UN RELATO PARA REEMPLAZAR LA AUTOCRÍTICA
Fernando Cabral.-La política actual ha perfeccionado una práctica tan eficaz como inquietante: convertir la gestión del desgaste electoral en un ejercicio de reinterpretación narrativa antes que en un proceso de autocrítica. Las intervenciones públicas dentro del espacio político andaluz después de las elecciones parecen confirmar esa lógica. El resultado de estas declaraciones evidencia un interés compartido por evitar articular la gestión del daño político en clave de revisión crítica y, en su lugar, construir una lectura colectiva del crecimiento del espacio político, incluso cuando dicho crecimiento haya sido capitalizado únicamente por un tercero, en este caso, Adelante Andalucía.
Lejos de reconocer errores estratégicos, desconexiones con la base social o limitaciones en la construcción de alianzas, determinados sectores optan por reformular los acontecimientos bajo una narrativa de continuidad expansiva. El objetivo no parece ser comprender las causas del retroceso o del desplazamiento o estancamiento electoral sino impedir que ese retroceso sea interpretado como fracaso político propio. Así, la discusión deja de centrarse en quién logró canalizar el crecimiento efectivo y pasa a enfocarse en la preservación simbólica de un proyecto común.
Esta dinámica revela una tensión habitual en los espacios políticos fragmentados: la dificultad para asumir que los procesos de acumulación política pueden terminar fortaleciendo a actores distintos de aquellos que inicialmente impulsaron determinadas agendas. En ese sentido, el caso de Adelante Andalucía resulta paradigmático. Su consolidación y crecimiento electoral no solo expresa una transferencia de apoyos, sino también la capacidad de ocupar un espacio discursivo y emocional que otras organizaciones no han logrado retener o no han sabido capaz de aprovechar, como es el caso de la coalición Por Andalucía.
La negativa a formular autocrítica no es únicamente un problema comunicativo; tiene implicaciones estratégicas profundas. Cuando una organización sustituye el análisis de sus límites por una narrativa de crecimiento difuso y compartido, corre el riesgo de desdibujar las responsabilidades políticas concretas. Se instala entonces una lógica defensiva donde el relato importa más que la evaluación real de los resultados. Y aunque esa estrategia pueda amortiguar tensiones internas a corto plazo, también dificulta la reconstrucción de un proyecto político sólido y reconocible.
Se confirma una constante: el relato político funciona más como un mecanismo de maquillaje de la realidad que como un instrumento de análisis. La narrativa no solo interpreta los hechos, sino que a menudo los sustituye, construyendo un “autorretrato” que pretende mostrar unidad y crecimiento, incluso cuando los resultados concretos y las responsabilidades evidencian lo contrario. Esta tendencia refuerza la idea de que, en muchas ocasiones, la apariencia supera a la autocrítica, desplazando la evaluación interna y la rendición de cuentas a un segundo plano.
En última instancia, este fenómeno no es menor. La sustitución de la autocrítica por relato transforma la manera en que se entiende el poder, el éxito y la legitimidad. Cuando crecer en discurso reemplaza a crecer en realidad, las organizaciones políticas arriesgan perder contacto con su base, desdibujar su identidad y, paradójicamente, debilitar el mismo espacio que intentan consolidar. La política, más que nunca, se debate entre la ilusión del relato y la exigencia de la autocrítica.
Al final, lo que se construye no es solo un relato, sino una ficción política donde los errores se maquillan, el desgaste se encubre y la autocrítica se convierte en un actor ausente. Esta estrategia puede ofrecer un alivio momentáneo, una ilusión de unidad y crecimiento, pero corre el riesgo de convertirse en un sustituto peligroso de la realidad. Cuando la narrativa reemplaza a la revisión interna, se transforma la política en un escenario de espejos donde se refleja lo que se quiere ser, no lo que realmente se es, dejando al margen la verdad de los hechos y la exigencia de responsabilidad.



