Por favor, explicádmelo que no lo entiendo Parte XV

Relatos cortos
Por favor, explicádmelo que no lo entiendo…(Y otras historias sin sentido.)
Autora:
Marta A Dunphy-Moriel                                                 English    

Capítulo 6: Secretos.
Décimo-sexta sesión.-A mí no me gusta mentir. No por nada, sino porque lo veo una sublime tontería. En primer lugar, porque al final, siempre te tienes que acordar de que dijiste y al cabo de unas cuantas veces ya no se parece en nada a lo q dijiste desde un principio. En segundo lugar, porque cuando le mientes a un extraño es sorprendentemente fácil, al fin y al cabo no te conocen de nada, pero cuando se trata de mentirle a un conocido y, a más inri, a un ser querido, resulta ser una hazaña casi imposible. Por último, siempre está ese mal momento en el que la verdad sale, porque sale siempre, en el momento inadecuado a la persona errónea y las consecuencias de ese dato revelado caen como una pirámide de LLENGA al quitar la pieza maestra: todo lo que se construyó sobre tu mentira se colapsa sobre ti y el efecto es como una onda expansiva que provocará más destrozos que la verdad en su momento. Si, no me gusta mentir.

Pero eso no quiere decir que no haya mentido nunca.
Por ejemplo, cuando Clara me preguntó que si había visto el espíritu de Ginebra durante su funeral, mentí.
Cuando mis padres me cogieron fumando en la ventana de mi cuarto, mentí.
Cuando mi marido me preguntó que cuantas parejas había tenido antes que él, mentí.
Aquella vez en la que pedí una beca cuyo requisito indispensable era hablar portugués, mentí.
Cuando la gente me preguntó porque mi marido  nos abandonó… mentí.
Pero le aseguro, doctor, que todos los motivos de esas “mentiras blancas” eran lícitos y justificables. Créame que la consecuencia de cada uno, de haber dicho la verdad, habría desvelado terribles secretos que habrían cambiado incluso el curso de nuestras vidas. Para empezar, tal vez no le hubiese conocido a usted. Perdón, no te habría conocido.
En fin, que todos esos momentos de falta de veracidad fueron para tapar secretos, unos secretos tan terribles que habrían destruido la vida de muchos.
Lo malo, es que la verdad tiene la mala costumbre de aparecer siempre en el peor momento, porque no le gusta nada vivir en el exilio. E inexorablemente las consecuencias que la acompañaron bombardearon nuestra realidad hasta convertirla en una frágil pasta que nada se parecía a la vida tan bella que llevábamos antes.
Es una pena.
Lo sé, lo es.
Pero aún así, siempre nos cabrá la duda.
No, los secretos no son mentiras. Son sólo cristales abrumados que no dejan ver que hay dentro, pero tampoco te engañan o sugieren nada sobre ellos. Los secretos no son más que agujeros negros creados por el hombre para evitar que un dato maligno destruya la feliz realidad que brilla bajo el sol.
Pero pobre el que intente taparlos con mentiras…
Si…
Tal vez…
NO.
Jamás.
Lo sé, cuéntemelo a mí. Al fin y al cabo, el secreto de la vida de Susi fue el que lo empezó todo. Pobre, años más tarde me la crucé por la calle. Ella me reconoció pero yo, sinceramente, tantos años más tarde y vestida en harapos no la reconocí. Es tan triste no reconocer a una hermana. La vi la noche antes de ir al cine con Pedro.
Ojalá, ojalá la hubiese reconocido.
Ojalá nunca hubiese acabado la pobre acogida en esa familia.
Ojalá Susi nunca hubiese mentido sobre su familia de verdad y hoy estaría viva.
Pues fue al ver su foto en el periódico que me di cuenta quien era, cuando me enteré que la noche en que me la encontré, se había quitado la vida.
Un secreto que guardé de mis padres… mi hermana se había tomado una sobredosis, porque su último ser querido la había rechazado. Yo.
 

 

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