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Nacionalismo y escuela
 
 
 
 
 
 
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12 de Noviembre de 2020
El nacionalismo en las escuelas nazis
José González Parada.-A propósito del proyecto de Ley de la Ministra de Educación y Formación Profesional, María Isabel Celaá Diéguez, sobre la lengua vehicular del castellano para su aplicación en el curso escolar de 2021en todas las escuelas española, ha caído en mis manos un trabajo de fin de curso, cuyo autor, Francisco Lobato Olea, del 4º Grado en Educación Primaria, de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Sevilla, bajo el título “LA EDUCACIÓN EN LA ALEMANIA NAZI”, me ha hecho pensar en la similitud de la doctrina de enseñanza nazi y donde nos quiere llevar este gobierno, no solo en esta asignatura, sino en otras de tanto calado como ésta –al fin y al cabo-, ambos extremos se tocan.
 
Cuando en el año 1933, Joseph Goebbels dominaba todo tipo de técnica de persuasión, creía que el impulso de su trabajo convertiría en poco tiempo a todos los alemanes en fervorosos adictos del régimen nazi.
En un principio, esta idea no parecía buena, y la creían errónea, pero, pensaron que el mejor sistema para adoctrinar al pueblo era basar todos sus empeños en las juventudes y, para ello, lo mejor era incidir en las escuelas. Ya así, Adolf Hitler en el discurso del día 6 de noviembre de 1933, dijo que: “Cuando un opositor dijera no a sus pretensiones, él, le respondería sin inmutarse”.
 
El mayordomo en aquella época creía que los jóvenes se los habían confiado a él, y que les pertenecía en cuerpo y alma, por lo que podía disponer de ellos a su antojo para moldearlo y  grabarlo a fuego como a los animales.
Los dos, Hitler y Goebbels, necesitaban el compromiso de los maestros y profesores para conseguir su propósito y, el primer paso fue el de controlar las organizaciones de maestros y expulsar a aquellas personas que promovían otras ideas contrarias a sus fines.
De esta manera, en el año 1933, todas las asociaciones de maestros alemanas fueron agrupadas en una única llamada “Liga Nacionalsocialista de Maestros” y que, en un principio, se le asignó a Hans Schemm.
De tal manera les fueron comiendo el coco a estos maestros que, en nada de tiempo pasó de 5.000 a 11.000 los inscritos, siendo en menos de un año 220.000 los afiliados.
 
Solo unos 80.000 se resistieron a inscribirse, siendo expulsados entre el 15 y el 20% de la carrera docente y ocupados sus puestos por jóvenes recién diplomados en busca de su primer empleo.
Hasta el año 1934, los judíos veteranos de guerra pudieron permanecer en sus puestos, hasta que, en el séptimo congreso del 15 de septiembre de 1935, propusieron que los maestros no alemanes debían dejar las escuelas.
Muchos docentes creían que, si la escuela estaba más centralizada, esto significaría la igualdad y así se eliminaría la competitividad absurda entre las asociaciones de maestros.
Así lo entendieron muchas escuelas pequeñas que, pensaban que se equipararía sus pagas, pero, fuera como fuese, para asegurarse de que los niños recibiesen la educación correcta, ordenaron el despido de todos los profesores que ellos consideraban “políticamente poco fiable” y no apto para la docencia.
 
Así, los que quedaron, luchaban entre ellos para demostrar que eran más Papa que el Papa, sencillamente, para conservar el empleo.
Para Adolf Hitler, la juventud les pertenecía, la juventud era suya y se le había entregado.
El los educaría a su manera, y así conseguiría salvar el mundo.
En España, pobre España, en lo que nos hemos quedado, después de los 19 reinos de taifas, en los cuales se les van a ir dando a cada uno para que utilicen solamente su propia lengua, el castellano solo quedará para la historia. Pobre Antonio de Nebrija, (Lebrija 1441-Alcalá de Henares 5 de julio de 1522), con el trabajo que te costó hacer la primera gramática castellana, y ahora cuatro malnacidos te la quieren quitar. Como en la película Casablanca, “Siempre quedará el recuerdo”.

 
 
 
 
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