Volviendo a la isla

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Primaveras

Gallardoski.-Hace un año miré llegar la primavera desde una terraza, desde una azotea y me hice amigo de los pájaros urbanos y de algunos otros más silvestres y desconocidos que aprovechando la ausencia de seres humanos  y las calles desiertas, se vinieron a  posar en mi ventana. 

Hace un año todavía no dábamos crédito a lo que nos estaba sucediendo. Cada día una prohibición, cada jornada una tragedia, cada noticiario un drama. 

Algunas noches, cuando el silencio era tan absoluto que dolía, llegué a sentir miedo. Por los míos, porque la enfermedad y la muerte nos condenasen a la más grande de las tristezas. Otras veces, temía por la humanidad, así en plan santón  oriental, y miraba hacia luna que parecía sonreír en una suerte de misteriosa burla selenita.

La primavera del año pasado nos la hurtaron, fue un robo a epidemia armada. 

Salíamos a hacer la compra con guantes (que eran muy necesarios) y con mascarillas(que estaban bien, pero que tampoco eran tan importantes)  Buscábamos excusas,  alguna gestión inaplazable de mentira y corriendo al refugio que se convertía en la apacible cárcel del confinamiento. 

La primavera asomaba por donde podía como una amante sinuosa a la que no podemos acariciar por muchas seducciones que amague, ya que  apenas pudimos asir su luz, su delicado equilibrio natural, sus fragancias de vida y flora en ebullición.

También se suspendieron el año pasado todas las fiestas y los folclores populares con los que por esta parte del mundo celebramos el final del invierno y la llegada del buen tiempo, y lo entendimos perfectamente, porque temíamos muchísimo morirnos de la infección, a pesar de la posible consternación que pudiera provocar en los más fieles a sus tradiciones y en los más locos por la fiesta y la romería. 

Esta primavera  nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos y ya nada nos sorprende. 

Ni suspensiones ni vigilancias. Ni llamaradas de alegría en los más jóvenes que celebran todavía los dones de la edad, como si fueran inmunes a las siniestras advertencias que vomitan a cada instante las autoridades más autoritarias que nunca.

No nos sorprenden ya policías como trinquetes aterrorizando a chiquillas y dándole hostias como sicópatas o partiendo puertas de domicilios,  porque el delito flagrante de divertirse en tiempos de duelo y miedo bien vale la pérdida de otro derecho otrora incuestionable, como el de la inviolabilidad del domicilio. 

Nuestro mundo ha cambiado y las máscaras ocultan la mueca de hastío y de cansancio tras un año de mentiras, errores, medias verdades, desastres económicos, delirios fascistas y reivindicativas señoras con bolsos de lujo y tocados de fiesta gritando libertad. 

Da la impresión de qué ha pasado toda una vida cuando recuerda uno los besos y los abrazos de hace quince, dieciséis meses. Una vida donde nos hemos dejado un poco de dignidad todos y cada uno de los ciudadanos, 

No nos sorprenden  las denuncias entre vecinos y las persecuciones mediáticas y policiales a la muchachada.  Durante cuánto tiempo podremos contener las ansias de vivir de estos jóvenes y de los no tan jóvenes, durante cuánto tiempo más tendrá valor la amenaza y el miedo a enfermar. 

Será difícil robarles otra primavera.  

Esta  primavera tiene todavía los muslos blancos, se irá bronceando a medida que vayan los días confeccionando su telaraña de luz y de aromas.  

El hechizo lo ejerce  como cada año, un protocolo tan antiguo como el mundo que pone a la naturaleza en guardia erótica y – acordaos de Henry Miller- el día que el sexo ríe se tambalea todo el entramado social que considerábamos tan firme y sobre el que pensamos que vamos pisando seguros hasta que se tambalea.  

Ah, qué ilusión tan vana pensar que se puede controlar el corazón humano, sus donaires y sus afectos y gratitudes. 

El intercambio de miradas ni la servidumbre de la mascarilla ha podido contenerla. 

Ni siquiera la fantasmagoría sacra de la calle principal del pueblo, donde unas fotografías con escenas de la semana santa del dolor cristiano miran fijamente al paseante que , tal vez el primer día, pudo sentirse impresionado, amedrentado  por las presencias divinas y marianas,  pero que pasadas unas pocas jornadas, las olvida y vuelve a mirar el alegre barullo, la gente que va y viene, los cafés que humean en las terrazas a la hora del desayuno, los atribulados  autónomos peleando a voz en grito con sus teléfonos móviles, los yonquis de siempre, las guapas y los guapos marcando  músculo  con las ceñidas prendas, en fin la parranda ciudadana. Las fotografías de Jesús de Nazaret torturado o camino de la cruz para morir, se difuminan en el río de la vida que circula por la calle. 

Por seguir con Henry Miller, citamos ahora aquel pensamiento del escritor norteamericano que, tal vez, explique mejor  lo que uno viene queriendo decir en este artículo: 

“Si tuviera la oportunidad de ser Dios, la rechazaría. Si tuviese la oportunidad de ser una estrella, la rechazaría. La oportunidad más maravillosa que ofrece la vida es la de ser humano. Abarca todo el universo. Incluye el conocimiento de la muerte, del que ni Dios goza”

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