A los extremos, siempre.
La Bastilla y la pastilla, lo grande y lo chico. Ayer fui injusto con mi chica. El escudito lebrato dorado que siempre llevo en mi chaqueta, lo había yo dejado en el salón, encima de un pañuelo también dorado con el que podía fácilmente confundirse. A una hora, mi chica puso un poco de orden y, sin decirme nada, llevó pañuelo y escudito a mi mesilla, donde no caí en la cuenta de ir a buscarlo cuando me tocó a mí poner orden en mis cosas y en mi ropa y vestirme de calle. Pasé un rato de sudores fríos pensando que, con mi pobre cabeza, aquel lebrato tan chico yo mismo lo habría perdido. Avergonzado, al cabo de diez minutos de pánico, pregunté a ella si lo había visto por ahí y me dijo que estaba donde estaba. Pero, mujer, una cosa tan chica y encima de un pañuelo del mismo color, yo mismo, sin querer, al cogerlo, lo extravío. La reñí a ella por hacer mal lo que yo antes había hecho peor. Y es el mayor acierto del saber popular: lo pronto que vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Con mi lebrato de solapa me pongo histérico desde que con los Lebratos de verdad me pongo nada. Y debo prepararme a que un día se me pierda. Como diría mi otra chica, la pequeña, cada vez que hace algo mal hecho: no pasa nada. Nos vamos enredando con las cosas, haciendo fetichistas de nuestros propios fetiches. Tal día como hoy, de 1789, se tomó la Bastilla, fetiche de las ideas republicanas. Yo me he tomado la pastilla y mañana iré con mi chica al piojito a comprarnos, ella, sus vestidos de fantasía y yo, pañuelos para pinchar en mi chaqueta con mi lebrato dorado. Que hoy tenemos que cumplimentar a nuestra vecina francesa. La vida es ir de lo grande a lo pequeño y no quedarse nunca en el término medio, donde otros predican la virtud. A los extremos, siempre.
Pinza del 14 del 7 de 2015

