Guadalquivir
Siempre estuviste ahí,
como testigo implacable:
Betis o Guadalquivir,
tus aguas mueren y nacen.
Eres como un sueño constante
que, sin querer, yo sueño;
llegas a mí cada tarde,
refrescante y nuevo.
No sé si eres moro,
romano, árabe o cristiano;
solo sé que, ante todo,
eres río milenario.
El legendario río
que llega hasta Bonanza,
como un eterno Rocío
celebrado en Doñana.
Dime, río, ¿de dónde vienes
con tan valiente caudal?
¿Eres aquel gran lago
que fue el «Ligustino» ancestral?
Dime, ¿qué sientes cuando pasas
por las entrañas de Sevilla?
Dime, ¿es verdad que cantan,
desesperadas, las golondrinas?
Dime, ¿qué ocurre por Triana
cuando llegas a besarla?
¿Es verdad que canta
de alegría la Giralda?
¿Qué hay de la Torre del Oro?
¿Es verdad que se asoma
para ver los toros
morir en la Maestranza?
Dime, río, ¿qué sientes cuando besas
la orilla y la arena de Bonanza?
Río Guadalquivir, que me embelesas
cuando llegas a Sanlúcar,
y que contigo lloro
cuando veo al Cachorro
expirar en el puente,
una tarde de Viernes Santo,
cuando toda Sevilla
con el Cristo muere.
Dime, río, ¿por qué eres tan querido?
Porque Andalucía sin ti no es lo mismo;
ni Sanlúcar, ni Triana, ni Sevilla
sin ti tendrían sentido.
Enrique Romero Vilaseco




