Volviendo a la isla

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Introspección

Juan Antonio Gallardo «Gallardoski».-Nicanor Parra escribió ya muy viejito: «Antes todo me parecía mal, ahora casi todo me parece bien» No llego a tanto,  pero casi. Por cierto, esta cita ya la hemos soltado por ahí alguna vez. 

Te repites Gallardoski, te repites y te das una importancia que ruboriza a propios y a extraños. A quién le interesan tus tonterías cotidianas, a quién tus líricos devaneos, a quién tu monserga “antifa” A quién el rosario largo de tus manías, neurastenias y fracasos.  

Pero uno no escribe para aquellos que afilan el colmillo, ni para los fachas que mandan mensajes borricos, ni para los que se alivian en las redes sociales provocándonos incluso una sincera carcajada  cuando ante nuestra demostrada elocuencia, resumen todo su desacuerdo con un “valiente mierda de tío”  Me reí, porque tal vez uno tiene debilidad por la prosa poética.

 Quienes nos quieren bien no se rieron tanto, nos miraban y nos censuraban como diciendo que no está el horno para bollos, ni está la cosa para tomarse a chanza a la barbarie fascista. Yo qué sé. 

Tampoco te creas que estoy muy seguro de que, de acudir, hoy a la manifestación obrera del primero de mayo, este año en automóvil, como los Cayetanos, fuésemos muy bien recibidos. Por muchos sí, amigos y amigas que pelean cada día desde la dignidad más honrada y emocionante. Pero otros…los de la revolución permanente acaso nos mirarían malamente, por ese artículo, aquel desplante, aquella ironía. Lo mismo si un querido amigo se nos acercara a darnos la mano, el codo, el puño, o lo que sea que nos deja esta  locura pandémica para demostrarnos el cariño, le reproche luego el comité, la célula, el comando, haberse acercado al pequeño burgués (jajaja) traidor y es posible que ese amigo querido tampoco quiera que le vean muy afectuoso conmigo los camaradas. Pasan los años y siguen las viejas cuitas como una postilla que a poco que se rasque uno, mana la sangre. Los de la revolución permanente mirando de soslayo a los de la dictadura proletaria aderezada a veces por sus estrafalarias variantes caribeñas. Y así con todo. Yo, poseo el dudoso honor de haber metido la pata con todos. Con los unos y los otros, con los más bestias y con los más cultivados. Y, pese a todo, sigo considerándolos los míos. Se pongan como se pongan.  Es más; en realidad creo que deberían tenerme en cuenta como elemento aglutinador de las izquierdas. Pero se ve que no andan pendientes de esas virtudes mías para el consenso y la amistad, siquiera de ultratumba entre León (Trosky) y José (Stalin) Yo podría ayudar bastante en un frente común por la emancipación, pero nada,  no echan cuenta. 

Un buen amigo me dice, para consolarme, porque yo sé que es mentira: Gallardoski, eso es por envidia. 

Si así fuera ¿cómo compensarles ese esfuerzo tan inútil?   Porque ya  hay que ser tonto, tonto de remate,  para envidiarme a mí que no tengo ni automóvil para ir a la manifa.

Ahora bien, debería puntualizar que si lo que me envidian son mis amores, mis cariños y mis amigos de verdad , entonces entiendo un poco ese tormento. Ahí sí tengo mis activos. Pero vamos; podemos hablarlo, tú  y yo si quieres  y te invito un día, siempre y cuando vengas limpio y sin mierdas, a nuestro espacio común. 

¿Siento yo también  la envidia, los celos?  A lo mejor al suertudo que tiene los premios del lotero. O al lumbreras que todo lo que escribe lo convierte como Midas en oro del estilo y en jornal para vivir.  O al cómico que anda por las aldeas vendiendo sus comedias y sintiendo el tierno aplauso cada noche, en cada plaza.
Sí, lo confieso; envidio esos triunfos pequeños. Al poeta que hace que me rasque la cabeza y reconozca la excelencia de aquel verso, tan bonito. 

¿El coche, el chalé, la avioneta?  Eso no, sinceramente. ¿Cómo va a envidiar eso un hombre que no aspira a otra cosa que la paz Universal y que no sabe conducir ni un patinete?

No lo sé, de verdad, si cobija mi corazón ese extraño sentimiento.  Necesito tan poco para vivir que no piensa uno que puedan escribirse con mis reivindicaciones históricas ni una triste pancarta,  pero parece, a veces,  mucho lo que uno pide  …y hay que esforzarse tanto.  

Con qué poquito, decía el flamenco. Con qué poquito

Un hombre que ama a su compañera y que daría la vida por ella y por su hija. Un hombre que guarda cada trocito de afecto y de cariño de amigos , partidarios y cómplices en una caja. Y que no sabe qué hacer con la basura del agravio, porque no quiere guardar nada que huela a las pestes de la afrenta, al sobaco de la arrogancia…A un hombre así antes todo le parecía mal y ahora casi todo le parece bien, Nicanor Parra dixit. Añado que antes me gustaba la gente muy inteligente. Ahora me gusta la gente muy limpia.

He cambiado la sabiduría por la higiene. Mental.

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