“La medalla de la vergüenza: Madrid se pliega al trumpismo en nombre de la latinidad”
SD.-La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha decidido conceder la Medalla Internacional a Estados Unidos de América invocando una supuesta “defensa de la latinidad”. La expresión, solemne en apariencia, se desploma cuando se contrasta con la realidad de las políticas migratorias impulsadas bajo el liderazgo de Donald Trump: deportaciones masivas, separación de familias, endurecimiento extremo en las detenciones y arrestos y un clima político que ha señalado a millones de latinos como sospechosos permanentes.
Hablar de “defensa” en ese contexto no es ingenuo: es una provocación ideológica.
El papel del ICE en redadas y detenciones ha sido duramente cuestionado por organizaciones de derechos humanos. La comunidad latina en Estados Unidos ha vivido años de angustia institucionalizada. Y mientras tanto, desde Madrid se decide entregar una medalla pretendidamente institucional, como si los símbolos no hablaran, como si los gestos no tuvieran carga política.
Pero la medalla no es solo un gesto hacia fuera. Es, sobre todo, un mensaje hacia dentro. Ayuso lleva tiempo compitiendo por marcar el perfil más duro dentro del Partido Popular, tensando la cuerda frente a Alberto Núñez Feijóo y utilizando cada oportunidad para confrontar con el Gobierno de Pedro Sánchez. En esa carrera por liderar el espacio conservador más radicalizado, cualquier símbolo sirve. Incluso una medalla institucional.
No es un secreto que Ayuso se siente cómoda transitando la estela discursiva de la ultraderecha: mensajes contra la inmigración irregular, desdén hacia las políticas de igualdad, confrontación constante con todo aquello que identifica como “izquierda”. Su estrategia es clara: polarizar, simplificar y convertir cada debate en una batalla cultural.
Igualmente, la presidenta madrileña parece empeñada en desplazar el foco hacia gestos grandilocuentes y polémicas internacionales para que la ciudadanía olvide los episodios más oscuros de su propia gestión: los miles de mayores fallecidos en residencias durante la pandemia y las decisiones que aún hoy siguen bajo escrutinio público; las controversias fiscales que han salpicado a su entorno más cercano, su compañero de alcoba; las cuantiosas derivaciones y beneficios concedidos a la sanidad privada; el progresivo deterioro y falta de financiación suficiente en las universidades públicas; y la sensación, cada vez más extendida, de que la sanidad pública madrileña se ha ido debilitando en favor de intereses privados.
Porque cuando la política se convierte en una sucesión de fuegos artificiales ideológicos, no solo se busca confrontar al adversario: también se intenta que la memoria colectiva se diluya entre titulares estridentes.
Y aquí aparece otro elemento revelador: la incomodidad ante la diversidad cultural latina. Las críticas airadas que desde sectores conservadores se han lanzado contra Bad Bunny tras su actuación en la Super Bowl —acusándolo de “no entendérsele nada” o de exhibir una supuesta obscenidad— no son meras opiniones musicales. Son síntomas de rechazo hacia expresiones culturales que no encajan en un molde tradicionalista.
Conviene recordar que Puerto Rico es un territorio estadounidense, un estado libre asociado cuyos ciudadanos son estadounidenses, aunque no tengan derecho a voto presidencial. Son norteamericanos. Forman parte de la diversidad real de Estados Unidos. Despreciar su cultura es despreciar una parte constitutiva del propio país que se dice homenajear.
Resulta legítimo preguntarse si quienes celebran sin matices ese liderazgo internacional comparten también esa incomodidad frente a la pluralidad cultural, frente a la presencia latina visible, orgullosa y diversa. Porque la latinidad no es una palabra vacía. Es identidad, es historia, es trabajo, es aportación social y cultural.
Más inquietante aún es el silencio interno. ¿Cómo es posible que ningún dirigente relevante del Partido Popular haya salido a introducir un mínimo matiz, a recordar que las instituciones representan a todos, no a una corriente ideológica concreta? El silencio no es prudencia: es aval implícito. Cuando nadie corrige, el exceso se normaliza.
Y cabe una pregunta adicional, incómoda pero necesaria: ¿cómo pueden los votantes del Partido Popular aceptar que una institución madrileña se utilice para lanzar guiños ideológicos de este calibre? ¿De verdad se sienten representados por esta política de provocación permanente? Convertir la latinidad en un eslogan mientras se ignoran las políticas que han afectado a millones de latinos es, para muchos, un agravio.
La comunidad latinoamericana de Estados Unidos, 64 millones, no se merece que su nombre sea utilizado como coartada política. No se merece que su realidad se simplifique en un discurso conveniente. No se merece que se premie simbólicamente a un liderazgo que ha alimentado y alimenta sine die discursos hostiles hacia los migrantes desde los postulados de la corriente MAGA.
Las instituciones deberían ser espacios de dignidad y responsabilidad, no plataformas para la confrontación ideológica constante. Cuando una medalla se convierte en arma arrojadiza, cuando el silencio partidista sustituye al debate interno y cuando la diversidad cultural se caricaturiza, lo que se erosiona no es solo la imagen de un adversario político. Se erosiona la credibilidad institucional.
Madrid merece liderazgo, no espectáculo. España merece oposición firme, no gestos calculados para la guerra cultural. Y la latinidad —tan invocada, tan instrumentalizada— merece respeto auténtico, no una medalla convertida en provocación.
Ya, la ultra madrileña condecoró a Milei, ahora a Trump. ¿Y los próximos, serán Netanyahu u Orbán?
