Volviendo a la isla.19 DE MARZO (día del padre y muy señor mío) 

Articulos, Cultura, Gallardoski

Juan Antonio Gallardo «Gallardoski».- Cuando yo era muy joven, casi un niño, los fachas, pero los fachas, fachas; los que llevaban la banderita de España con su buen pollo y no trataban de justificar con peregrinos argumentos eso del pollo, o del Águila imperial. El pollo lo llevaban, porque era su manera de decir claramente “somos fachas”  

Ni reyes católicos, ni escudo de armas de Carlos I de España y V de Alemania, ni hostias.  El pollo es facha. Y ya está. 

Tampoco se asían, como el náufrago a su tabla, a excusas revisionistas como la Revolución de Asturias para justificar el golpe de estado militar, por ejemplo. Seguro que no tenían noticia de esa revolución aquellos pobres diablos, que eran fachas unas veces porque tenían miedo a la libertad no fuese que la libertad conllevara finalmente igualdad y reparto y entonces ya la liamos parda. Otras veces se hacían fachas por condición social o económica y en algunos casos por aparentar no sé qué tontería, qué estatus.  

Ellos decían, y llevaban razón, que el golpe de estado y la cruzada nacional posterior, lo habían perpetrado sus mayores para instaurar en nuestro país un régimen si no equivalente, sí muy parecido a las dictaduras fascistas o nazis de la Europa que admiraban, a saber: Alemania e Italia. 

No querían un parlamento inglés, o una democracia como la norteamericana. No; querían un estado nacional- católico. En otras partes, ya sabemos, nacional socialista. En otras Fascista. 

Los comunistas tampoco querían instaurar una democracia, ya. Querían una revolución que tiene como se sabe sus días de llamas y sus décadas de penuria. Quizá de corte soviético, a lo mejor troskista, que de todo hubo. Acaso anarquista con sus utopías y todo su equipaje. 

O, a lo peor, sucedía que, con el estómago lleno de telarañas las ambrosías y los mensajes de la democracia occidental/liberal, no llegaban como es debido a las chabolas, a los barracones de jornaleros, a las casas de vecinos en las que hombres y mujeres que habían pasado todo el día trabajando, porque paro es verdad que había poco, para qué querría parados el capital teniendo esclavos. 

A lo mejor eran revolucionarios, no por obra y gracia del espíritu Marxista, sin porque no tenían un triste mendrugo que llevarse a la boca. 

El caso es que los fachas de los que hablo -y no crean que les guardo ningún cariño- a mí tan jovencito, ya me quisieron dar alguna hostia, eran fachas porque querían que alguien, Tejero, Piñar, no sé, acabará con aquella incipiente democracia. 

Y lo decían bien claro. Los comunistas no. Los comunistas hablaban de un régimen democrático y de libertad de partidos. ¿Por praxis política? ¿Por conveniencia estratégica? ¿Por una gran hipocresía? No lo sé, sé de lo que hablaban. Y lo propiciaron con sus renuncias- traiciones para algunos- con sus sacrificios- puercas concesiones para otros. 

Yo era muy pequeño, muy joven, porque pequeño e insignificante sigue uno siendo, joven ya no, pero, aun así, me acuerdo muy bien de las cosas y, bueno, también ha leído mucho uno. Bastante. Lo digo en serio; quizá más de la cuenta.

Los fachas, fachas, de aquella época tenían las cosas clarísimas, mucho más que las izquierdas. En eso las cosas han cambiado poco. 

Blas Piñar decía que Felipe González era un rojo peligroso y que Manuel Fraga un progresista. Esto no es un chiste, es literal. 

Y cuando se ponían hasta las trancas de cuba libres y porros en sus sedes, los más jóvenes clamaban ¡Arriba España! Con gran convencimiento. 

La casualidad para el equilibrio del universo está bien y sin esa monstruosidad del azar no nos quedaría otra que abrazarnos a algún misticismo con mesías vestidos de blanco y la barba arregladita, o sentirnos abducidos por la figura de algún gordo medio en pelotas sentado en la posición Padmasana o posición de loto, como Buda, que a ver luego para levantarse cómo se lo montaba el eremita de la infinita pachorra. 

Pero la casualidad en política no existe. Por eso no lo es que precisamente hoy, día de San José, los herederos legítimos de aquellos fachas de mi primera (y única) juventud, se hayan animado a sacar a sus huestes a las calles con el objeto de decirle al gobierno que se vayan, que abandonen el consejo de ministros, la Moncloa, el país…

En un interesantísimo trabajo sobre la organización del calendario festivo por el estado franquista, Ángela Cenarro, de la Universidad de Zaragoza, en un estudio titulado “Los días de la Nueva España” Nos da algunas claves para qué nos pongamos a pensar (he escrito “pensar” pero en la pantalla ha salido “penar” y a punto he estado de dejarlo así; para que nos pongamos a penar…) por qué eligen estos señores y qué significado tiene, el día de la fecha para su parranda reivindicativa: 

“Un ejemplo de cómo «el sentido católico de la Historia y la vida de España» podía recogerse oficialmente por el Estado para «incorporarlo a su política» fue la transformación del día 19 de marzo en la Fiesta del Pueblo Trabajador. El 1 de mayo había sido borrado de un plumazo en la nueva España de Franco y, lógicamente, había que buscar un sustituto adecuado. Nada mejor que el día de San José para conmemorar el trabajo de los españoles, pues permitía rebajar con el barniz del catolicismo el tono nacionalsindicalista de las declaraciones contenidas en el Fuero del Trabajo. Ideas como la «dignificación» y la «alegría» del trabajo en el «Estado nacionalsindicalista» se tomaban prestadas de las potencias amigas, pero en España se iba más lejos. Pues en lugar de mantener el 1 de mayo dotándolo de un significado diferente, como en la Alemania nazi, la celebración de los trabajadores se trasladaba a una festividad de carácter religioso cuyo sentido se ampliaba al tornarse político. La apropiación de lo religioso para fines políticos sería, en definitiva, una constante en la España de Franco”

Esto lo cuenta uno para que nos convenzamos de que no dan puntada sin hilo; ni con esto, ni con lo de los eufemismos que se sacan de la manga para nombrar la violencia machista, ni con sus equiparaciones entre víctimas y victimarios, ni con su racismo larvado, ni con su patrioterismo de cantina y plaza de toros, ni con su nostalgia imperial, ni con toda su monserga fascista que va, tristemente, calando poco a poco, hasta que el aguacero nos ponga a todos chorreando.

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