«¡ES QUE VAMOS!»: TRES PALABRAS QUE RESUMEN UNA LEGISLATURA

Fernando Cabral Hidalgo, Opinión

En política, no siempre son las largas y grandilocuentes intervenciones las que mejor retratan una situación. A veces basta una expresión espontánea, una frase corta o una reacción aparentemente improvisada para condensar el estado de ánimo de un gobierno, una administración o incluso una época. 

La política local suele producir frases destinadas a desaparecer en el mismo instante en que son pronunciadas. Sin embargo, de vez en cuando surge una expresión que, por su espontaneidad y por el contexto en el que se produce, acaba retratando mejor que cualquier discurso la situación real de un gobierno. Y en ese momento se puede convertir casi en el icono de una gestión.

La expresión «¡Es que vamos!» no responde a nada y, al mismo tiempo, parece responder a todo y de ahí que sirva para resumir todo un mandato municipal, aún faltando algo menos de un año para terminar. Es una expresión que transmite movimiento sin precisar dirección, intención sin concretar resultados y optimismo sin aportar datos. Es la versión política del cartel de «obras en curso»: siempre parece que algo está ocurriendo, aunque nadie termine de ver cuándo finalizará.

«¡Es que vamos!» es una frase inacabada. Sugiere que la respuesta completa existe en la mente del interlocutor, pero no llega a formularse por temor o desconocimiento. Es una invitación implícita a que el oyente complete el significado. En el lenguaje cotidiano suele equivaler a expresiones como «es evidente», «no hace falta decir más» o «ya se sabe cómo están las cosas» o simplemente “no hay nada”.

En términos de comunicación política, la expresión encierra una paradoja. Pretende transmitir que el asunto avanza, pero al carecer de datos verificables puede generar el efecto contrario. Ante una afirmación tan indeterminada, inevitablemente surgen nuevas preguntas. ¿Vamos hacia dónde? ¿A qué ritmo? ¿Con qué calendario? ¿Con qué garantías?

Las palabras importan y en política aún más. Y cuando faltan explicaciones detalladas, las expresiones espontáneas terminan ocupando el espacio del debate político. «¡Es que vamos!» puede interpretarse por aquello que el ciudadano considere más acorde con la realidad que percibe.

Quizá la enseñanza principal sea que la gestión pública no puede sostenerse indefinidamente sobre declaraciones de intención. La ciudadanía no pregunta si se tiene voluntad de actuar; pregunta cuándo, cómo y con qué resultados se actuará. La diferencia entre gobernar y prometer suele encontrarse precisamente en esas respuestas.

Mientras tanto, la frase permanece. Breve, contundente y abierta a todas las interpretaciones. Una de esas expresiones que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en el resumen perfecto de un debate político que sigue esperando una respuesta más concreta.

Y es precisamente esa capacidad de condensar incertidumbres, expectativas y frustraciones lo que convierte una expresión aparentemente banal en un pequeño fenómeno político local. Porque, en ocasiones, tres palabras dicen mucho más de lo que parece.

Quizá por eso «¡Es que vamos!» trasciende su condición de simple exclamación. Se convierte en un símbolo de las tensiones entre las promesas políticas y la realidad de una gestión pública decepcionante. Resume, en apenas tres palabras, la distancia que a veces existe entre las preguntas que se formula la ciudadanía y las respuestas que ofrece el poder.

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