Odio y desconfianza
Esta mañana, me dije, voy a dormirla hasta el mediodía. Así homenajearé la fiesta del trabajo. Ya no voy a manifas de esas de gritar consignas pareadas, ni llevo banderas rojas como la sangre.
Gallardoski.-En estos tiempos terribles me he pasado de la parte contratada a la parte contratante y así, como un chiste del increíble Groucho Marx, se me ha liado la pelota y aunque yo creo que soy bueno, bastante bueno en el buen sentido de la palabra bueno, hay personas que me miran con los ojos inyectados de odio, de desconfianza.
No seré tan bueno como creo, cuando suscito esas miradas, o seré bueno pero más tonto que un muerto con mocos, porque mocos es los que uno va teniendo a estas alturas del cuento. Mocos y deudas.
La mayoría de la gente ha cambiado la manifestación obrera del primero de mayo por el baile simiesco de las primeras comuniones. Este año con menos marisco y menos o peores solomillos, con el mismo trajecito espantoso del año pasado las marujas, sus estampados psicópatas y los escotes pecosos, con el mismo traje de la boda los maromos, con sus ojeras desempleadas y sus barrigas hinchadas por la cerveza triste del mediodía en la taberna, oyendo en la televisión la vomitona de tribulaciones con las que tendremos que lidiar los pobres de siempre una buena temporada.
A las manifestaciones del primero de mayo irán unos pocos entusiastas, o algunos aristócratas de la clase obrera que van a defender los derechos que la gran mayoría hemos ido perdiendo estos últimos años. Gritarán algunas tonterías entre tambores y pitos de fiesta, menuda fiesta…corearán estribillos recurrentes como que hace falta ya una huelga general o que la crisis la paguen ellos. ¿Ellos? Ellos van a pagar una mierda.
Como no sea con el pasamontañas y el Kalashnikov, aquí pagamos los mismos de siempre.
Los más arrojados será empujados al delito, los más cobardes dirán que “Es triste de pedir, pero más triste es de robar” y los más perseverantes tratarán de salvar sus trabajos, sus empresas, el pan suyo de cada día.
Esta mañana quise dormir, como dije al principio, hasta el mediodía pero los laberintos de la vida diaria me han echado de la cama, me he tirado a la calle y me he dado un largo paseo por la playa. Como era muy temprano, sólo me encontré con los peregrinos en chándal del colesterol, mujeres y hombres caminando a paso ligero de una punta a otra del paseo marítimo. También he visto a un gato que, no es coña, hojeaba un periódico tirado en el suelo y he visto a unos gorriones gordos que se tambaleaban como borrachos en vez de dar esos saltitos ridículos con los que acostumbran a pasearse por las plazas.
Me he sentado a fumar un cigarro en ayunas, he tosido casi clandestinamente, como debe estornudar un mejicano en un aeropuerto con lo de la gripe porcina, y un hombre mayor, quiero decir mayor que yo , quiero decir viejo, me ha pedido un cigarrito.
Se lo he dado, claro, y fuego también. Ha tosido él también con esa tos espeluznante que nos hermana a los adictos a la nicotina.
Cuando el cataclismo respiratorio pulmonar se ha atemperado, el hombre dando una fuerte calada al cigarro, ha dicho mientras miraba la orilla de enfrente; “Hay que ver, tener que pedir tabaco…”
Y con esa frase se me han ido mucho y para siempre al carajo toda la verborrea economicista, toda la porquería moral de los poderosos y todos los misteriosos indicios de recuperación que nuestro sonriente presidente del gobierno ve cada mañana, cuando despierta como cada uno de nosotros, observa la ropa interior de su señora, se pone palote, se pega un chute de micebrina mezclada con marihuana y con un colocón de puta madre se dedica a largar fiestas por los micrófonos del mundo
