Por favor, explicádmelo que no lo entiendo Parte XIII

Relatos cortos
Por favor, explicádmelo que no lo entiendo…(Y otras historias sin sentido.)
Autora:
Marta A Dunphy-Moriel                                                   English 
Décimo-cuarta sesión.-¡Buenas tardes doctor! ¿Qué tal está usted? Siento el retraso, he tenido que volver al hospital a hacerme un par de pruebas más… la edad, que no perdona. Créame, cuanto más mayor te haces menor es tu simpatía por las camareras y los barman y mayor es la relación  y confianza que tienes con los médicos y enfermeras.


No se ría, es cierto. Cuando era joven pasarme una hora esperando para hacerme una prueba en el hospital era mi peor pesadilla y ahora pues me parece lo más normal del mundo, se pasa el tiempo rápido observando a la gente que entra y sale de la sala de espera, algunos dan conversación y nos contamos nuestras penas mutuamente. Creo que es algo reconfortante, eso de saber que la gente está igual o peor que tu. Y, aunque es verdad que ese sentimiento se hace más fuerte con la edad, no me negará que cuando se es joven y se te chafa algo no te entra una pequeña satisfacción de ver que al de al lado tampoco le salió o le salió peor que a ti… No es cuestión de ser mala persona, doctor, es ser humano. Qué se le va hacer…
 
Además, no son todo desventajas. Pues tras ese sentimiento de pequeña satisfacción que nos recorre a todos nos entra después el cargo de conciencia y simpatizamos con el prójimo. Aunque sea un perfecto desconocido…
Pues sí, sí que tengo experiencia, ¡Aquí donde me ve, erase una vez yo también fui joven!
Tantísimos años, parece que fuera ayer…
Por una locura del destino, Clara y yo nos habíamos ido  de viaje de mochilera por los Países Bajos.  Comer, comer, del verbo comer comíamos poco pero viajamos mucho…. vimos casi todo el país y debo admitir que conocimos a mucha gente interesante, tan colgada como estábamos nosotras por aquel entonces.
No se ría, que estoy segura que usted tampoco fue ningún santo, me consta que se fue usted de inter-raíl… ¡Pero será picarón! ¿Qué respeto es ese por sus mayores? Si, si, usted será mi loquero pero le recuerdo que tengo edad para ser, por lo menos, su madre. Oye doctor, menos guasa… ¡Qué soy vieja pero no estoy chocha! Ya me gustaría a mí verle por un agujerito  como será usted con mi edad… ¡Pero vamos, el tiempo es el que mejor ejecuta las venganzas! Así que borre esa sonrisa burlona de su cara que cuando su bella faz se convierta en una pasa y sepa usted lo que es el verdadero cansancio se acordará de esta anciana… si, si, ya verá…
 
Bueno, pues, como le estaba contando, en ese viaje en el que nos tuvo que subir el colesterol y el azúcar, pues durante todo el tiempo que estuvimos en la vieja Flandes solo comimos patatas fritas con salsa “andaluza”, gofres con chocolate o nutella y bebimos muchísima cerveza. Tanta, que esa noche la cerveza me llevó al andén desierto de esa estación.
 
Llevábamos todo el día de cervecería en cervecería, brindando con unos amigos polacos que habíamos hecho en el hostal. No sé en qué punto de que brindis me fui al servicio pero lo cierto es que a la vuelta no quedaba ni Clara, ni polacos, ni cerveza ni nada… ¡Imagínese mi sorpresa!
 
Menos mal que la recepcionista del hostal, una australiana de pintas muy hippies pero que, por los libros que tenía apilados encima del mostrador, estudiaba ingeniería nuclear (algo que me pareció un poco contradictorio entonces y aun hoy me lo sigue pareciendo, si me permite opinar) fue más avispada que yo y me dio otra copia de las llaves de la habitación.
“Por si acaso.”-Me sonrió.
Tengo que admitir que en el momento no lo supe apreciar, más que nada porque me parecía que esa mujer estaba como una cabra, claro que ella tendría que pensar algo parecido de mí, más que nada porque por aquel entonces llevaba las mechas rojas y cinco piercings, además de los  leotardos rotos y las pulseras de pinchos.
 
“Menos mal.”-Pensé mientras batallaba para encenderme un cigarro en esa estación desierta, porque en esa parte del mundo los trenes de mercancías corren mucho. Si, incluso en las estaciones.  Y no veas cómo me irritaba porque siempre me apagaban el mechero. Además, asustan esos monstruos mecánicos que cruzan la oscuridad chirriando y gritando en el silencio sepulcral de la noche.
 
Estando yo muerta de frío y sintiéndome desgraciada observé que al otro lado de la estación había un chico, un poco más mayor que yo, sentado en el otro banco del andén completamente empapado y tiritando de frío. Y admito, a riesgo de que me condene como malísima persona, que pensé “no, si al final voy a tener hasta suerte.” Pero en fue en ese momento que me recorrió el cargo de conciencia y, aunque estaba muerta de frió, me levanté y recorrí el andén hacia el chico empapado.
 
“Hola.”-Le sonreí, intentando que no me castañearan los dientes.
“Hola.”-Me respondió, sus dientes sí que castañeaban con el frío invernal.
“¿Un cigarro?”-Le ofrecí, sacándome la cajetilla del bolsillo de la chaqueta.
“No fumo, pero gracias.”-Intentó sonreír pero tenía la cara congelada por el frío.
“Tú verás, pero al menos con el humo no morirás de congelación.”
“Tal vez, pero tampoco moriré de cáncer de pulmón.” -Respondió con ironía.
“Problema a largo plazo… ahora mismo no quiero morir de frío.”
Los dos miramos en silencio al tablero que nos recordaba que nuestro tren tenía un gran retraso.
“Soy James…”-Me estrechó una mano húmeda y congelada con el frío.
“Encantada.”-Sonreí, tirando mi cigarrillo al suelo-”Me llamo Miriam.”
Yo no lo recuerdo así exactamente, de hecho fue un encuentro menos peliculero, pero bueno, así lo contó James el día de nuestra boda y, ¿Quién soy yo para decir lo contrario?
Le dejo doctor, ¡Qué tarde es! Nos vemos la semana que viene. Anda, y no se tome muy en serio lo que le he dicho de la vejez, todas las etapas de la vida tienen sus cosas bonitas. Créame, hasta cuando sea anciano y sabio lo disfrutará.
Hasta la semana que viene. Gracias por todo doctor, hasta luego.

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