ATRAER A MILES DE VISITANTES Y DESPUÉS PEDIR AUXILIO PARA ATENDERLOS I PARTE
Fernando Cabral.-Hay una imagen que se repite cada verano en la Costa Noroeste de Cádiz: playas abarrotadas, carreteras saturadas, dificultades para aparcar, terrazas llenas, contenedores que necesitan una mayor frecuencia de recogida y servicios públicos sometidos a una presión extraordinaria. Chipiona, Rota y Sanlúcar de Barrameda conocen bien esta realidad.
Y los alcaldes reclaman que las administraciones superiores tengan en cuenta esta situación. Porque existe un problema objetivo: los municipios turísticos tienen que prestar servicios a una población que, durante unas semanas, puede multiplicar varias veces la población censada, mientras buena parte de su financiación sigue vinculada a los habitantes empadronados.
El caso de Chipiona resulta especialmente ilustrativo. Su alcalde ha reclamado recientemente apoyo económico ante un incremento que, según los datos municipales trasladados a los medios, lleva a la localidad desde unos 20.000 habitantes hasta alrededor de 200.000 personas durante julio y agosto. La petición incluye más recursos para seguridad, limpieza y otros servicios públicos.
El problema, por tanto, es real. Pero aquí aparece una pregunta incómoda que también debería formar parte del debate: ¿de dónde procede esa masificación que después obliga a pedir auxilio? Porque el turismo no ha caído sobre estos municipios como una desgracia imprevisible.
Durante años, las administraciones locales han trabajado para convertir sus municipios en destinos turísticos preferentes. Se promocionan las playas, la gastronomía, el patrimonio, las fiestas, los acontecimientos deportivos y culturales. Se organizan actividades para atraer visitantes. Se realizan campañas de promoción turística y se celebra como una buena noticia cada vez que aumenta la ocupación hotelera y la llegada de más visitantes en general.
Entonces surge la contradicción: si atraer visitantes es una política pública deliberada, ¿por qué sus consecuencias se presentan después como si fueran una calamidad sobrevenida?
No se trata de demonizar al turista. Tampoco de cuestionar la importancia económica del sector. El turismo genera empleo, actividad empresarial, consumo y riqueza. Los alcaldes del Costa Noroeste han destacado la fuerte reducción del desempleo experimentada por los municipios durante la última década, al tiempo que reconocen que el auge turístico es uno de los motores de esa transformación. Pero no dicen que el empleo creado es estacional y en precario y que la riqueza creada es para unos pocos y siempre son los mismos.
El debate es otro. Si un municipio decide apostar por el turismo como uno de sus principales motores económicos, debe asumir que el éxito de esa política tiene también costes. Y esos costes no pueden recaer exclusivamente sobre los vecinos.
Pero tampoco parece razonable que, cada verano, se descubra de forma extraordinaria que llegan más turistas. Se sabe que vienen. Se sabe cuándo vienen. Se sabe aproximadamente cuántos vienen. Y se sabe qué servicios necesitan.
No estamos ante una emergencia meteorológica ni ante un fenómeno imposible de prever. La temporada alta llega todos los años en las mismas fechas.
Por eso, más que hablar únicamente de «desborde», habría que hablar de planificación, financiación y modelo turístico.
La reivindicación de los alcaldes ante la Junta de Andalucía y el Gobierno central tiene una parte perfectamente legítima: no se puede exigir a un ayuntamiento que atienda durante dos meses a una población equivalente a varias veces la censada utilizando prácticamente la misma estructura financiera y administrativa diseñada para el resto del año. Esa distorsión es real y afecta a numerosos municipios turísticos españoles.
Pero la otra parte de la ecuación corresponde a los propios municipios. No se puede pretender, al mismo tiempo, maximizar la llegada de visitantes y lamentar las consecuencias de esa llegada.
Si se realizan campañas para atraer turismo, si se amplía la oferta hotelera, si se organizan acontecimientos para llenar las calles y los establecimientos, si se promocionan las playas y se busca romper la estacionalidad con actividades durante todo el año, entonces hay que asumir que la capacidad de acogida también debe crecer al mismo ritmo.
De hecho, Chipiona trabaja actualmente en un programa anual con un centenar de eventos destinados precisamente a atraer visitantes durante todo el año, así como, un proyecto para crear un camping resort de cuatro estrellas que podría transformar el entorno rural de la localidad. Al mismo tiempo, su Ayuntamiento reclama más recursos para afrontar la presión que provoca el turismo estival. Sanlúcar prepara septiembre el mes de la Circunnavegación con multitud de actividades para atraer visitantes después de haber estado desbordada en julio y agosto.
Ambas políticas pueden ser legítimas, pero deben formar parte de una misma estrategia: atraer turismo significa también poder financiar y dimensionar los servicios necesarios para atenderlo.
La solución, por tanto, no debería consistir únicamente en llamar a las puertas de otras administraciones cada vez que llega julio y agosto. Hace falta una reflexión más profunda sobre el modelo de turismo y, por ende, el modelo de ciudad que se quiere implantar.
Continuará…




