EL SEGUNDO MEJOR MOMENTO ES AHORA
Dice un proverbio chino que «El mejor momento para plantar un árbol fue hace veinte años. El segundo mejor momento es ahora.» Hay proverbios que encierran una profunda lección. Este nos recuerda que los errores del pasado no pueden corregirse, pero tampoco pueden servir de excusa para permanecer inmóviles.
La política vive demasiado pendiente del calendario electoral y demasiado poco del calendario de la historia. Cada gobierno hereda problemas que pudieron resolverse décadas atrás: infraestructuras deterioradas o que son más un problema que otra cosa, servicios sometidos a una presión creciente, economías dependientes de sectores vulnerables y una crisis climática que ya no admite excusas.
Con frecuencia, los responsables públicos dedican más energía a señalar quién debió haber plantado el árbol que a coger la pala y empezar a cavar. La oposición culpa al gobierno anterior; el gobierno responsabiliza a quienes le precedieron; mientras tanto, la ciudadanía contempla cómo los años pasan y el terreno continúa vacío.
El proverbio nos recuerda una verdad incómoda: no podemos cambiar las decisiones que no se tomaron hace veinte años, pero sí podemos decidir qué legado dejaremos dentro de otros veinte. La política responsable no consiste en administrar la nostalgia, ni en gestionar el statu quo ni en repartir culpas, sino en construir futuro.
Las grandes transformaciones nunca ofrecen resultados inmediatos. Reformar, modernizar y planificar requiere tiempo. Recuperar la confianza en las instituciones exige transparencia y coherencia durante años. Plantar un árbol implica aceptar que probablemente será otra persona quien disfrute de su sombra.
Ese es, precisamente, el desafío de la política moderna: pensar más allá del próximo titular y del siguiente proceso electoral. Gobernar no debería consistir únicamente en resolver los problemas del día, sino en sembrar las oportunidades del mañana.
La historia demuestra que las sociedades que prosperan son aquellas cuyos dirigentes supieron invertir cuando era difícil, reformar cuando era impopular y mantener el rumbo cuando los beneficios aún no eran visibles. Esperar al momento perfecto suele ser la mejor manera de no hacer nada.
Hoy seguimos llegando tarde a muchos desafíos. Pero llegar tarde no es una razón para renunciar; es una razón para acelerar. Cada año de inacción hace más costosas las soluciones futuras, mientras que cada decisión valiente comienza a producir frutos, aunque no sean inmediatos.
En nuestra quimérica Ciudad Amable, el segundo mejor momento fue hace tres años, pero quienes entonces pudieron hacerlo ni siquiera están en la tesitura de hacerlo ahora. Porque no tienen más presente y futuro de aquel que marque el próximo resultado electoral. La izquierda transformadora no nació para gestionar la desigualdad con un supuesto rostro amable. Nació para cambiar las reglas que la producen y no supeditar el interés general a la agenda que le impone el statu quo que tan solo se resignan a gestionar.
La diferencia entre una sociedad que progresa y otra que se estanca no reside en los errores del pasado, sino en la voluntad de comenzar, por fin, a plantar los árboles que las próximas generaciones necesitarán.




