Cartas de una sombra
El jinete abrazó al caballero, y le propinó sendos besos en las mejillas, a la vez que le decía:
─Hermano, estás entre amigos, mi nombre es Charles de Argues.
El Caballero, algo receloso aún, respondió en un tono casi inaudible, ─el mío, es Guillén de Belver.
Mientras se saludaban todos los ojos allí congregados los miraban atentamente, sin perder detalles, una vez concluidas las presentaciones, los jinetes volvieron a su algarabía y bebidas. Con un gesto Charles invitó al Guillén lo acompañara fuera del local, a lo que accedió.
Una vez en el exterior Charles buscó la sombra de una palmera y tomó asiento, mientras el caballero hacia lo mismo. El jinete se sacó su espada del cinto ─probablemente más por comodidad que por seguridad─ Ya sentados, Charles tomo su espada por la hoja y procedió a desliar la cinta de cuero de la empuñadura de esta. Guillén, pensaba que estaba arreglando la empuñadura mientras se contaban anécdotas o peripecias varias. Pero el jinete, desliaba la cinta sin mirar o hablar al caballero, mientras tanto éste paseaba su mirada entre el rostro y las manos del jinete. Al cabo de un rato Guillén se distraía en recuerdos lejanos. En un momento determinado, Charles se detuvo y miró fijamente al caballero que de buen seguro su mente se encontraba a miles de millas de aquel sofocante calor, hasta que de pronto Guillén se percató de la mirada de su nuevo amigo y le prestó atención. Así que con la atención sobre él Charles comenzó a hablar, explicando que él también había sido templario en Tierra Santa, mientras terminaba de quitar la cinta de cuero de la empuñadura, dejando a la vista el pomo de la espada con la cruz de las ocho Beatitudes en plata. ¿¡Sois Senescal de la Orden!?, ─afirmaba más que preguntaba Charles‼
─¡Sí, así es, ─respondió Guillén.
─Pero, ¿cómo habéis acabado en este lugar?
Estimado hermano ─empezó a relatar Charles─, me encontraba al frente de un grupo de Caballeros que marchábamos desde las inmediaciones de Alepo, hacia Acre, para reforzar a nuestros hermanos allí, pero nos encontramos con una de las líneas de retaguardia de las tropas de Saladino que asediaban la ciudad, por lo que todos nuestros intentos por traspasar esta línea fueron inútiles, hasta que la caballería mameluca vino a nuestro encuentro y a muy pesar nuestro tuvimos que desistir y salir en retirada, pero fuimos acosados continuamente por dicha caballería y conducidos hasta el territorio persa, así un mes, donde todos los días recibíamos el hostigamiento de estos jinetes…

