El misterio de la torre (2ª parte)

Relatos cortos
Lejos de dormir de manera placentera todo lo que quedaba de aquella noche excitante, Pedro de Espinosa se despertó repentinamente de aquel fugaz sueño y, medio en duermevela, acertó a divisar algo escrito en aquellos vetustos muros de la fortaleza
Enrique Vilaseco.-En medio del claroscuro de la habitación no llegó a ver con claridad que palabra estaba allí escrita y cual era su significado. Pensó por un momento que estaba soñando, que aquella visión era fruto de su mente, de  su deseo interno de escribir historias y leyendas. Que aquella palabra no era más que un espejismo, obra de su imaginación, pues nadie había podido entrar en aquella habitación. Sabía que la torre sólo tenía una entrada y  que ésta quedó cerrada cuando Clodo salió  en busca de su caballo. Nadie podía entrar allí, si no era por aquella única puerta que desembocaba en el aula maior y, además, el autor de aquella pintada tenía que subir los treinta escalones y penetrar en un habitáculo minuciosamente asegurado por el mismo.

Era imposible que no se hubiese dado cuenta, además la puerta estaba atrancada y nada había sospechoso que hiciese pensar en que fuera forzada. Por otro lado, los muros de la torre tenían un grosor de al menos dos metros y medio, era aquel el lugar más seguro de todo el castillo, porque así, de esa manera, don Enrique “El Magnífico” ideó su construcción para estar salvaguardado en caso de un posible ataque. En definitiva, aquella pintada sólo pudo realizarse desde dentro de la habitación que moraba y, sin duda, allí solamente estaba él.
 
          De pronto, Pedro Espinosa, recordó que don Enrique no sólo tenía esa torre inexpugnable a modo de coraza  impenetrable, sino que el II Duque de Medina Sidonia se guardaba también un as en la manga. Conocía también ese detalle, le habían hablado de él, aunque aún no lo había visto con sus propios ojos, y claro está, su estancia allí le daría la ocasión de vivir en carne y hueso la oportunidad de conocer sobre el terreno aquel pasadizo secreto, cuya misión no era otra que la de facilitar la huida al duque en caso de que el castillo fuera tomado por el enemigo. Un pasadizo subterráneo secreto  que conducía a la orilla de la playa a través de arenales, navazos y los pocos edificios y calles empedradas que existían en aquellos años cuando tuvo lugar la construcción del castillo. 
 
          Pedro de Espinosa encendió la vela de la palmatoria y la orientó hacía el lugar donde estaba escrita aquella palabra. Incorporado en el camastro atinó a leer aquel nombre con letras medio garabateadas: Alberto
 
                Se acercó despacio a la pared de aquel rocoso muro y con un trozo de trapo borró aquel nombre. Pedro de Espinosa meditó por un momento, y llegó a la conclusión de que  aquello sería obra de algún huésped que dejó allí constancia de su paso por el castillo. Y que si no advirtió antes aquel mensaje escrito sería por mor de la excitación del momento y del cansancio acumulado del viaje. Sin embargo, lo que no supo contestarse era aquel repentino despertar algo sudoroso y traumático, como cuando alguien sufre una desagradable pesadilla.
 
                Pedro de Espinosa volvió a su camastro alumbrado por la tenue luz de la palmatoria, estaba ya apunto de rayar el día y dudó entre seguir un rato más descansando o iniciar su jornada de visita por los vericuetos de aquel fascinante castillo. Decidió hacer lo primero, de nuevo recostado en su lecho de descanso cerró los ojos y se entregó por entero al placer de un sueño reparador y reconfortante.  No llevaba ni un minuto con los ojos cerrados cuando su mente fue invadida por un solo pensamiento: Alberto
  
               Ya no pudo conciliar el sueño y así, una y otra vez, como un zumbido de abejas, su cabeza fue picoteada inmisericorde con aquella palabra. Pedro de Espinosa no paraba de dar vuelta en aquel lecho, que ya dejó de serle confortable y placentero. Los rayos de sol, que se colaban por aquel diminuto ventanuco, porfiaban con las últimas sombras de la noche. Luces y sombras batallaban por ganar su espacio dentro de la habitación y, como siempre, la claridad de la luz vencía a la oscuridad. Al poco tiempo, cantó el gallo anunciando la mañana de un nuevo día. Pedro de Espinosa se levantó de su camastro y su primera mirada se clavó como si fuera una saeta en aquella pared de piedra. Su corazón acelerado parecía que, por un momento, iba a salirse por su boca, sus ojos de nuevo no daban crédito de lo que veían. 
 
Por un momento  hizo amago  de empuñar su espada, pero enseguida se preguntó contra quién lucharía, si no veía ningún enemigo. Su mano temblaba, jamás sintió aquella sensación de miedo, ni tan siquiera cuando en tantas ocasiones estuvo cara a cara con la muerte. Un caballero reputado y afamado como él, como podía sentir aquel pánico que lo dejó inmovilizado por un momento. Su hidalguía y linaje no le permitía estar allí como una débil paloma ante las garras de un insaciable halcón. Pero lo que veía sus ojos le aterraba más que mil batallas. Y es que de nuevo, en aquella pared de rocosa piedra, estaba aquel nombre: Alberto, Alberto

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