El misterio de la torre 1ª parte

Relatos cortos
 El caballero dejó su caballo atado en la cruz solitaria de la explanada de aquel medieval castillo de piedra
Enrique Vilaseco.-Era  un castillo levantado en la zona alta del pueblo, desde donde se dominaba toda la desembocadura del río y el ancho mar del atlántico. Fue mandado a construir por el  VII Señor de Sanlúcar y II Duque de Medina Sidonia, don Enrique Pérez de Guzmán y Fonseca “El Magnífico”, para demostrar su grandeza y poderío, al igual que  defenderse de la posible incursión de su gran enemigo el ínclito marqués de Cádiz, don Rodrigo Ponce de León. Muchos pensaban que lo levantó para protegerse de los asaltos de corsarios y piratas, que abordaban a los navíos cuando entraban en el canal buscando el puerto de Barrameda. Los hay que decían, que aquella portentosa fortaleza fue construida para evitar las invasiones de los  musulmanes. La verdad, sea la que fuere, es que allí estaba esa mole de roca, llamada  Castillo de  Santiago, que se mostraba inexpugnable para cualquier enemigo.

                      Nuestro caballero, Pedro de Espinosa, había decidido meses antes emprender viaje desde Sevilla a Sanlúcar a lomos de su caballo atravesando parajes de marismas y caminos polvorientos. Por fin, después de una semana cabalgando,  llegó a las puertas de aquel castillo que sería por unos días su lugar de hospedaje, mientras esperaba embarcar rumbo a  América. Atrás había dejado su transitar por aquellos pueblos medio desolados por guerras y  epidemias.
 
                         Cuando pisó el arrabal del Camino de Sevilla, con su puerta de entrada medio derruida, supo que estaba cerca de su primera etapa viajera. Pedro de Espinosa había bebido en las fuentes de la historia y era consciente  de que el lugar a donde llegaba, en otro tiempo, había sido emporio de riquezas, tal fue su importancia y fama, que el señor de Sanlúcar le disputó la corona a la misma realeza. Aquel enclave de piedra con su esbelta Torre del Homenaje, formó parte en la antigüedad de la ciudad amurallada, en concreto, la fortaleza estaba levantada en el ángulo norte de aquel recinto cerrado de piedra y roca de la Sanlúcar amurallada. De hecho existe fundada sospecha de que la grandiosa Torre del Homenaje  pudo ser en otro tiempo una de aquellas  torres del Alcázar Viejo o castillo de la siete torres, la antigua fortaleza de Sanlúcar y a la vez residencia de sus señores hasta su ruina, a finales del Siglo XIV o principios del XV.
 
                     Ahora él estaba allí,  entre las mudas paredes de un castillo enhiesto como el mástil de una de aquellas carabelas que habían arribados a las tierras lejanas del nuevo mundo. Pensó que podía ocupar el tiempo de espera escarbando en las entrañas de la historia, evocaría viejas batallas, leyendas y hechos prodigiosos, que a su regreso narraría a su mujer e hijos. Decidió morar en el castillo porque siendo militar  siempre le gustó sentirse en su hábitat natural y, sin duda, aquel recinto reunía las condiciones por él siempre soñadas.
 
                     Pedro de Espinosa se acercó despacio a la puerta del Castillo, dio varios aldabonazos y esperó pacientemente a que aquella inmensa puerta de madera fuera abierta. Era de madrugada y la luna brillaba por encima de la Torre del Homenaje, parecía que estaba allí recostada, cual centinela en su garita vigilando el ancho mar y el verde coto que se perdía en lontananza. El espíritu de nuestro sin par viajero sintió el deseo de otear desde aquella altura el mismo paisaje que pudiera estar contemplando los ojos de la luna. La puerta tardó en abrirse, tras la oscuridad apareció un encorvado sirviente, que con una tea de luz en su mano derecha, alumbró la cara de Pedro Espinosa. Éste, cegado por la penetrante luminosidad de aquella antorcha de fuego, pronunció su nombre en voz alta y clara. El sirviente de inmediato hizo pasar al huésped al interior de aquella fortaleza. Sirviente y caballero atravesaron el patio de armas, un recinto en forma cuadrangular donde antaño formaba la tropa del Duque. Ambos  se dirigieron a la base de la imponente torre, donde quedaría hospedado nuestro viajero.
 
                        Cruzaron una amplia estancia que ocupaba toda la base de la torre que recibía el nombre de aula maior. Era una bonita sala con un techo de bóveda adornado de unas magníficas pinturas murales. Sobre las paredes de la misma podía contemplarse la segur,  -una especie de hacha de carnicero- que era el emblema o símbolo que distinguía a los nobles de la época. Pedro de Espinosa seguía los pasos del  sirviente que, con cierta torpeza,  comenzó a subir lentamente los primeros escalones de la torre del homenaje. Apenas habían subido unos treinta peldaños, llegaron a un pequeño rellano donde estaba situado el diminuto habitáculo, en el que nadie había pernoctado desde hacía muchos años.  Una vez en el interior de aquel pequeño lugar, Pedro de Espinosa dirigió la mirada a Clodo, aquel era el nombre del sirviente,  pidió que cuidara de su corcel y lo llevara a las cuadras del castillo, para que el equino repusiera fuerzas después de un penoso y largo camino.
 
                    Atrancó la puerta por su interior y comenzó a colocar sus escasos enseres personales, entre ellos su inseparable espada. La exigua habitación estaba alumbraba por dos pequeños faroles de aceite colgados en los recios muros y de una  palmatoria que estaba junto al camastro. El día había sido largo y cansino, Pedro de Espinosa deseaba dormirse cuanto antes y reponer fuerzas, tenía previsto levantarse a las claras del día y escudriñar palmo a palmo cada rincón de aquel castillo, pues le fascinaba saber y conocer batallas y leyendas que luego, tal vez, publicaría en algún libro de caballería. Su gran pasión, amén de su oficio militar era, sin duda, los libros de caballería. Había oído hablar de innumerables batallas y guerras, donde se fundía el valor de los aguerridos soldados y prodigios inexplicable, que glorificaron a muchos cristianos ante tanto moro invasor y hereje. En su memoria siempre anidaba aquella proeza que el primer  señor de Sanlúcar,  don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, llevó a cabo cuando el cerco de la plaza de Tarifa. Recordaba una y otra vez el conocido acto heroico, por el cual el Rey premió a Guzmán el Bueno con el señorío de Sanlúcar de Barrameda y otras tierras en las costas de Andalucía, desde la desembocadura del Guadalquivir hasta la del Guadalete.
 
             
 
         De la misma manera, habitaba su pensamiento un hecho milagroso ocurrido no mucho tiempo atrás. Un episodio que corrió como la pólvora y que tenía a un tocayo suyo, el alférez  Pedro Rivera Sarmiento, como gran protagonista. Aquel suceso ocurrió en la misma calle de la Aduana Vieja, junto a la plaza de la Ribera. Dos espadachines batíanse en encarnecido duelo cuando,  en un momento de la reyerta, nuestro alférez quiso poner paz de por medio con tan mala fortuna que una de aquellas espadas le atravesó la sien y le salió por un ojo. Herido mortalmente se encomendó, al parecer, a una pequeña imagen de la Virgen que llevaba siempre consigo y que trajo metida en un morral desde Sevilla, sanando días después. Aquello enloqueció a todo un pueblo que apresuradamente se concentró en aquel lugar milagrero donde una lámpara de aceite no paraba de rebosar. Incluso el Duque sanó de una dolencia que tenía y que no le permitía montar a caballo.
 
                  De todo ello quedaba fascinado, por eso su idea era también visitar el magnifico archivo ducal que se conservaba en el Palacio de los Duques de Medina Sidonia, a poca distancia del lugar donde se hospedaba. Con esta inquietud corriendo por sus venas, apagó la luz de los faroles, la vela de la palmatoria seguía tenuemente encendida, no quería aún ahogar su palpitante llama sin antes escribir en su cuaderno de viaje sus vivencias desde su partida por tierras sevillanas hasta el momento en  que atravesó el umbral de aquel castillo.
 

                     Tras plasmar los últimos trazos  en su cuaderno de viaje, cual si fuera una columna de negras hormigas bañadas en tinta china, apagó con un leve soplido la vela. La habitación quedó rápidamente a oscura a los ojos de Pedro de Espinosa, pero poco a poco sus pupilas se fueron adaptando a la nueva situación lumínica, y así pudo ver como una débil luz entraba por uno pequeño ventanuco, que apenas iluminaba parte del habitáculo. A pesar de que la noche era clara y que las estrellas alumbraban en el cielo, la orientación de aquella habitación hacía casi imposible que penetrara la luz suficiente para iluminar todo el espacio. Pedro de Espinosa no tardó mucho en cerrar los ojos y rendirse en los brazos de Morfeo.

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