Volviendo a la isla

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Juan Antonio Gallardo «Gallardoski».- Comercio local

Los centros comerciales son todos iguales.
El de Abu Dabi (saludos, ciudadano Borbón, aquí si tiene algo de vergüenza todavía, le
esperamos para ponerle la cara colorá) decíamos antes de esta leve digresión republicana, que
el Abu Dabi es por el estilo al de Jerez de la frontera o al de Sanlúcar, si no anduviera este tan
desangelado por la fuga de las tiendas de ropa.
Todos por el estilo, tendrán unos más bolsos de lujo y otros más restaurantes franquiciados
con las mismas tapas y los mismos uniformes de los empleados, como un ejército del
precariado de todos los países (uníos, coño, que los mandamases se lo están llevando crudo)
pero son comunes la despersonalización, la música de sanatorio, los colores como de eterno
cumpleaños infantil. El olor a medio camino entre el hospital y el aeropuerto, el firme con
losas brillantes, los escaparates con maniquíes melancólicos como una performance de los
setenta, como la portada de un disco de la Velvet underground.
El comercio local, cuando no se ha dejado llevar por la estética decadente de fuentecillas de
mentira y de halógenos vigilantes, tiene – que quieren que les diga- el encanto de la
personalidad. Son, como si dijéramos; comercios de autor.
En unos ponen música de las Carlotas, porque le gusta a la dependienta o a la dueña ese dúo
de música folclórica de la zona. En otros lo que suenan son los Doors, porque el tendero tiene
cerca de sesenta años y fue medio hippi cuando se llevaba.
La decoración también anda por ahí, determinada por los gustos y aficiones de los
comerciantes y no por la manía de algún pope de la decoración y el diseño que se masturba
con sus misterios de inducción subliminal en un despacho de Nueva York, o de donde sea.
Yo tenía que comprarme una mudita, porque miramos el fondo de armario y nos pareció que
si nos invitan a algún evento cultural de los miles que- sospecho- preparan nuestros alegres
delegados municipales para el verano, iba uno a parecer de la facción macarra de la letras y la
intelectualidad sanluqueña. Vaqueros más viejos que la fiesta de exaltación del río
Guadalquivir, camisas que ya eran anticuadas cuando José María Pemán daba pregones por los
pueblos de la provincia.
Así que, le dije a ella: Voy yo solo a comprarme lo que me de la gana, porque quiero cambiar
un poco de imagen, ahora que estoy cumpliendo años sin miramiento ninguno.
Fue llegar a la tienda a la que hacía como diez años que no iba y recibir el amistoso saludo del
dependiente.
Había otro chico joven, contratado porque el viejo dueño a saber cuándo se jubilaría. El chico
joven me sacó unos cuantos pantalones vaqueros que yo miraba con algo de abatimiento,

porque eran pantalones vaqueros pero como de señor mayor. El dependiente veterano, que
me conoce de siempre, se acercó rápidamente y corrigió al aprendiz.
-No hombre, le dijo, que Gallardoski es joven y estos son pantalones para personas mayores.
Ya con eso le hubiese comprado dos pares de vaqueros de la ilusión que me hizo su
intervención tan amigable.
Yo jamás me compro la ropa, pero sumido en estos efluvios patrios del independentismo y la
autoafirmación de las ideas, le dije a ella que esta vez sí, que me iba solo a la compra. Y ni mi
talla me sé.
Nada, ningún problema, el muchacho me echó un vistazo a la cintura (o lo que va quedando de
ella) y me sacó pantalones que me quedaban perfectos. Y camisas cubanitas de esas que
siempre quise ponerme y que en mi gesto liberador decidí comprarme.
Mientras me peleaba en el probador conmigo mismo, para no dejar toda la ropa hecha un
guiñapo y para no mirarme demasiado en el espejo que, tan cerca y tan claro, me devolvía una
imagen lamentable, el tendero me iba preguntando:
-¿Cómo te queda? ¿y los conciertos cómo van? ¿Sigues tocando la guitarra?
Ya digo, otro nivel el del comercio local.
Bien es verdad que iba para una camisa y unos vaqueros y me he comprado muchas más cosas
y un sombrero que sé que cuando me lo ponga me va a dar problemas en casa. ¿Adónde vas
con el sombrero que pareces el Sabina del pueblo?
Luego me paré en una librería y recogí unos libros que, amablemente el librero me había
conseguido a través de internet. Que podría haberlo hecho yo, lo de pedir los libros, claro que
sí, pero me hubiese perdido el rato de charla y bromas con mi pareja favorita de libreros y me
habría perdido el paseo y me habría perdido la tarde, y me habría perdido el pueblo un viernes
del mes de julio, que luce precioso (encima sin carteles por las calles)
No se pierdan todo esto, ciudadanos. Compra en tu barrio y vívelo a tope, como los
jovenzuelos y los fiesteros.

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