El misterio de la torre (3ª parte)
Enrique Vilaseco.-El nombre parecía escrito esta vez con otra sustancia, no supo acertar de que cual podría tratarse, y como aparecía allí por arte de magia. Que pesada broma era aquella que alguien o algo quería gastarle y que intención llevaba la misma. Pensó en que podría ser Clodo, el sirviente encorvado que apenas pronunció una palabra en todo el tiempo trascurrido desde que le abrió las puertas del castillo hasta que salió de la Torre del Homenaje. No tuvo buenas vibraciones de él desde el mismo momento en lo que vio, le pareció distante y desganado, como si la presencia de huéspedes y viajeros importunara su plácida vida, casi monacal, entre aquellos muros de piedra.
Pedro de Espinosa comenzó a auscultar cada palmo de las paredes rocosas, presionaba fuertemente sus piedras intentando hallar la entrada oculta y misteriosa del supuesto pasadizo que fuera la explicación razonable de la existencia de aquel escrito en el frío muro de su habitáculo. Sus numerosos intentos fueron en vano, nada halló anormal, nadie con un cuerpo material y humano podía haber penetrado en su ocasional morada. A su mente llegaron como las golondrinas en primaveras, pensamientos de seres etéreos y fantasmagóricos provenientes de otros mundos o espectros apresados en dimensiones desconocidas. Igual que las hojas desnudan las ramas de los árboles cuando el otoño se adueña del calendario, los pensamientos de Pedro de Espinosa cayeron de su mente, dejando ésta vacía de absurdas cavilaciones.
Las horas avanzaban sigilosamente en aquella mañana septembrina, la soledad y el silencio se hacía escuchar en el interior de aquella pequeña estancia. Pedro de Espinosa se aseó en una palangana de cerámica blanca con el escudo Ducal, secó su rostro con una toalla y vistió sus ropajes de caballero. Con la toalla medio humedecida que le sirvió para secarse, borró de nuevo la pintada misteriosa de aquella pared. Desatrancó la puerta de su modesta morada y bajó los treinta escalones que conducían a la amplia aula maior, el lugar destinado por el Duque don Enrique para recibir a los grandes nobles y reyes de la época. Fue en aquel preciso enclave donde en 1477, recién construida la Torre del Homenaje y casi la totalidad de la fortaleza, don Enrique Pérez de Guzmán recibió a los Reyes Católicos. Así nos lo cuenta la historia: “como la reina deseaba ver la mar que nunca la había visto y por facer placer al duque partieron el rey e la reina por el mes de octubre deste año al principio y vinieron por el río en barcos hasta Sanlúcar y la gente de la guarda y de la casa fueron por tierra, y el duque de Medina tenía aparejado en su villa el recibimiento… y el duque los aposentó en la fortaleza nueva que él había hecho durante los días que allí estuvieron”.
Aquel episodio histórico lo conocía Pedro de Espinosa y fue también un motivo más por el que se decidió a visitar la fortaleza. Ardía en deseo de ver con sus ojos la misma ventana de la Torre del Homenaje por la cual la Reina Isabel vio por primera vez el mar. Dicha ventana se encontraba casi a la mitad de la torre, por lo que tendría que subir otros tantos escalones para llegar a ella. Todo ese cúmulo de acontecimientos se agolpaba en su agenda imaginaria. Estaba impaciente por comenzar, pero antes debía de reponer fuerzas dando buena cuenta de un copioso y excelente almuerzo, pues la hora del mismo se había echado encima sorprendiéndole en medio de elucubraciones y dilemas. De ahí, que sus pasos se encaminaron hasta las dependencias situadas alrededor del patio de armas, lugar donde se encontraban situados tanto el comedor como la cocina del castillo.
Penetró con paso firme en el amplio salón de comensales, todo estaba preparado por las sirvientas, dos bellísimas mujeres vestidas implacablemente que habían sido enviadas por el VIII Duque de Medina Sidonia don Manuel Alonso Pérez de Guzmán, un detalle de deferencia a don Pedro de Espinosa en gratitud por ciertos favores que nuestro caballero llevó a cabo con el Duque en el pasado. Una vez acabado su sabroso almuerzo, emprendió una pequeña ruta por los interiores de la fortaleza. Con su cuaderno de viaje siempre apunto, iba apuntado cada detalle de la construcción del castillo. El itinerario comenzó en la puerta de la Sirena, en cuyo frontispicio contemplo una sirena tallada que tenía la peculiaridad de poseer dos colas. La de la derecha rodeaba el escudo del II Duque de Medina Sidonia, don Enrique Pérez de Guzmán “El Magnifico” con sus dos calderos pertinentes, símbolo de la Casa Ducal. La cola de la izquierda orlaba el escudo de su mujer Leonor de Rivera y Mendoza. Escoltando dichos blasones aparecían también el segur o hacha de carnicero que identificaba el rango noble del Duque. Debajo de los escudos una gran loza donde estaba inscrito los nombres de los enamorados y la fecha de construcción de la fortaleza.
Pedro de Espinosa continúo su pausado itinerario entre los muros centenarios, mientras placidamente iba cayendo la tarde. Barbacana, paseo de ronda, troneras de cruz y orbe, torreones cuadrangulares en las esquinas y cubos cilíndricos en cada lienzo de muralla, terraplenes… todo eso iba anotando cuidadosamente en su cuaderno. Una vez acabada esta tarea, le tocaba el turno a la artillería, que existía aún en la fortaleza: cuatro cañones, cuatro medias culebrinas, un medio cañón, cuatro medios sacres, dos falconetes, seis ballestas, cien alcabuces, cuarenta lanzas, ciento cuarenta picas, veintinueve barriles de pólvora, siete bombas grandes y un larga lista, que con paciencia y esmero fue detallando en su manual de viaje.
El sol agonizaba engullido por el azul del mar y el verde arbolado del otro lado del Guadalquivir. Apenas había ya luz suficiente para seguir inspeccionando la fortaleza, pero Pedro de Espinosa quiso acercarse a la primitiva puerta de entrada del castillo, la que daba a la cava o foso que circundaba las murallas desde la Torre del Homenaje al ángulo sur de la fortaleza. Un foso ya medio enterrado y que había dejado de cumplir su misión. Cuando nuestro caballero llegó a la altura de la puerta levadiza, quedó absorto como había quedado paralizado ante la visión de la pintura en su habitáculo. Sus ojos no daban crédito a lo que veía, por encima de las quicialeras de piedra de la puerta levadiza contempló la silueta de una persona que casi levitaba sobre ellas. En medio de la penumbra la visión de aquella imagen fantasmagórica le transportó como un rayo a un mismo pensamiento: Alberto…

