Sexo vivo (8)

Relatos cortos

Sadomaso

Jota Siroco.-No amaba la sumisión, pero cuando le ponían el bozal y arrastraban su desnudez por el jardín secreto de la casa, era cada insulto una caricia, un beso el látigo, un orgasmo cada desgarrón por las espinas.
El ama clavaba su tacón de cristal en las nalgas ensangrentadas, mientras el gran mastín lamía las heridas, clavando a veces entre las venas rotas un involuntario colmillo.

La erección sin embargo no llegaba, tardaba como suele tardar la primavera, hasta que en un segundo, justo cuando ella, arañando su piel, comenzaba a llenarle el cuerpo de ríos rojos una mínima dureza erguía su miembro y podía soñar.

Un tarde de julio, luminosa y cálida, su ama dejó de fingir, le quitó el bozal, desnudóse de cueros y cadenas, y le dijo al oido “te quiero”, como un disparo. Humillado por el amor, creyó morir, le faltó el aire y fue la verga un mástil imposible.

Comparte nuestro contenido