Cultura de amiguetes

Fernando Cabral Hidalgo, Opinión, Tribunas y colaboraciones

El capitalismo de amiguetes es una expresión crítica para describir un sistema en el que las empresas o personas con buenas conexiones políticas obtienen ventajas económicas, contratos, subvenciones, regulaciones favorables o rescates, no tanto por competir mejor, sino por su proximidad al poder.

El capitalismo de amiguetes fue práctica común durante años en Sanlúcar, de tal manera que cualquier inversión de la cuantía que fuera, se sabía de antemano en manos de qué empresa recaería. El capitalismo de amiguetes fue tan evidente que llegó a ser casi una denominación de origen en la actividad política local. Estuvo tan normalizado que ni siquiera el cambio del signo político en el gobierno ha podido acabar con la reminiscencia de la práctica, al igual que con otras muchas, aunque eso sí, con otros actores beneficiados por la misma.

Está siendo tanto así, que la práctica del capitalismo de amiguetes se ha extendido a otras modalidades aunque con la misma esencia. Estamos hablando de lo que se ha dado a llamar como la “Cultura de amiguetes”.

La Cultura de Amiguetes se desarrolla con los mismos mimbres de la la referida anteriormente. La  mayoría de actos de supuesta índole cultural se sabe, prácticamente de antemano, que agente social lo llevará a cabo. De tal manera, que si se tiene que recurrir a monopolizar las partidas presupuestarias de instituciones públicas locales de carácter eminentemente cultural en difundir, promocionar determinada manifestación cultural como la edición en el medio físico oportuno que sea, se hace sin miramiento alguno. Los beneficiados se saben por su cercanía no ya tan ideológica, sino más bien de amistad al poder local. Esa cercanía se ha acentuado ahora que al parecer hay medios y decisiones proclives para ello, mientras que antes no era tan apreciable, sino más bien distante.

La cuestión no reside únicamente en quién organiza un acto o quién recibe apoyo institucional, sino en los criterios utilizados para decidir quién accede a los recursos públicos. Cuando estos recursos se concentran reiteradamente en determinados agentes, la pluralidad cultural queda condicionada y quienes permanecen fuera pueden encontrarse en clara desventaja.

El problema no es que una asociación, editorial, colectivo o persona reciba respaldo público. El problema aparece cuando ese respaldo parece responder más a relaciones personales que a criterios objetivos, transparentes y conocidos. Porque una cosa es apoyar la cultura y otra muy diferente es decidir previamente quién merece ser considerado cultura. Y por supuesto, no desnudar un santo para vestir a otro. Nunca mejor traído el dicho, dado la sobrevenida y sobre abundante deriva capillita del gobierno local.

Una política cultural debería garantizar igualdad de oportunidades, favorecer la diversidad y permitir que diferentes iniciativas puedan acceder a los recursos públicos en condiciones similares. De lo contrario, se corre el riesgo de convertir la cultura en un espacio dependiente de la proximidad al poder. Dejar inane el presupuesto de una institución local cultural por excelencia, en favor de una de otra por la cercanía de sus autores y promotores no es la mejor opción ni la esperada a priori.

Además, cuando estas prácticas se mantienen en el tiempo terminan normalizándose. Se convierten en una forma habitual de actuar y generan la percepción de que determinadas decisiones están tomadas de antemano. Y cuando cambia el signo político, pero permanecen las mismas dinámicas y únicamente cambian los beneficiarios, difícilmente puede hablarse de un verdadero cambio de modelo.

El problema, por tanto, no es que existan amigos del poder. El problema aparece cuando la amistad con el poder se convierte en una ventaja para acceder a recursos que pertenecen a todos.

Si durante años se denunció el Capitalismo de Amiguetes, resulta paradójico que aquel modelo pueda encontrar ahora una nueva vía de expresión en el ámbito cultural.

Cambian los actores, cambian las formas y cambian las circunstancias. Pero si la esencia permanece, seguimos hablando de lo mismo. Solo que ahora, en lugar de contratos, adjudicaciones o inversiones, hablamos de cultura.

De quienes se jactaron en proclamar que había que gobernar para todos por encima de principios ideológicos y programáticos no es de recibo que caigan en un capitalismo ni cultura para amiguetes.

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