Cartas de una sombra
Miró el arco de piedra donde se embutía la puerta, y solo veía una casi desalentadora superficie lisa, casi no se notaba los cortes de la piedra.
Cuando se disponía regresar al campamento, cuando algo en su interior le dijo que era imposible que lo más obvio fuera posible, así que se dirigió a la puerta, clavó en el suelo la antorcha y buscó el centro de la misma, cuando lo calculó presionó con toda su fuerza, de no haber sido por la pierna derecha adelantada, hubiera caído de bruces hacia delante. La puerta se había abierto con una facilidad tan abrumadora, como espeluznante, sobre todo, por el mudo movimiento que aquella inmensa puerta. Permanecía de pie, frente a la abertura de la puerta, mientras el hacha reflejaba tenuemente su figura en la oscuridad del interior. Estuvo tentado de dar la voz de alarma y convocar a sus caballeros, pero algo seguía invitándolo a entrar, pero solo a él. Así que cogió el hacha y se adentró en la fortaleza, nadie guardaba aquella puerta, tras la misma un pasillo se abría hacia la derecha y decidió seguirlo, era ese lugar donde si quería reprimir un ataque dentro de las murallas, los asaltantes perecerían todos, hombres y monturas, pero aun así, pese que a que su presencia era delatada por el haz de la antorcha continuó su paso.
Una brisa nocturna y casi helada jugueteaba por los recodos de aquel pasillo-foso. Tras unos largos minutos se encontró frente a la entrada de lo que debía de ser la calle principal de la villa que se escondía tras aquellas murallas, siguió caminando pero todo era oscuridad solo rota por el crepitar llameante de su antorcha.
Sus pasos se detuvieron de pronto al sentir algo a sus espaldas, girándose a la vez que desenvainaba su acero, se encontró frente a un figura alta esbelta, un rostro de mujer se dejaba entrever bajo una melena tan negra como la misma noche, que era agitada por aquella brisa.
Sus ojos denotaban gran tranquilidad, una serenidad que llenó de paz al caballero, que antes de envainar su espada miró en derredor para comprobar que su vida no estaba en peligro.
La mujer sin dejar de mirarlo avanzó pasando junto a él y con un gesto le indicaba que la siguiera, así lo hizo el caballero. Pronto abandonaron la calle principal y entraron en una de las torres de la fortaleza, el ascenso por la misma era una rampa que se perdía hacia el cielo. La mujer indicó al caballero que apagara su hacha en un cubo que había al inicio de la rampa, y este la obedeció a la vez que empezaban a ascender por aquella rampa, los primeros pasos trascurrieron casi en completa oscuridad, hasta que la vista del hombre se adaptó a la oscuridad, una oscuridad que le extrañó pues pese a ello podía ver casi perfectamente por donde caminaban.
El ascenso se produjo en un silencio que al caballero de vez en cuando le hacía preocuparse y mirar hacia detrás de él, pero allí estaban ellos solos. Pronto la oscuridad de la torre empezó a teñirse del azul oscuro del cielo nocturno, bañado por el plateado río de la Luna…
