Cavilaciones
En medio de todo aquello, sentado en unas larguísimas bancas, vi que se acercaba un muchacho con una vara extensible que acababa en una pequeña canasta. Este se colocaba al principio de la fila y esperaba que los rostros asustados empezaran a despojarse del fruto de su sudor y su cansancio, ganando con ello que la culpa se disipara.
Uno tras otro, fila tras fila hasta llegar a mi altura.
Haciendo caso omiso de la canasta, intente seguir con mis observaciones, que por cierto duraron muy poco, ya que la canasta empezó a agitarse delante de mis narices, cada vez mas enérgicamente. Hasta el punto en que busque los ojos del muchacho y este con el ceño fruncido y los ojos clavados en mi, me invitaba “amablemente” a que me despojara de mi culpa y la arrojara a la canasta. A regañadientes lo hice pero aquellos ojos inquisitorio no cesaban de mirarme.
Me quede unos segundo pensando en que había echado a la canasta lo poco que tenia, no me quedaba nada…. ni culpa, ni dinero, bueno… algo si quedaba, un poco de rabia y de coraje.
Intente quitarme este pensamiento rápidamente, lográndolo sin demasiado esfuerzo. Me concentre en las palabras que resonaban en aquel lugar. Las frases iban creciendo en el tono de voz, hasta que te asestaba un latigazo sangriento y cruel, y después de una pequeña pausa, (que usaba el orador para regocijarse del temor impuesto, con una sonrisa macabra), volvía a ese tono conciliador que iría subiendo otra vez como cuchillos aclamando la sangre, una y otra vez.
Al salir me sentía muy… Angustiado seria la palabra adecuada para describir mi estado de animo en ese momento, no tanto por que hicieron que me sintiera como una verdadera Mi… Migaja sino porque no tenia para comer al día siguiente y tampoco podía comprar mi pedazo de cielo la próxima semana.
De algún modo se podría pensar que la mayor empresa de todo los tiempos, con sucursales por todo el mundo, que curiosamente no tiene ningún producto físico para venderte, y sin embargo te tiene pagando toda una vida, con temor y con dinero.

