Cartas de una sombra
Jueves 12 de octubre, al amanecer La Rochelle se convierte en plaza militar templaria. La villa es cerrada y los templarios residente en su interior pasan por la espada a los hombres rey y del propio Papa, ya sean soldados o espías. Cuando el sol está en lo más alto, una columna de diez carretas y más de 400 caballeros del temple llegan a la puerta de La Rochelle. Nunca antes se habían visto tantos templarios juntos en una villa europea; y tristemente sería la última.
La columna de carretas se dirigen directamente al puerto donde hombres, bestias y el cargamento de las mismas habrían de ser embarcados en los navíos fondeados. Los caballeros se repartieron, un grupo numeroso tomó posiciones en los alrededores de la villa, el resto tomó posición en las murallas para repeler un posible asalto.
Lo que todos desconocían, excepto un círculo muy estrecho de caballeros templarios, es que el Gran Maestre había cabalgado desde París y se hallaba a bordo de un de los navíos que se encontraban aparejados para salir con la primera marea favorable.
La imagen de la bocana de este puerto era maravillosa, allí donde dirigieras la vista podías contemplar navíos fondeados y como un sinfín de embarcaciones menores estaban en continuo movimiento, desde el puerto a los navíos y viceversa.
Entre el jueves tarde y la noche del viernes 13, La Rochelle quedó en el más absoluto de los abandonos, en lo que a templarios se refiere. Ni una sola capa blanca o la cruz que los caracterizaba era visible por ningún lado, en la bocana del puerto y alrededores no había, más navíos, que las pequeñas barcas que utilizaban los pescadores de la villa…

