EL GRAN PARIPÉ
Fernando Cabral.-Dicen que la política es el arte de lo posible, pero en la izquierda andaluza empieza a parecer más bien el arte de lo representable. Porque si hubiera que condensar el reciente acuerdo entre Podemos y la coalición electoral Por Andalucía en una sola palabra, esa sería —sin demasiadas dudas— PARIPÉ.
Y no como insulto fácil, sino como categoría analítica. Como concepto que explica mejor que ningún otro lo que hemos visto: una coreografía política donde cada gesto, cada silencio y cada declaración forman parte de una puesta en escena minuciosamente calculada por todas las partes implicadas. Y también en el ajustado calendario que se ha dado.
El PARIPÉ empieza mucho antes de la foto final. Arranca en las filtraciones interesadas, en los “desencuentros” aireados lo justo, en ese goteo constante de tensión que prepara al público para el desenlace. Porque no hay reconciliación sin conflicto previo. Y cuanto más visible sea ese conflicto, mayor será el efecto dramático del acuerdo.
Después llega el momento clave: la negociación. Larga, compleja, aparentemente al borde del fracaso. Reuniones discretas, llamadas de última hora, documentos que van y vienen. Todo ello envuelto en un halo de dificultad extrema que refuerza la idea de que, si se alcanza el acuerdo, será poco menos que milagroso. Y ya se sabe: los milagros venden. La extrema necesidad de cada cual ante los más que previsibles resultados electorales ha hecho el milagro.
Pero hay un matiz interesante en esta ocasión, una pequeña variación en el guión que no conviene pasar por alto: esta vez, el acuerdo ha llegado antes de que los actores tuvieran que recurrir al plan B. No ha sido necesario desempolvar el argumentario preparado de antemano para explicar el fracaso, ese repertorio ya conocido de reproches, culpas cruzadas y apelaciones a la “coherencia” y la “responsabilidad” que cada parte suele activar cuando todo salta por los aires.
Porque ese es otro de los elementos menos visibles —pero más constantes— del PARIPÉ: la existencia de un relato alternativo listo para ser desplegado en caso de ruptura. Un guión en la sombra que permite a cada actor salir indemne, incluso victorioso, de un desacuerdo. Si no hay pacto, siempre queda el relato.
Sin embargo, en esta ocasión, ese relato no ha hecho falta. No porque no existiera —sería ingenuo pensarlo—, sino porque no ha sido necesario activarlo. El acuerdo ha llegado justo a tiempo para evitar la fase más descarnada del enfrentamiento público, esa en la que la unidad deja paso a la competición abierta por imponer la versión de los hechos.
Y eso introduce una paradoja interesante: el PARIPÉ ha sido completo en su desarrollo, pero incompleto en su desenlace potencial. Hemos visto la tensión, la negociación, la escenificación final… pero nos hemos quedado sin el episodio alternativo, sin esa batalla narrativa que suele acompañar a los fracasos. El temor de unos a la desaparición del escenario político andaluz y otros, a verse relegados a la irrelevancia política ha sido el motor del acuerdo y no más.
El resultado es una especie de paripé contenido, más eficiente si se quiere, más limpio en apariencia. Un acuerdo que no solo se firma, sino que evita el desgaste de tener que justificar públicamente su ausencia. Todos ganan, nadie pierde —al menos, de cara al público.
Pero que no se haya utilizado el argumentario no significa que no existiera. Ni que las diferencias hayan desaparecido. Simplemente, han quedado en suspenso, fuera de foco, esperando quizá otra ocasión para volver a escena.
Porque si algo define este tipo de procesos no es tanto su desenlace concreto como su carácter cíclico. Hoy hay acuerdo, mañana puede haber tensión. Hoy no ha hecho falta relato de ruptura, mañana podría ser imprescindible.
Y así, el PARIPÉ se reafirma como lógica dominante: no solo como representación de la unidad, sino como sistema completo que incluye, incluso cuando no se usa, el guion del desacuerdo. Más afinado esta vez, más contenido, más eficaz. Pero PARIPÉ, al fin y al cabo. El improbable éxito tendrá muchos padres, pero el previsible fracaso quedará huérfano.
Y el público, desde su butaca, toma nota: no solo de lo que se dice, sino también —y quizá sobre todo— de lo que esta vez no ha hecho falta decir pero sobrevuela con sordina en el ambiente.




