IRÉ A VOTAR EL 17 DE MAYO
El próximo 17 de mayo no me quedaré en casa. Iré a votar en las elecciones autonómicas andaluzas. No lo haré con entusiasmo, ni con esperanza, ni siquiera con la leve ilusión que debería acompañar a una cita democrática de esta importancia. Iré, simplemente, porque creo que no hacerlo sería aún peor.
Puede que tenga que hacerlo “con la nariz tapada”, como tantas veces se dice cuando la política decepciona. Pero iré. Porque incluso cuando el sistema parece vaciarse de contenido, renunciar a participar supone dejar aún más espacio a quienes lo han deteriorado.
Cuesta encontrar motivos para creer. Resulta difícil ilusionarse cuando quienes desde una supuesta autoridad moral exigen a los demás lo que no se aplican a sí mismos; cuando se maniobra en despachos y equilibrios internos para apartar a quienes han sido elegidos por la militancia. Tampoco encuentro esa alegría ni ilusión en votar a favor de una paracaidista venida por un claro y evidente intercambio de estampitas. No encuentro el mínimo entusiasmo en quienes llevan los acuerdos al limite por mera estrategia partidista, mientras nos hacen ver que lo hacen en pro del interés general de esa mayoría social a la que quieren representar.
La falta de esperanza no es casual. Se alimenta cada día al comprobar cómo se magnifican diferencias menores mientras se ocultan coincidencias evidentes. No porque no existan espacios de acuerdo, sino porque a menudo pesan más los egos, las estrategias partidistas de supervivencia o los intereses personales por encima del interés general. Incluso cuando se comparte un diagnóstico, se opta por ignorarlo si incomoda o no encaja en los planes propios.
En este contexto, el llamado “voto útil” aparece, una vez más, como una consigna casi obligatoria. Una apelación que pretende simplificar la decisión del ciudadano hasta reducirla a un cálculo. Pero votar no debería ser eso. No debería ser elegir en función del miedo o de la presión ambiental, sino desde la convicción, aunque esta sea imperfecta.
No voy a caer en la trampa del voto útil que está ya instalado en el subconsciente colectivo y que, a buen seguro se pedirá tanto de forma directa e indirecta por todos y cada uno de los actores políticos. Iré y votaré en conciencia, aunque sé que no podré votar al mejor, sino tristemente, al menos malo. Es una afirmación incómoda, pero honesta. Y quizá ahí resida el poco valor que aún queda: en no engañarse.
Lo haré también desde una idea de responsabilidad que no coincide con la que se intenta imponer desde determinados discursos. No esa responsabilidad que pide alinearse sin cuestionar, sino la que exige pensar, comparar y decidir sin aceptar marcos prefabricados. La que intenta ver el bosque completo, no solo el árbol que interesa señalar.
No escribo esto para convencer a nadie. Tampoco para justificar mi postura. Es, simplemente, la expresión de una decisión personal coherente con una mirada crítica que no distingue entre siglas cuando se trata de señalar incoherencias.
Porque si algo resulta especialmente decepcionante no es la actuación de quienes nunca han defendido determinadas posiciones, sino la de quienes, reclamándose progresistas, terminan alejándose de esos principios en favor de su propia permanencia o de equilibrios internos. De quienes convierten el discurso en una herramienta y no en un compromiso.
Y, aun así, descreído, iré a votar. También para evitar que la abstención sea interpretada o utilizada de forma interesada por otros. Para que nadie hable en mi nombre ni convierta mi silencio en un argumento ajeno.
Con esta declaración que hago hoy no pretendo nada más que expresar mi decisión porque es parte de la responsabilidad personal que asumo y no lo hago ni para justificar ni para tapar bocas ni tampoco para que la secunden otros.
El próximo día 17 de mayo iré a votar. Sin ilusión, sin esperanza ni alegría, pero con la convicción de que, incluso en tiempos de desencanto, hay decisiones que uno no debe dejar de tomar.




