero, un día del que ya teníamos el recuerdo. 

Para poder cumplir tan peregrinos proyectos, nos pusimos los dos a trabajar durante una feria de la manzanilla en una caseta, pagaban muy bien para la época y se trataba, tal vez, de la más pija de cuantas se montaban por entonces en el pueblo. ¿Cómo llegamos allí? ¡ah, misterios! Cuando la vida empieza sumar décadas nos sorprendemos de la gente que hemos conocido y de las vicisitudes por las que hemos ido pasando. Pues desde allí, desde la caseta facha y pija, ejercimos, como una guerra de guerrillas en la Sierra Maestra ocupada por encorbatados caballeros y señoras de punta en blanco, nuestras pequeñas venganzas de clase.

Si uno de aquellos pavos nos pedía más whisky en el cubata, retirábamos mansamente el vaso y le echábamos un chorro de agua que salía de aquellos grifos amarillenta como un Jack Daniels etiqueta negra, o metíamos el dedo asquerosamente para mover los cubitos de hielo.

 Si otro se nos quejaba con chulería el sábado al mediodía, porque nos habíamos despistado- nos despistábamos tela, la verdad- y aún no teníamos preparadas las tapas (las tapitas, decían ellos) solucionábamos el problema echando mano de una carne con tomate que alguien preparó el martes, día del alumbrado, y sobre la que se había creado una capa de sabe dios qué bacterias, qué miasmas. 

¡No se sulfure caballero! Decía mi amigo con parsimonia casi poética y se metía en la cocina. Una vez allí, movíamos aquel perol un poco, calentábamos la carne y se la servíamos a los señores que festejaban salsas y sabores, quién sabe si justo antes de que una diarrea épica los llevara directamente a los cagaderos o al servicio de urgencias. 

Fechorías de este jaez y alguna que no cuento no vaya a ser que no haya prescrito el delito todavía, sólo se las infringíamos a los maleducados, a los pedantes, a los clasistas, a los chulitos, a los pelmazos. Aplicábamos nuestra justicia revolucionaria con rigor. 

La caja registradora la manejaba un esbirro de los pijos que habían puesto allí para vigilarnos porque de nosotros se fiaban lo justo. Pero el esbirro era más vago de la cuenta y aunque pobre como nosotros, como las ratas, gustaba del alterne con la gente grande del pueblo, que escribiría Landero, y andaba casi todo el tiempo de escaqueo y regateándole a la gerencia de la caseta sus responsabilidades.

De esa forma, mi compinche y yo teníamos casi todo el día acceso a la caja. No nos quedamos ni un céntimo para nosotros, esa es la verdad, pero el gerifalte nos había autorizado a darles algunas monedillas a gitanas con chiquillos en los brazos, pedigüeños con tabaco de paja, chinos vendedores de globos y pandorgas, y payasos con pajaritas de colores al cuello que se encendían y parpadeaban al recibir la limosna para hacer la broma.

El motivo de aquella inusitada generosidad con los parias, con el lumpen proletariado, lo desconocíamos, probablemente no quería que anduviesen mucho tiempo por su exquisita caseta, quitárselos rápido de la barra, como se quita uno las moscas del plato al aire libre. 

El caso es que nunca fue tan afortunada aquella legión de limosneros. 

La gitana que daba la buenaventura nos auguró un feliz futuro a los dos, porque aparte de las perrillas que le dimos por sus arcanos, la invitamos a ella y a su chiquilla a cuantas coca colas quisieran. Cuantas más bebidas y monedas, mejor era nuestro futuro, obviamente. 

El chino vendió más globos que nunca y los pusimos como decoración en la barra, cosa que el gerente del kilombo nos festejó mucho: “mira estos chicos qué interés ponen en su trabajo”

Tabaco compramos para toda la pandilla que venía por allí a recoger los paquetes de Malboro de paja antes de irse a los cacharritos a montarse en el E.T que era una atracción donde por cien pesetas te sometían a una suerte de tortura de esas que aplicaban en defensa de la libertad los de la CIA en Guantánamo a los detenidos. 

Y el payaso, ay el payaso. Se hizo colega nuestro y cada tarde, cuando la cosa andaba más tranquila, se venía a contarnos sus tribulaciones como bufón menesteroso de romerías y ferias mientras liaba con impar destreza un porro de marihuana tras otro. 

El último día nos fuimos con él, con el payaso, a desayunar, porque cerrábamos la caseta a las siete de la mañana. 

Parecíamos los tres; mi amigo reventado tras toda la noche poniendo copas y ataviado con una camiseta de los Sugarcubes que le había comprado a un hippy, el payaso con su maquillaje trasmutado en la careta de un zombi abominable y emporrado hasta las trancas y yo mismo, también deshecho de cansancio y con un sombrero de copa rojo moteado de purpurina negra que habría comprado en algún otro tenderete, parecíamos decía, un fotograma de la película de Tod Browning; “La parada de los monstruos” reponiendo fuerzas en la “Churrería y chocolatería “Hermanos Domínguez”  y haciendo balance de nuestra experiencia laboral en el maravilloso mundo de la hostelería.

La pajarita luminosa del payaso de vez en cuando se encendía sola, porque el truco de un interruptor y una pila que aquel hombre utilizaba se había desgraciado. Y mi amigo le dijo mientras daba cuenta de un churro con chocolate, lo mucho que disfrutarían los niños mirando ese prodigio de su pajarita mágica. 

El payaso, que tenía una voz como la de Cristina Almeida por las mañanas, le dijo sin inmutarse:

 “Anda que no he follado yo nada con esta pajarita”

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