Padres e hijas
Andaba absorta en sus juegos, fabricando esos escenarios de sueños con los que los niños imitan el mundo adulto en el que tienen que desenvolverse. En su caso, lo habitual era que la habitación se transformara en un aula con la pizarra, su par de pupitres y dos o tres muñecos sentados en actitud de docilidad absoluta.El padre desarrolló una habilidad curiosísima para leer a la vez “Las soledades” de Góngora y “El gato con botas”, para escribir un poema y canturrear simultáneamente érase una vez un lobito bueno, para tocar la guitarra mientras la niña jugaba con el clavijero, aflojaba las clavijas y se producía una suerte de atonales melodías a medio camino entre el zumbido de un sitar indú y una obra de Gyorgy Ligeti.
Ella sabía que el padre cambiaba las historias, que no era posible que en todos los cuentos apareciera una niña con su nombre que además de ser una hermosura, terminaba siendo una justiciera heroína que salvaba al pueblo de ogros, reyezuelos abominables o lascivas madrastras.
El único momento de severidad que descubría en el padre era la hora de los deberes. Temía ese ceño fruncido del hombre que hasta hace un momento era un camarada, cuando le salían mal los dibujos o la letra se iba inclinando cada vez más hacia abajo convirtiendo la tarea en un mamarracho, el padre se levantaba y hacía ademán de abandonarla. Ella procuraba mejorar en el siguiente folio y si lo conseguía, el padre volvía a sonreír, la levantaba en hombros, la llevaba hasta el salón para que aplaudieran la hazaña la madre y quien por allí anduviera de visita. Ella, levantaba los brazos como un futbolista, pero muy tímidamente, algo avergonzada de las payasadas de su padre.
Durante ocho años de su vida, durmió casi cada noche en el pecho del padre y cuando este creía que ya había terminado la jornada paterno filial y con extremo cuidado la acostaba en su cama, ella abría los ojos y reclamaba el cuento de dormirse, que era como llamaban a una antología de historias inventadas pobladas de Juanes sin miedo, gallinas tristes y reyes magos de oriente que actuaban como una ONG por los arrabales de la infancia.
Hoy, buscando una foto que me reclamaban para un periódico donde a lo mejor escribo y donde a lo mejor hasta me pagan, me crucé con otras muchas de ese tiempo en el que yo era muy joven y ella muy niña. Ambos hemos estado riendo, yo desde la nostalgia que suscitan estos cuarenta y dos años, ahora que peino canas y se acabó el orgullo. Ella desde sus maravillosos dieciocho años con otros recuerdos, en los que uno probablemente interviene menos de lo que cree, y con el porvenir asomándose a su vida.
Y uno, mirándola como a una niña pero sabiendo que es ya una mujer, ha sentido el paso del tiempo como un látigo que seguramente nos ha dejado un garabato de heridas y marcas en el alma.
