Por favor, explicádmelo que no lo entiendo Parte III

Relatos cortos
Por favor, explicádmelo que no lo entiendo…(Y otras historias sin sentido.)
                                         Autora:
Marta A Dunphy-Moriel                       English
Tercera sesión.-Perdone, siento el retraso… entre una cosa y otra he estado aislada del mundo estos días y no he podido venir antes… muchas gracias por cambiarme la cita, de verdad que no volverá a ocurrir. Prometido.
No se imagina el agobio que he sentido esta semana al saber que no podría venir a verle… pensé incluso que tal vez no quisiera escucharme más y le juro que casi muero de pensar que las frágiles paredes de mi mente pudiesen derrumbarse sin la ayuda de sus sabios consejos. Pero aquí estamos, de veras gracias, no sabe cuánto le agradezco su interminable comprensión.

¿Qué como era el agobio? ¡Vaya pregunta más difícil doctor! Es como si me pide que le explique cómo es el estar enamorado o tener mucha pena… Supongo que sí. Bueno, más bien es como si estuviese en un cubículo, como los de los baños públicos ¿Sabe? Un cubículo estrecho y agobiante donde apenas hay sitio para moverse y sin forma de salir poco a poco se fuese llenando de agua… es lento pero notas como estas perdido a medida que el agua helada va mojando tu ropa y tu cuerpo, como un canto fúnebre que anuncia que si no escapas estás perdido… esa impotencia de saber que no puedes escapar… llamo a la puerta e intento huir pero mis músculos no reaccionan, batallo y batallo y…
 
¡Uf! Vaya escalofrío que me acaba de recorrer todo el cuerpo. Odio esa sensación doctor, la odio más que nada en este mundo… puedo afrontar la pena, la traición,… pero no puedo con ese agobio que parece condenarme al olvido.
Pues, lo cierto es que hacía tiempo que no lo sentía… lo cierto es que hace años que no tenía tal ataque.
Recuerdo bien la última vez.
Ese año Clara y yo habíamos decido montar un negocio de ceniceros de hojalata. Si, si, como los que venden ahora esos pobres señores sin techo en las calles de las grandes ciudades, pero más monos la verdad. Clara siempre ha sido muy “artística” y hacía unos ceniceros monísimos. Lo mío ha sido más vender. Ya lo decía mi pobre madre, que soy capaz de vender un congelador en el Polo Norte. Total, como le estaba contando, que ese año montamos “Monadas”, nuestra pequeña “empresa” de ceniceros y otras típicas cosas que podíamos hacer por el coste mínimo y vender a precios no muy razonables (marca-páginas, pisapapeles, etc.) Como era de esperar en dos jóvenes, ilusionadas e inexpertas negociantes amateurs a tiempo parcial, nos hizo tanta ilusión que montamos nuestra “Oficina” (En el garaje de casa de clara) de forma exagerada: compramos cientos de lápices, bolígrafos, folios, cogimos todos los móviles de pre-pago “jubilados” de nuestros conocidos e incluso nos compramos en los chinos una de esas campanitas de hotel que salen en las películas. Una solemne tontería, ahora que lo pienso, porque a la “oficina” no venía nadie íbamos nosotras vendiendo nuestra mercancía por la calle en las fiestas del pueblo y a los turistas en verano.
“Oye, una cosa que te quería preguntar.”
“Dime,”- Le respondí a Clara, encendiéndome un cigarro.
“Para fumar vete fuera, que como mi madre lo huela me monta un numerito.”
“Vale, vale…”-Tiré de la cuerda atada al viejo portón del garaje y salí a la calle desierta. – “¿Sales?”
“¿Para qué? Si te veo y te oigo.”- me contestó, cortando con cuidado tiras de cartulina rosa que después transformaría en elegantes marca-páginas.
“Si, pero es raro esto de tener una conversación estando cada uno en un sitio.”
“Vaya bobada la que acabas de decir.”
“Te callas.”- Reí, dándome cuenta de que mi observación no tenía ningún sentido- “A todo esto, ¿Qué querías preguntarme?”
“¿Mmm?”- Clara estaba tan metida en su mundo artístico que había olvidado todo lo que le rodeaba.
“¡Tierra llamando a Clara! Friki, friki. ¿Me oyes?”
“Perdona,”- contestó, volviendo a la realidad- “Si, te quería preguntar si sabías algo de la amiga de tu abuela.”
“¿Cuál de ellas?”
“De la única abuela que tienes.”
“Ya… digo que cual de sus… “encantadoras” amigas hablas.”
“¡Obvio! ¡De Doña Ginebra de Laterza! ¿De quién sino? Es que hace tiempo que no está su programa y no sé si lo ponen ahora en otra cadena o algo.”
“Ah… de la loca vidente… se me había olvidado…”- En ese momento recordé las palabras que esa anciana me había susurrado aquel día y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo- “Lo siento Clara, pero la señora ha muerto.”
Se le cayeron al suelo las latas que estaba moviendo con un gran estruendo. Estaba pálida, como si le hubiese dicho que sus padres habían tenido un accidente o algo similar.
“¿Cómo?”
“Murió de vieja, Clara. Normal, si era ya súper mayor la buena señora.”- Se echó a llorar. La miré sin comprender que le ocurría, su reacción no me parecía normal- “Clara tampoco es para ponerse así, a ver, que me da mucha pena que la pobre mujer muriese, pero vamos aparte del hecho de ser una anciana es que tampoco la conocíamos tanto como para que te afecte así la noticia.”- No sé porque no caí hasta ese momento que había algo que Clara no me había contado… pero no era el momento de preguntar.
“¿Sabes lo que esto significa, no?”- Me miró fijamente, limpiándose las lágrimas con las mangas de su jersey.
“¿Cómo? No sé de qué…”- Uno de los numerosos teléfonos que teníamos tirados por el garaje empezó a sonar, lo cogí- “Un momentito… ¿Sí?”- Una voz aguda empezó a llorar por el teléfono, gimoteando palabras sin sentido- “¿Perdone?… Creo que se ha equivocado.”- Colgué el teléfono y lo tiré sobre la mesa, perpleja- “Vaya gente más rara hay suelta…”- Murmuré.
Clara me miraba sin pestañear. Yo no sabía qué hacer, cuando ya por fin iba a decirle que dejara de mirarme así dos teléfonos empezaron a sonar simultáneamente.
“Cógelo, ¿Quieres?”- Le dije mientras buscaba el móvil que tenía como tono la Marcha Turca.
Clara no se inmutó.
“¿Sí?”- otra voz, esta vez muy profunda, gritaba palabras sin sentido- “¡Caballero creo que se ha equivocado!”- Le colgué y al ver que el otro teléfono seguí sonando y que Clara no hacía nada lo cogí, mirando a mi amiga con reproche.
“Dígame.”-La voz de una niña pequeña pedía que la escuchara, pero no dejaba que hablase, solo repetía incesantemente que la escuchase. Desesperada, le colgué el teléfono.
“Vaya panda de locos… esto tiene que ser una broma…”-Cogí mi móvil y llamé al primero de mis amigos” ¡Javi dile a Guille, Isa, Carlos… a todos que esto no es gracioso… si os parece nuestro negocio una tontería es vuestro problema pero sois mayorcitos ya para este tipo de bromas!”
Pero en vez de responderme la voz de mi querido amigo un grito desolado rasgó mis oídos. Tiré el teléfono al suelo del susto.
Al instante, todos los teléfonos que neciamente habíamos guardado en aquel mugriento garaje empezaron a sonar simultáneamente, sin dar tregua… intentaba cogerlos todos pero sólo había gritos y llantos al otro lado de la línea. Harta, intenté apagarlos e incluso estrellé algunos contra las pareces pero no dejaban de sonar.
Clara no se movía, solo me miraba con cara de póker, sus ojos perdidos en un trance del que no parecía despertar con el estruendo de los irritantes tonos de móvil.
“¡Clara! ¿Qué está pasando?” -presa del pánico y de la impotencia, decidí salir corriendo del siniestro lugar pero al salir a la calle desierta el estruendo no se callaba. De las casas, de los coches, se oían el insoportable estruendo de melodías sin sentido.
“¡Dejadme en paz!”- Grité en desesperación al darme cuenta que no podía huir de ese infierno. Sonaban cada vez más fuerte.
En ese momento dejé de ver la calle en la cual me encontraba y mi mente me transportó a aquel cubículo estrecho y agobiante donde apenas hay sitio para moverse y sin forma de salir donde tienen lugar mis peores pesadillas. Poco a poco se llenaba de agua… lentamente pero notaba como llegaba mi perdición, acompañada por una banda sonora de tonos irritantes sin armonía ni sentido… A medida que el agua helada iba mojando mi ropa y mi cuerpo paralizado, el caótico canto fúnebre que anuncia mi perdición no cesaba, ¿Es qué nadie podía oír semejante estruendo?.. Noté una impotencia que se apoderó de mi razón, sabía que no podía escapar esa tortura… intento huir pero mis músculos no reaccionan, batallo y batallo y…
Ese estruendo repentino no era un tono de un móvil…
¿Ya es la hora? Bueno doctor, ya le sigo contando la semana que viene.
Sí, estoy mucho mejor, gracias, su ayuda siempre me sienta bien.
Gracias. Vale, tres veces al día con las comidas. Estas me hacen dormir como un tronco… siempre está bien descansar.
Estupendo, el viernes nos vemos pues.
Muchísimas gracias por todo.
Hasta el viernes que viene. Adiós.

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