Ana María Piñero Leal
Nos ha dejado, pero no se ha llevado nada; todo nos lo ha regalado. Por eso, ahora que ya reposa por siempre, sólo podemos derramar una lágrima de emoción acompañada de una sonrisa y de un pensamiento de gratitud sin fronteras.
Julio J Rodríguez Cedillo.-No sé por dónde empezar ni cómo hacerlo. Me gustarían que estas palabras fueran las más bellas que salieran de mi teclado pues a quien van dirigidas es merecedora de los más hermosos pensamientos y ellos mismos deberían buscar los vocablos y términos adecuados para ensalzar la figura de una mujer que lo ha dado todo por aquellas personas que ha tenido a su cargo en el ámbito de la enseñanza.
Bondadosa hasta límites insospechados, tierna hasta hacerte sentir acurrucado en unas manos seguras; firme y delicada a la vez, cual tutor de pétalos prensados…
A Ana ya le correspondía descansar porque nunca dejó de ejercer su magisterio. Como los buenos capitanes, ha sido la última en abandonar este barco; no por ella, sino porque la Divina Providencia así lo ha querido y ella, como siempre, ha cumplido. Nos ha dejado, pero no se ha llevado nada; todo nos lo ha regalado. Por eso, ahora que ya reposa por siempre, sólo podemos derramar una lágrima de emoción acompañada de una sonrisa y de un pensamiento de gratitud sin fronteras.
Ana Mª Piñero Leal, Doña Anita, fue mi maestra dentro y fuera de la escuela y cada hecho importante que han ocupado mi vida han buscado su aprobación o su consejo y así, muchos de sus alumnos, que han sido marcados por una mano bendita de las que cada cierto periodo de tiempo aparecen por este planeta. Aquellos que tuvimos la suerte de gozar de sus enseñanzas nos brota del corazón una tabla de multiplicar, un dictado lleno de puntos y seguidos (que nunca de apartes) en los que una sola palabra es la protagonista: GRACIAS. Esta es la que multiplicaré por el infinito y la que diré siempre que a mi recuerdo venga su imagen.
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